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Ya no me quiero equivocar

En las cartas que llegan a la redacción, compartimos la profunda soledad, el sentimiento de culpa, el deseo de cambiar de los detenidos que nos escriben desde toda Italia.

Las cartas al director son un pilar de nuestra revista, en la cual compartimos demandas, ideas, escritos que nos llegan de los lectores. Entre tantas cartas, cada mes contamos una decena que llegan de las cárceles. Son historias verdaderas, conmovedoras, en las cuales junto a la necesidad material se acompaña, y a menudo pesa más, una necesidad espiritual.

Jóvenes, ancianos, mujeres y hombres que nos escriben: Ya no me quiero equivocar. Lo he comprendido, lo he aprendido, solo quiero una vida normal.

En estas cartas es donde emerge la profunda soledad, el sentimiento de culpa, el deseo de cambiar. Hombres de cincuenta años que como única esperanza tienen la de encontrar, fuera de las rejas, a su madre antes de que muera. Madres que, de la oscuridad de la detención, solo quieren poder hacer un paseo con sus propios hijos. Jóvenes, ancianos, mujeres y hombres que nos escriben diciendo: Ya no me quiero equivocar. Lo he comprendido, lo he aprendido, solo quiero una vida normal.

Sus historias, sus conversiones, que a menudo se quedan silenciadas a los demás, se reflejan de manera asombrosa a la experiencia de Francisco de Asís.

Sus historias, sus conversiones, que a menudo se quedan silenciadas a los demás, se reflejan de manera asombrosa a la experiencia de Francisco de Asís: El encarcelado durante la guerra de Asís contra Perugia, tuvo uno de los primeros encuentros con Dios pero, sobretodo, con el significado más alto de la Misericordia. De hecho había un preso que insultaba a uno de los compañeros de cárcel – cuentan las fuentes – todos querían aislarlo, pero Francisco siguió siendo su amigo, y exhortando a todos a hacer lo mismo.

Nos gusta pensar que, aunque sea una milésima parte, que lo poco que podemos hacer por los presos es lo que hubiera hecho el pobre de Asis. Queremos llevar a la oscuridad de los presos aquel rayo de esperanza que demasiado a menudo es negado a quien se equivoca.

El intento es siempre de seguir sus pasos, aquellos de Francisco, que había hecho de Dios y de la familia un ejemplo de vida.

«Somos esposos cuando el alma fiel se une, por el Espíritu Santo, a Jesucristo. Y hermanos somos cuando cumplimos la voluntad del Padre, que está en el cielo (cf. Mt 12,50); madres, cuando lo llevamos en el corazón y en nuestro cuerpo (cf. ICor 6,20) por el amor y por una conciencia pura y sincera; lo damos a luz por las obras santas, que deben ser luz para ejemplo de otros (cf. Mt 5,16)»  (San Francisco, Carta a todos los fieles)

Aquí lo generamos a través de una vida santa.

Fray Enzo Fortunato

 

Aparece en la revista San Francesco de Junio de 2016.

Traducción del italiano: Sylvia Montesinos.

 

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