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¿Y si no crecemos? Alegato por la austeridad. Por una economia «franciscana».

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ANTONIO BAÑOS

Tenemos ya un nuevo PapaFrancisco, sin ordinal, ni oro, ni suntuosas vestiduras. El nuevoPontífice ha querido que su nombre y la primera gramática de gestos que nos ha ofrecido nos recuerden poderosamente al ‘poverello‘ (pobrecito) de Asís, a san Francisco. Ese santo preecologista que cantaba al hermano sol y la hermana luna. Un santo que cantaba a la frugalidad y la escasez. El santo de los pobres y de la solidaridad.

Más allá de los credos o de la consideración que uno pueda tener sobre el cardenal Bergoglio o sobre el papado mismo, lo cierto es que la semiótica del papa Francisco encaja con eso que, con cierta cursilería, se suele conocer como ‘zeitgeist‘.

ALTERNATIVAS AL SISTEMA QUEBRADO

O dicho de otro modo: con el capitalismo consumista sumido en una profunda crisis, el gesto del Papa de evocar (e invocar) la figura de San Francisco casa muy bien con el espíritu de muchas iniciativas económicas académicas y ciudadanas que pretenden encontrar alternativas al sistema quebrado.

Podemos decir, estirando la metáfora, que, frente a la vieja economía de extracción y desperdicio, de competencia y destrucción, se alzan hoy nuevos valores sobre los que ya está construyéndose un, digamos, ‘paradigma franciscano de la economía.

Porque, como dijo san Francisco de Asís, «en tiempo de manifiesta necesidad, todos los hermanos obren según la gracia que el Señor les dé, porque la necesidad no tiene ley».

DEBATES CONTEMPORÁNEOS

Esta nueva ‘conciencia franciscana‘ de la economía se centra en una idea de abundancia de recursos naturales si se usan con moderación que sería sin duda del gusto del ‘poverello’. La sustitución de la competencia por la cooperación como eje del sistema moral de intercambio también está en sintonía con estos nuevos valores.

El pre-ecologismo de san Francisco, esa coordinación entre recursos naturales y necesidades, se encuentra en el centro de los debates económicos más avanzados. Vivimos en un mundo de energía infinita (sol, geotermia, viento) y, sin embargo, hemos basado nuestra supervivencia en bienes escasos y de difícil acceso como el petróleo.

El ‘paradigma franciscano’ se basaría en recurrir a la ‘providencia divina‘, es decir, a los bienes y energías que se dan en la naturaleza de forma constante y abundante para garantizar el acceso a todos, y la reducción de costes (y de beneficios de las grandes empresas, claro).

No obstante, si una idea está en el centro del viejo orden económico y ejemplifica su fracaso, esa es el crecimiento económico.

«O LOCOS O ECONOMISTAS»

Kenneth Bouding era un economista divertido, brillante y muy hábil en inventarse frases inmortales. Suya es esta: «Quien crea que el crecimiento exponencial puede continuar para siempre en un mundo finito es o un loco o un economista».

Una sentencia que hoy se ha situado en el centro del debate económico. El valor más importante –la unidad de medida del éxito o fracaso de cualquier economía– es el crecimiento.

¿Es eso inevitable? ¿Por qué debe ser así? De hecho, nada dice que el bienestar o la felicidad se encuentren ligados al crecimiento. Acumular y desechar rápidamente bienes y servicios es una característica exclusiva de nuestra civilización, no una tendencia natural del ser humano.

VÍNCULO ENTRE DINERO Y FELICIDAD

En 1974 se plantea la llamada ‘paradoja de Easterlin‘, descubierta por el economista homónimo. Según dicha paradoja, a partir de una cantidad (15.000 dólares anuales, aproximadamente) el aumento de dinero no hace incrementar la felicidad de manera pareja.

Es decir, que a partir de una horquilla de rentas, el dinero no da más felicidad. Este hecho llevó a replantear muchos instrumentos de análisis. Pronto apareció la Felicidad Bruta Interna o elIndicador Genuino de Progreso. Todos estos nuevos parámetros se basan en que la felicidad material tiene más factores, además del crecimiento de bienes materiales.

La relación de rentas y la igualdad de oportunidades entre los miembros de una comunidad son, por ejemplo, factores decisivos para conseguir una sensación de bienestar y riqueza. Hoy sabemos que las relaciones afectivas, la satisfacción con un buen gobierno o una educación o sanidad correctas son motores de felicidad más relevantes que el frío y sesgado incremento del PIB.

 

AGOTAMIENTO DEL SISTEMA

Por otra parte, el crecimiento económico, tal como lo entendemos, empieza a dar muestras clarísimas de agotamiento. ¿Cuántas cosas más podemos comprar? ¿Cuánto más podemos extraer del planeta sin que este se agote? La búsqueda enloquecida del crecimiento sin otro objetivo que la cifra lleva al sistema productivo a tensiones e injusticias.

Dos años antes de que Easterlin plantease que el aumento constante de renta no da la felicidad, apareció un texto fundamental para entender la crítica al crecimiento económico. El Club de Roma es una institución formada por políticos y académicos que publicó en 1972 un informe titulado ‘Los límites del crecimiento‘. Allí, por primera vez, se alertaba de la sobreexplotación planetaria y la necesidad de reducirla.

LA FARSA DEL PETRÓLEO Y EL CARBÓN

En esos años, Georgescu-Roegen vinculaba los sistemas económicos a los organismos vivos sosteniendo que la economía, como la vida, no puede crecer indefinidamente. Entonces, si no crecemos, ¿qué hacemos? ¿Nos quedamos igual? Herman Daly Christian Kerschner han estudiado lo que llaman un «sistema estacionario dinámico». Según su propuesta, el crecimiento ha sido una ficción alimentada por el petróleo y el carbón pero lo razonable es mantener un estado en el que los recursos y necesidades se equilibren.

Hay otra propuesta. En lugar de crecer, decrecer. Eso nos llevaría a necesitar menos recursos, a maximizar su uso y a garantizar el equilibrio del planeta. Aunque el decrecionismo tiene muchos padres, su figura imprescindible es el francés Serge Latouche. Para este autor, la opción de decrecer no se trata de ser cada vez más pobres, sino consumir cada vez menos recursos manteniendo un bienestar basado en la igualdad y la comunidad.

Como hemos visto, la idea de riqueza es indisociable de la relación con los demás. Uno es rico cuando tiene más que sus vecinos. Si reducimos las diferencias o las posibilidades de desigualdad, no importará tanto la cantidad de bienes cuanto la relación entre sus propietarios. Debemos bajar el ritmo y para ello Latouche propone sus célebres ocho erres: «Revaluar, Reconceptualizar, Reestructurar, Redistribuir, Relocalizar, Reducir, Reutilizar, y Reciclar».

ALTERNATIVA DECRECIONISTA

Y aquí nos topamos con otro concepto ‘franciscano’: la llamada ‘simplicidad voluntaria‘. Cualquier alternativa decrecionista debe ir acompañada de una actitud personal, de un compromiso individual con la frugalidad, que no es lo mismo que la pobreza. De hecho, y de manera espontánea, mucha gente empieza a renunciar a los privilegios del consumo globalizado. El movimiento ‘slow food o el consumo de alimentos del kilómetro 0 se van haciendo un hueco en nuestras conciencias.

Pero no solamente se trata de consumir menos, se trata de hacerlo de manera más eficiente. Y, para ello, la competencia no siempre funciona de manera perfecta. La cooperativa, la explotación local de recursos y bienes o el retorno a lo comunitario como fuente de riqueza son ideas indisociables de este nuevo espíritu que avanza muy lejos de las moquetas de Wall Street.

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Escrito por Redacción

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