Vía Crucis en clave franciscana

Vía Crucis en Clave franciscana.

 

1º Estación

Jesús es condenado a muerte

 

“Y la voluntad del Padre fue que su bendito y glorioso Hijo,

a quien nos dio para nosotros y que nació por nuestro bien,

se ofreciese a sí mismo como sacrificio y hostia,

y por medio de su propia sangre, en el altar de la cruz,

no para sí mismo por quien todo fue hecho,

sino por nuestros pecados, dejándonos ejemplo

para que sigamos sus huellas.”

(de la Segunda Carta a los Fieles)

 

En la primera estación del Vía Crucis vemos como Jesús, víctima inocente, es injustamente condenado a morir en la cruz. Obedece a su Padre y acepta en silencio la condena porque sabe que es el precio de nuestra salvación.

Jesús, vos nos enseñás el camino.  Recordamos tu pasión para sentirnos más cerca tuyo y ver si tu ejemplo nos ayuda a ir venciendo poco a poco el pecado.

Confieso que no tengo mansedumbre. Reniego de las enfermedades y las desgracias. Si creo que alguien me acusa injustamente, me sublevo. Cada vez que escucho palabras duras o reproches pienso que son injustos, que no los merezco. Si alguien no está de acuerdo conmigo y lo manifiesta, me ofendo en seguida. Me bastan pocas palabras para reaccionar mal o para encerrarme en mi verdad y crear un muro detrás del cual me refugio. Así me vuelvo indiferente a las necesidades y reclamos de los otros. No sé perdonar, no sé olvidar.

Si quiero seguir tus huellas, debo aprender a comprender, a aceptar. Si empiezo a mirar al mundo como vos, con ojos llenos de misericordia, comprenderé que no sólo puedo soportar las injusticias y el dolor, sino que puedo superarlos y convertirlos en semillas de salvación.

 

 

2º Estación

Jesús toma la cruz sobre sus hombros

 

“Francisco y sus compañeros todavía no tenían

libros litúrgicos para poder cantar las horas canónicas,

pero en su lugar repasaban día y noche con mirada continua

el libro de la cruz de Cristo, instruidos con el ejemplo y la palabra

de su padre, que sin cesar les hablaba de la cruz de Cristo.” 

(San Buenaventura en la Leyenda Mayor)

 

En la segunda estación del Vía Crucis vemos como acercan a Jesús la pesada cruz que deberá cargar sobre sus hombros. Él la toma en silencio y emprende la marcha hacia el Monte Calvario, donde se cumplirá su sentencia de muerte.

Jesús, vos escuchaste en silencio tu sentencia de muerte y aceptaste la cruz con serenidad porque veías en ella la misión que el Padre te encargó: nuestra salvación. Sin embargo nosotros no sabemos ni siquiera aceptar las pequeñas cruces cotidianas. Cada día rezamos el Padrenuestro diciendo: “Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo”, pero una cosa es decir “aceptaré lo que Dios quiera” cuando las cosas van bien y otra muy distinta estar dispuestos de veras a aceptar esa cruz que, a todos, en algún momento de nuestras vidas, nos toca llevar.  Olvidamos entonces los buenos propósitos, nos invade el temor,  renegamos del dolor y el sufrimiento.

Despertamos por la mañana, tras una rápida plegaria, escuchamos las noticias y eso basta para hacernos perder la serenidad. Parece tan dura la vida y son tantos los atropellos que escuchamos y vivimos a diario; sobre todo hacia los más débiles y necesitados. ¿Cómo actuar ante tantas injusticias?

Porque no siempre aportamos de nuestra parte para ayudar a los otros en sus problemas, porque somos débiles y sucumbimos ante las dificultades, te rogamos, Jesús, que nos sostengas en los momentos de prueba.  Ayudanos a saber descubrir en todo la voluntad de Dios, que es nuestro Padre y jamás nos abandona.

 

 

3º Estación

Jesús cae bajo el peso de la cruz

 

“Le pidieron los hermanos a Francisco que les enseñase a orar

y el les dijo: Cuando oren digan: Padre nuestro y también:

Te adoramos, Cristo, en todas las iglesias que hay en el mundo entero

y te bendecimos, porque por tu santa cruz redimiste al mundo.”

(San Buenaventura en la Leyenda Mayor)

 

Jesús está cansado, ha sufrido la angustia de la tortura y la condena a muerte.  Ahora carga sobre sus hombros la pesada cruz, pero ya es demasiado para Él y cae por primera vez. Sin embargo se levanta tan pronto como puede, vuelve a cargar penosamente la cruz y prosigue su camino.

Quiero recorrer mi camino dignamente, comprender el sacrificio redentor de Jesús que se prolonga en cada uno de nosotros, que intentamos seguir sus huellas. Quiero dejar atrás las flaquezas y renuncias y abrir mi corazón a los demás.

Vos, Jesús, al estar caído nos mostraste hasta que punto quisiste parecerte a nosotros. Conocés muy bien nuestra debilidad, pero nos invitás a seguirte, llevando nuestra cruz de cada día. A veces las cruces de la vida exceden nuestras fuerzas y caemos en el desconsuelo y la amargura. Vos nos mostrás que si caemos podemos levantarnos, si perdemos podemos volver a encontrar, que nunca debemos perder la esperanza de alcanzar nuestra meta.

Por eso venimos hoy a implorar la bondad del Padre, pidiendo que nos ampare con su providencia. También tu ayuda, Jesús, para aceptar los momentos de prueba y ofrecerlos a Él, como vos lo hiciste para salvarnos. Y la luz al Espíritu Santo para que ilumine siempre nuestro camino.

 

 

4º Estación

Jesús encuentra a su Madre

 

“Adhiérete a la Madre dulcísima que engendró un tal Hijo.

Los cielos no lo podían contener, y ella, sin embargo,

lo llevó en el pequeño claustro de su vientre sagrado,

y lo formó en su seno de doncella.” 

(Santa Clara en la Carta a Inés de Praga)

 

 

Jesús, camino al Monte Calvario, encuentra a su madre. María lo ha estado esperando con el corazón traspasado de dolor. Madre e Hijo se miran en silencio. Están unidos en el amor y en el sufrimiento.

María, vos que acompañaste a Jesús en medio de sus sufrimientos, podés ayudarnos más que nadie a entender y a seguir a tu Hijo. Jesús nada reclamó para sí mismo, sólo dio, sufrió y aceptó. Únicamente el haber experimentado el dolor en nuestro propio corazón, puede ayudarnos a comprender el dolor de los demás e impulsarnos a ser, como Jesús, bálsamo para las heridas y sufrimientos de los otros.

Es duro reconocerlo pero los momentos difíciles de nuestra vida son los que mejor moldean nuestro carácter. No nos angustiemos porque no estamos solos en este peregrinar: Jesús nos encomendó a vos, María, para que seas nuestra madre y nuestra guía. Nuestro pueblo lo sabe muy bien, por eso te venera en tantos santuarios a lo largo y a lo ancho de nuestra patria.

Hay para vos un lugar de privilegio en cada una de nuestras iglesias y capillas, la gente sencilla tiene un lugar para vos en su hogar y en su corazón: te confía sus penas, sus dolores y también sus alegrías. Estás acompañando los dolores de este pueblo del mismo modo que acompañaste a Jesús camino del Calvario. También compartís nuestras alegrías como estuviste con tu Hijo en los momentos de gozo.

Ayudanos, María, a ser como vos refugio y consuelo para los afligidos. Que sepamos permanecer cerca de Jesús que hoy sigue cargando su cruz en tantos hermanos que sufren.

 

 

5º Estación

Simón de Cirene ayuda a Jesús

 

“Francisco y sus compañeros, al despreciar todo lo terreno

y al no amarse a sí mismos con amor egoísta, centraban todo

el afecto en la comunidad y se esforzaban en darse a sí mismos

para subvenir las necesidades de los hermanos. Deseaban

reunirse y reunidos se sentían felices. En cambio era penosa

la ausencia, la separación amarga y dolorosa la partida.”

(de la Vida Primera de Celano)

 

Jesús sigue su marcha hacia el Monte Calvario. La cruz se le hace cada vez más pesada y se siente al límite de sus fuerzas. Un soldado lo ve y obliga a Simón de Cirene, un forastero que estaba entre la multitud, a tomar la cruz.

Jesús, hasta vos necesitaste ayuda para poder seguir el camino. Así nos hiciste comprender que todos en algún momento de nuestra vida necesitamos ayuda, y todos debemos estar siempre dispuestos a ayudar al necesitado. Pensemos que las personas que sufren casi siempre se sienten solas y abandonadas.

Es difícil comprender a los que están afligidos, es duro escuchar con paciencia a las tristezas de los demás. A nadie le gusta compartir penas y dolores.

En tu camino, Jesús, apareció un Simón de Cirene que aún sin conocerte, por un instante al menos, no te dejó solo con tu dolor. Eso nos enseña a nosotros, los que escuchamos tu palabra y nos llamamos cristianos o cristianas, a no permanecer indiferentes ante el dolor de nuestro prójimo.

Oh Jesús, que no nos parezcamos nunca a esa multitud de curiosos que te seguía sin ayudarte, que tomemos el ejemplo de Simón de Cirene y seamos solidarios con los que sufren; que sepamos ayudar y estar junto a otros hermanos y así ayudarnos entre todos. Que sepamos ver tu rostro en el rostro de tantos seres humanos que están crucificados por el sufrimiento en esta vida.

 

 

6º Estación

La Verónica limpia el rostro de Jesús

 

“El Señor me dio de esta manera, a mí el hermano Francisco,

el comenzar a hacer penitencia. En efecto, como estaba en pecados,

me parecía muy amargo ver leprosos. Y el Señor mismo me condujo

en medio de ellos, y practiqué con ellos la misericordia.

Y, al separarme de los mismos, aquello que me parecía amargo

 se me tornó en dulzura de alma y cuerpo.”

 

(del Testamento de San Francisco)

 

Jesús está cansado a punto de desfallecer. Su cara está cubierta de sangre y sudor. Una mujer, Verónica, profundamente conmovida se acerca y con su toca limpia la cara de Jesús. Cuando vuelve a abrir el trozo de tela, ve en él impreso el rostro de Jesús.

Jesús, ibas camino a la crucifixión y estabas agobiado de tanto cansancio y dolor. Igual te mostraste sensible al gesto misericordioso de la Verónica que se acercó a limpiar tu cara y le hiciste el regalo de dejar impresas tus divinas facciones en su toca.

Te rogamos, Jesús, que sepamos apreciar como vos las pruebas de amor que recibimos y sepamos agradecerlas, por más pequeñas que parezcan. Que en los momentos de angustia no nos centremos en nuestro propio dolor y nos volvamos así egoístas e indiferentes a todo lo que nos rodea.

Si estamos tristes y sufrimos por algún motivo, que no seamos una carga pesada para los demás. Si podemos dominar nuestras propias angustias y tristezas, olvidándonos de nosotros mismos, podremos ayudar a los otros y tener gestos piadosos como el que tuvo la Verónica con Jesús. En vez de quejarnos podremos dar palabras de consuelo a nuestro prójimo.

Que este gesto tierno y tan femenino de la Verónica sea un desafío para todas las mujeres y haga surgir en los corazones el amor, el compromiso y la solidaridad con los que sufren.

 

 

7º Estación

Jesús cae por segunda vez

 

“El espíritu de caridad de Francisco se derramaba en piadoso afecto,

no sólo sobre los hombres que sufrían necesidad,

sino también sobre los mudos y brutos animales,

reptiles, aves y demás criaturas sensibles e insensibles.” 

(de la Vida Primera de Tomás de Celano)

 

Otra vez el cansancio y el dolor abruman a Jesús. El peso de la cruz puede más que sus débiles espaldas y cae por segunda vez. Es sólo un momento, pues sabe que debe retomar el camino y perseverar hasta el fin.

Jesús, caíste por segunda vez y volviste a levantarte porque querías salvarnos, y este pensamiento es lo que te dio fuerzas para retomar el camino. Por eso hoy queremos ofrecer, como sacrificio al Padre Celestial, junto con tu pasión redentora, todas nuestras incertidumbres, nuestras angustias y nuestro dolor. Queremos orar por el sufrimiento del mundo, por todo lo grande, puro y santo que está en peligro.

Queremos pedir perdón por los elementos de la creación que hemos maltratado y destruido: la tierra, los árboles y las plantas arrasadas por la sobre explotación o el abandono; los hombres, mujeres y niños que en muchas regiones de nuestro planeta viven abrumados por el hambre y la pobreza, por el aire puro que ha sido contaminado, los ríos infectados con desechos y basura…

Jesús que diste tu vida para reconciliar al ser humano y a todos los elementos de la creación con el Creador, ayúdanos a aprender a cuidar de nuestro planeta Tierra y a todos los hombres, mujeres y niños que lo pueblan.

Siguiendo tu ejemplo, Jesús, queremos solidarizarnos con los más débiles y con los que sufren. Queremos hacer un uso justo, sabio y reverente de los bienes de la creación y ver, como lo hizo San Francisco, en cada criatura la imagen del Creador.

 

 

8º Estación

Jesús habla a las mujeres de Jerusalén

 

“Y no eran sólo los hombres los que se convertían a la Orden;

había también muchas vírgenes y viudas que, movidas a compunción

por la predicación de Francisco y los hermanos, por consejo suyo

se recluían a hacer penitencia en monasterios

creados en ciudades y pueblos.”

(de la Leyenda de los Tres Compañeros)

 

Jesús avanza dolorosamente en su camino al Monte Calvario, pero su alma está serena. Ve a un grupo de mujeres que lloran por su Pasión y se detiene a consolarlas y aconsejarlas.

Jesús, al detenerte a consolar a las mujeres, que sensibles lloran tu dolor, nos muestras la fuerza de tu paciencia y tu amor. Hoy en día en nuestro país, en América Latina y en el mundo hay miles de mujeres: indias, negras, mulatas, mestizas y blancas que lloran y completan con sus sufrimientos tu pasión.

Hay mujeres que buscan en el fondo de su corazón un sentido a su sufrida existencia. Hay mujeres pobres que ven morir a sus hijos e hijas o los ven mal nutridos y sin un mínimo de asistencia médica o sanitaria. Hay mujeres que buscan explicaciones razonables a la falta de trabajo justamente remunerado, a la borrachera y la violencia de sus maridos y tienen más de una vez que cargar solas con la responsabilidad total de la familia. Hay mujeres que tienen el alma herida por los golpes de la vida y llevan en su cuerpo las cicatrices de la miseria. Están como vos, crucificadas en su anónima lucha cotidiana.

Oh Jesús, te paraste a consolar a las mujeres que lloraban por vos. Por eso te pedimos que ensanches y engrandezcas nuestra alma para que no permanezcamos indiferentes ante tantas mujeres, hombres y niños que sufren en el mundo de hoy. Que podamos aportar nuestra dosis, por pequeña que sea, de ayuda y comprensión.

 

 

9º Estación

Jesús cae por tercera vez

 

“Si sufres con Cristo; reinarás con Él; si con Él lloras

con Él gozarás, si mueres con Él en la cruz de la tribulación,

poseerás las moradas eternas en el esplendor de los santos

y tu nombre inscrito en el libro de la vida será glorioso entre los hombres.”

(de la Carta de Santa Clara a Santa Inés de Praga)

 

En la novena estación vemos cómo Jesús, abrumado por el dolor y el peso de la cruz, cae por tercera vez. Las fuerzas lo abandonan y está mortalmente cansado, pero logra levantarse y seguir el camino que lo llevará a la cruz para nuestra redención.

Jesús, vos nos servís de ejemplo. Con vos aprendemos a soportar los dolores que nos abruman y nos hieren. Aunque nos parezca que no podemos más, pensamos en vos y en tu pasión, y encontramos fuerzas para cumplir con nuestro deber. La grandeza de tu amor nos ayudará a no desmayar ante los problemas.

Si perdemos las fuerzas y volvemos a caer, ayúdanos, Jesús, a levantarnos otra vez. Vos caíste tres veces y las tres veces volviste a levantarte. Con eso nos enseñaste a no flaquear.

Hoy, contemplando tu cuerpo caído bajo el peso de la cruz queremos orar por los adictos. Que esta lección tuya sirva de ejemplo a tantos adictos a las drogas, al cigarrillo, a la bebida, que caen, se levantan y vuelven a caer. Que no pierdan la fe, la confianza y la esperanza de lograr su curación.

Y nosotros, los que nos creemos sanos, que no juzguemos a estos enfermos, sino que sepamos comprenderlos y apoyarlos para que puedan abandonar sus adicciones y vivir una vida sana.

 

 

10º Estación

 

Jesús es despojado de sus vestiduras

 

“Francisco, conociendo que la muerte estaba muy cercana,

llamó a los hermanos e hijos suyos preferidos y les mandó que,

espiritualmente gozosos, cantaran en alta voz las alabanzas del Señor

por la muerte que se avecinaba o más bien por la vida que era tan inminente.”

(de la Vida Primera de Tomás de Celano)

 

Jesús es despojado de sus vestiduras: le quitan la ropa y lo exponen a la vergüenza, ante todo el pueblo que se burla y no comprende su sacrificio redentor.

Jesús, puedo imaginar como te sentiste así despojado frente a todo el pueblo, a tus amigos, a los forasteros que te miraban sin comprender. Tu alma noble y delicada debió sufrir mucho, pero igual no perdiste de vista tu meta.

Ante tu despojo, hoy queremos pedir perdón por el hambre en el mundo, por tanta gente que despojada de su trabajo no tiene posibilidad de dar de comer a sus hijos y saciar su propia hambre. No debemos ni queremos permanecer indiferentes ante el flagelo del hambre, que antes sentíamos lejano, en países africanos o asiáticos, y ahora lo vemos a cada momento, aquí, entre nuestra gente.

A vos, Jesús, te arrancaron las vestiduras; nuestra gente humilde ha sido despojada de la posibilidad de una vida digna y de un futuro promisorio para sus hijos.

Te rogamos, Jesús, que ayudes a nuestra gente e ilumines a nuestros gobernantes para que el hambre y el despojo dejen de existir en nuestra bella tierra y en el mundo. Que cada uno de nosotros, aunque tengamos poco no dejemos de ser solidarios, de compartir, comprender y amar a nuestro prójimo.

 

11º Estación

Jesús es clavado en la Cruz

 

“Su vida gloriosa añade una luz más esplendente a la perfección

de los primeros santos; lo prueba la pasión de Jesucristo y su cruz

lo manifiesta colmadamente. En efecto, el venerable Padre Francisco

fue marcado con el sello de la pasión y cruz en cinco partes de su cuerpo,

como si hubiera estado colgado de la cruz con el Hijo de Dios.”

(de la Vida Primera de Tomás de Celano)

 

En la décimo primer  estación vemos como Jesús, con su cabeza coronada de espinas, es levantado y clavado en una cruz. Sus manos y sus pies son perforados con gruesos clavos.

Jesús, te contemplamos ahí suspendido soportando en silencio el sufrimiento. Pensamos en el dolor de tus miembros heridos por los clavos y la angustia que sentirías al saber que se acercaba la muerte. Subiste a la cruz cargando con nuestras culpas. No lo hiciste sólo por tus amigos, sino por todos los hombres y las mujeres, hasta los más ruines y pecadores.

Nosotros en cambio estamos llenos de prejuicios. Todos, en algún momento de nuestra vida y de diferentes maneras, hemos discriminado o sufrido alguna discriminación. Te pedimos perdón, Jesús, por desacreditar o mirar con desconfianza al que no es de nuestra misma raza, al que no habla nuestra lengua o piensa de distinta manera.

Jesús, ilumínanos para que sepamos propiciar el diálogo entre las diferentes culturas y religiones. Ayúdanos a comprender que el Padre creador está presente en cada hombre y en cada mujer, en cada anciano y en cada niño de cada raza y color de piel.

Demos gracias a Nuestro Padre por habernos creado a todos tan distintos, porque las diferencias son riquezas para todos.

 

 

12º Estación

Jesús muere en la cruz

 

“Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la muerte corporal

de la cual ningún hombre viviente puede escapar.

¡Ay de aquellos que mueran en pecado mortal!

Bienaventurados aquellos a quienes encontrará

en tu santísima voluntad, pues la muerte segunda no les hará mal.

Load y bendecid a mi Señor y dadle gracias y servidle con gran humildad .”

 

(San Francisco en el Cántico de las Criaturas)

 

Jesús, abandonado de todos, completamente solo, cargando con las culpas del mundo, entrega su preciosa alma. Es fiel a la misión que el Padre le ha confiado: dar su vida por toda la humanidad.

Te adoramos, Jesús, salvador nuestro, porque te entregaste por nosotros. Vos nos redimiste y te damos gracias desde lo profundo del corazón. Gracias porque nos enseñaste a sobrellevar el dolor y aceptarlo sólo por amor.

Si soportamos el dolor y lo ofrecemos al Padre por los que amamos, por los que sufren, por aquellos a quienes queremos ayudar, nuestro dolor participa de tu pasión y hace descender la gracia de nuestro Padre, Dios. Así no sufriremos en vano y el dolor se convertirá en bendición.

Hoy queremos rogarte, Jesús, por los enfermos: que tu sublime entrega sirva de consuelo, aun para aquellos que creen que ya nada pueden hacer y se sienten desvalidos e inútiles en el mundo.

Que en la hora del dolor comprendamos que todos podemos hacer lo más sublime, que es ofrecer nuestro sufrimiento, nuestra impotencia e incluso nuestra muerte, como lo hizo Jesús por toda la humanidad.

 

13º Estación

Jesús es bajado de la cruz

 

“Ama de todo corazón a Dios y a Jesús, su Hijo,

crucificado por nosotros pecadores;

y que su recuerdo no se aparte nunca de tu corazón.

Trata de meditar continuamente los misterios de la cruz

 y los dolores de aquella madre al pie de la cruz.”

(de la Carta de Santa Clara a Ermentrudis de Brujas)

 

En la decimotercera estación vemos a Jesús que ha muerto en la cruz. Su cuerpo es bajado y puesto en brazos de su madre que lo contempla traspasada de dolor.

Jesús, estás muerto. Tu pasión ha terminado. Tu madre acepta con dolor tu sacrificio. Abraza tu cuerpo y así nos abraza a todos nosotros y se convierte en nuestra Madre. No podemos dejar de preguntarnos ¿por qué tanto dolor? ¿por qué tan grande sacrificio?

Humanamente tu pasión y tu muerte nos resultan incomprensibles. Sólo la sabiduría de la cruz puede darnos una respuesta. Vos, Jesús, nos lo explicaste con tus propias palabras: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo; pero si muere da mucho fruto” (Jn 12, 24). La semilla no germina si no muere en la tierra. Así nuestros dolores, sacrificios y nuestra muerte son simientes para el Reino de Dios.

Por eso, Señor, te pedimos perdón por nuestra cultura contemporánea que ensalza los sentidos y provoca la ambición y la codicia. Porque negamos o miramos de soslayo la realidad de la muerte que a todos nos espera algún día y vivimos sin comprender el verdadero sentido de la vida.

Ayúdanos, Jesús, a vivir con sencillez, a evitar las ambiciones que nos corroen. Que sepamos compartir y sacrificarnos por amor, como vos lo hiciste.

 

 

14º Estación

Jesús es sepultado

 

“Os suplico a todos vosotros, hermanos, que tributéis

toda reverencia y todo honor, en fin, cuanto os sea posible,

al santísimo cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo,

en quien todas las cosas que hay en cielos y tierra

han sido pacificadas y reconciliadas con el Dios omnipotente.”

(de la Carta de San Francisco a toda la Orden)

 

Envuelven el cuerpo de Jesús en lienzos y lo colocan en la tumba de José de Arimatea. Luego cierran la entrada con una piedra muy pesada y regresan a sus casas, llenos de tristeza.

Jesús, llevaron tu cuerpo al silencio del sepulcro. Una profunda paz envolvió tu tumba. Habías cumplido todo lo que tu Padre te encomendó.

Tus discípulos creían que se habían desvanecido todas sus esperanzas. Pensaban que tu pasión y muerte eran el fin. Aún no comprendían que tu muerte fue el precio de nuestra vida. Tampoco comprendían que tras el Viernes Santo llega la Pascua y con ella la Resurrección.

También a nosotros, después de tantos años nos cuesta comprender el sentido del dolor y del sufrimiento. Por eso, Señor, volvemos a pedirte perdón por tantos viernes santos que vemos en nuestro país y en el mundo.

Perdón por los niños mal nutridos que deambulan por las calles. Perdón por los enfermos y todos los que sufren y están solos. Perdón por los ancianos descalificados o abandonados. Perdón por la naturaleza de nuestro bello planeta dañada y abusada. Perdón por el aire y las aguas contaminadas. Perdón por el hambre, los atropellos y las guerras. ¡Perdón por tanta mentira y tanta maldad!

Creemos en Vos, Jesús, y en el triunfo de la Vida sobre la muerte. Confiamos en tu misericordia y esperamos la Pascua.

 

 

15º Estación

La resurrección de Jesús

 

“Y subió a los cielos y está sentado a la derecha

del Santísimo Padre de los cielos.

¡Oh Dios! y tu gloria sobre la tierra.

Y sabemos que viene, que vendrá a restablecer la justicia. ”

(San Francisco en el Oficio de la Pasión)

 

Las mujeres fueron al sepulcro. Vieron que la piedra que cubría la puerta había sido retirada. Entraron y no encontraron el cuerpo de Jesús. Jesús se presentó luego a sus discípulos, fuerte y resplandeciente: Había resucitado.

Jesús, no te creyeron, pero era verdad. ¡Resucitaste! Tus discípulos te vieron ascender resplandeciente a los cielos a reencontrarte con el Padre. Ahora tu vida ejemplar, tu pasión y tu muerte recobran su sentido. También recobran su sentido tantas vidas sumidas en el dolor y la injusticia. Contemplamos tu gloriosa resurrección y sentimos que éste es el momento para darte gracias.

Gracias por encarnarte en María y vivir como hermano de todos nosotros. Gracias por identificarte con los más débiles y pequeños a través de tu pasión redentora. Gracias por acompañarnos cada día en nuestro peregrinar por este mundo. No es tu culpa si los hombres y las mujeres no sabemos verte y erramos el camino alejándonos de Vos, del bien y de la verdad. Olvidamos que podemos encontrarte también en los más pequeños y desvalidos y que lo que podamos hacer por ellos, Vos lo dijiste, lo estamos haciendo por Vos.

La Pascua es tiempo de reflexión, pero también es tiempo de esperanza y de renovados esfuerzos. Jesús, vos estarás aquí, en Espíritu, hasta el fin de los tiempos. Por eso creemos que aun es posible vivir en un mundo mejor en la medida en que los hombres y las mujeres podamos reflejar tu imagen, Jesús. Así podremos recrear nuestras vidas, nuestras sociedades, nuestra época y tu Reino se hará en nosotros.

Eso deseamos. Eso esperamos. Así sea.

 

¿Qué opinas?

Líderes franciscanos detenidos en Estados Unidos por defender a los “dreamers”

Segunda predica de cuaresma de Cantalamessa: La caridad sin ficciones.