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Un misionero español en Ecuador: “Lo peor del terremoto es el miedo que quedó incrustado en todos”

Misionero español en Ecuador, Manuel Rodicio, durante la celebración de la Eucaristía

Decidió viajar como misionero hasta Jipijapa (Ecuador), porque sentía que “debía estar disponible para lo que le pidiese el Señor.” Por ello, tuvo que dejar atrás una vida relajada en Ourense para partir a este país. Y desde que llegó, reconoce que “siempre ha sido muy feliz”. Aunque este año ha vivido uno de los momentos más duros de su vida, después de que un terremoto azotase Ecuador el pasado mes de abril, ha asegurado a PyB que “no se arrepiente de estar allí”.

Y es que el misionero español, Manuel Rodicio, ha señalado que el pueblo ecuatoriano le ha enseñado en estos momentos tan difíciles a “luchar, rezar y sonreír”.  Lo único que ha pedido a España es “ayuda material”, pero,sobre todo, que “recen por los cristianos de este país».

Paz y Bien ha podido hablar con este religioso sobre su vocación sacerdotal, su labor en Ecuador y cómo su diócesis vivió el terremoto.

 

¿Cómo era su vida antes de comenzar su vocación sacerdotal?

La normal de un niño que nace en una familia cristiana en un país cristiano como era la España de entonces. Nací y crecí participando en la vida cristiana. Por ejemplo: apenas tenía tres años y le pedí a mi párroco que me admitiese como monaguillo… El párroco me dijo que cuando cumpliese cuatro años podríamos ver… Luego a los diez años fui al Seminario Menor de Orense. Y siempre crecí en ese ambiente.

Así quedó Ecuador después del terremoto del pasado mes de abril / PyB
Así quedó Ecuador después del terremoto del pasado mes de abril / PyB

 

¿Cuándo se lo planteó?

Al terminar bachillerato. Había un clima de “buscar vida”, estudiando en la universidad. La mayoría de compañeros se fueron, pero seis continuamos en el Seminario Mayor iniciando esta aventura apasionante. De aquellos seis hoy somos sacerdotes cuatro.

 

¿Dónde comenzó su vocación sacerdotal?

Viendo a otros sacerdotes. Había algunos que me cautivaban por su alegría y entrega a Dios y a los hermanos.

 

¿Por qué decidió viajar hasta Ecuador?

Siempre tuve claro que debía estar disponible para lo que me pidiese el Señor. Un buen día en mi Diócesis de Orense se hizo un convenio con la Arquidiócesis de Portoviejo en Ecuador y pidieron sacerdotes disponibles. Yo dije: “aquí estoy”. No me fue fácil. Mi madre, ya muy limitada, vivía conmigo. Y el decirle “me voy”, nos rompió el corazón a los dos. No fue fácil.

 

¿Qué labores lleva a cabo en Ecuador?

En este momento estoy animando una zona amplia de veintisiete parroquias. Se trata de ayudar a que todo funcione lo mejor posible en ese territorio que está llamado a ser una nueva diócesis en pocos años.

 

¿Cómo ha vivido el terremoto?

Estaba en mi cuarto a punto de salir a una parroquia a celebrar la misa de siete y media cuando empezó a moverse todo. Al principio me pareció un temblor más, pero a medida que crecía las oscilaciones y que todo se caía, me atemoricé pensando que era algo muy fuerte. Gracias a Dios donde yo estaba no hubo daños en la construcción, pero el temor fue grande. Una vez pasó el terremoto empecé a preocuparme por cada una de los sacerdotes y ellos me iban informando de personas muertas, casas caída, iglesias destrozadas… ¡Un dolor! Como no había luz, ya muy tarde, y con mucho miedo, me fui a la cama. Unas horas después, una réplica me hizo levantar y salir en estampida…

 

¿Qué ha sido lo más difícil del terremoto?

El pánico de todos. Se perdieron muchas cosas, pero lo peor es la sensación de pánico. El miedo quedó incrustado en todos.

Así quedó Ecuador después del terremoto del pasado mes de abril / PyB
Así quedó Ecuador después del terremoto del pasado mes de abril / PyB

 

¿Cómo se encuentran los fieles después de lo ocurrido? ¿Siguen teniendo esperanzas?

La mayoría se agarra a Dios con fuerza. Pongo un ejemplo: un señor perdió a ocho miembros de su familia. Cuando se le pregunta que necesita, siempre dice lo mismo: “que recen por mí”. En momentos así lo más valioso es un abrazo y la confianza en Dios. Todo lo demás es nada y vacío.

 

¿Qué es lo que necesitan con más urgencia?

Recuperar las ganas de vivir. El temor paraliza a todos. Un sacerdote amigo que vino de España en estos días me decía lo mismo: “Lo tenéis difícil. La gente está sin ilusión”. También pesa el cansancio. Son muchos días de tensión y trabajo fuerte.

 

¿Después de lo ocurrido alguno ha dudado o se ha enfadado con Dios?

La mayoría, no, pero hay de todo. A los pocos días hablaba con una mamá que había perdido a sus dos hijos en el terremoto y me decía: “Padre, usted habla de Dios. Pero ¿dónde está Dios? Mis niños lo eran todo para mí y ahora no tengo nada. ¿Para qué me sirve la vida?” Es difícil acompañar a alguien así. Pero insisto, la mayoría  confía en Dios.

 

¿Qué es lo que más le sorprenden de los fieles después del terremoto?

La resistencia de unos pocos y la tristeza de los demás. Pero se agarran a la fe. Saldremos adelante.

 

¿Qué le han enseñado los fieles en estas últimas semanas?

Luchar, rezar, sonreír…

Así quedó Ecuador después del terremoto del pasado mes de abril / PyB
Así quedó Ecuador después del terremoto del pasado mes de abril / PyB

¿Qué podemos hacer desde España para ayudarles?

Recen por nosotros. Es lo principal. Y ayúdennos materialmente lo que puedan. Hay muchos que lo perdieron todo. Un pedido más: ayúdenos especialmente a levantar templos, salones de catequesis, casas parroquiales. El destrozo es muy grande y solos no podemos. Los medios públicos de todo el mundo se mueven para ayudar a los damnificados. Esto es una alegría en la que estamos implicados las 24 horas del día. Pero pocos son los que entienden que como Iglesia también necesitamos templos y lugares para dar el servicio. A los que lo entiendan, les pido que nos den la mano.

 

¿Y la Iglesia qué más puede hacer?

Estar con la gente, acompañar, rezar, alimentar la esperanza.

 

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