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Un curso para «educadores de la paz», en línea franciscana

Hoy jueves, día 2 de julio del 2015, tengo la fortuna de poder compartir con un grupo de formadores vinculados a las comunidades de religiosas franciscanas, en la residencia de Santa Engracia, Madrid, un pequeño curso de de educación para la paz, tomando como base el esquema e itinerario de mi libro El camino de la Paz, Khar, Madrid 2007.

Quiero dar gracias a las Religiosas Franciscanas por invitarme a impartir el curso y a los editores de Khaf, que hicieron posible la preparación y edición de aquel libro, del que he venido hablando con cierta frecuencia en este blog.

El curso tendrás dos partes. La primera dedicada a trazar un «itinerario de la paz», que se expresa en un tipo de tren de paz, pero quizá mejor en una flotilla al servicio de la paz, que puede dirigirse a Gaza o a California, subiendo por el río Eúfrates o pasando Gibraltar. En la segunda ofreceré una propuesta de Educar para la paz, dirigida no sólo a los educadores franciscanos, sino a todos los que piensan que la mejor inversión posible en humanidad y vida es educar para la paz. Buen día a todos. 

UN ITINERARIO DE PAZ

1. Primera Estación. En el principio era el Amor

Por eso, la verdadera paz no brota por ley, ni por victoria militar, ni con paradas ostentosas de poder de unos que humillan a los otros (los vencidos), como las de Roma, cuando sus soldados cruzaban los arcos de triunfo, como recuerdo permanente de su supremacía y de la humillación de los enemigos. La paz sólo es posible entre personas que acogen el amor y aprenden a quererse y compartir la vida, para crear de esa manera estructuras duraderas de comunicación humana; ésta es la paz que Jesús, hombre amoroso, nos enseñó y nos sigue enseñando, desde el Sermón de la Montaña.

2. Nacer de amor, nacer de nuevo

Sólo habrá paz si aprendemos a nacer de nuevo, como dice Jesús a Nicodemo (Jn 3), de manera que debemos hablar de una paz de filiación (la paz de los hijos de Dios), evocada por Pablo en Gálatas, cuando afirma que hemos pasado de la ley (que nos domina, por sometimiento y lucha) a la huiothesia, es decir, a la experiencia y tarea de nacer de Dios, en una comunidad abierta al amos (cf. Gal 4, 5). En esa línea, la paz se encuentra vinculada al buen nacimiento, de manera que los primeros pacificadores han de ser los buenos padres (y aquellos que acogen y educan a los niños).

3. El amor que hace la paz, una familia de hermanos

Del amor engendrador pasamos al amor de familia, entendido en un sentido extenso, como paz de hermanos. Jesús ha querido fundar un familia extensa que no expulse a los extraños, ni se cierre en unos privilegiados, sino que se abra a todos, pues todos sois hermanos (como dice Mt 23). En esa línea, antes que tarea humana, la paz es un don, un regalo que hemos recibido y cultivamos de un modo gozoso, en una fraternidad de hermanos “menores”, como supo Francisco de Asís (unos hermanos no quieren imponerse sobre otros).

4. Una paz económica, que nace de los pobres

Jesús inició su marcha de paz con los pobres, con aquellos que menos tenían, y lo mismo quiso hacer Francisco de Asís, sabiendo que la paz fraterna nos e puede lograr desde la riqueza, con muchos medios materiales, sino con desprendimiento y entrega mutua, en un camino donde los pobres acojan el Dios de Dios y sean capaces de acoger y transformar también a los ricos, para la paz entre todos. Así lo dijo Jesús, cuando proclamo: “bienaventurados los pobres” (Lc 6, 20).

5. Paz como diálogo, un Palabra compartida

El objetivo anterior (paz económica) sólo puede alcanzarse a través de la palabra, es decir, de la comunicación pacificadora, porque el diálogo con Dios se expresa y expande en forma de diálogo de amor entre hombres. Por eso, Jesús no dio a sus discípulos riquezas, ni medios militares: Les ofreció su palabra, para que así pudieran acogerse y comunicarse, en gesto de diálogo personal, abierto a todos, como dice Jn 15, 15: “No os llamo siervos, sino amigos, porque os he comunicado todo lo que escuchado de mi Padre”.

6. Comunicación profunda, alianza de religiones

Las religiones vinculan a los creyentes y se vinculan entre sí a través de lo más hondo, en línea de mística (es decir, en oración, desde Dios). Pero, al mismo tiempo, las religiones tienen que llevar a la comunicación profunda entre los hombres. Esta alianza de religiones, entendida como experiencia de comunicación con (desde) Dios y entre los hombres, no es una nota que se añade a la “esencia” de la Iglesia Cristiana, sino su misma esencia, que por una parte es particular (una Iglesia concreta) y por otra quiere ser universal (católica). Por eso, creer en la Iglesia significa creer en su “catolicidad”, es decir, en la “comunión de los santos” que es la alianza universal de Cristo.

7. Ecología. Hermano sol, hermana luna

La paz es expresa y expande en forma de gozo y bendición de la naturaleza, como saben los profetas, desde Os 2 y Am 9 hasta Is 11.Ciertamente, en un plano, el hombre es Señor de la Tierra (Gen 1), pero, al mismo tiempo, “hermano y amigo” de la madre tierra, como puso de relieve el Cántico de Francisco. No puede haber paz tenemos un profundo respecto ante la naturaleza, si superamos el tipo actual de guerra que nos enfrenta con el mundo, tanto en la lucha por la posesión egoísta de sus recursos (dominio de unas tierras, de unos minerales) como en la forma de imponerse sobre ella sin gozarla.

8. Paz, salud profunda. Los pobres curan a los ricos

Jesús se enfrentó con amor eficaz contra unas enfermedades que oprimían a los hombres y mujeres, proponiendo y poniendo en marcha un camino de liberación integral. Por eso, él dedicó gran parte de su tarea mesiánica a enseñar a los enfermos a curar su enfermedad, de manera que unos curaran a los otros. Él sabía que las enfermedades tienen unas causas y razones “naturales”, que están relacionadas con la fragilidad del mundo y de la vida humana, dirigida al fin hacia la muerte, pero estaba convencido de que ellas (las enfermedades) se encuentran también vinculadas con un tipo violencia social. Educar para la paz es educar para la salud humana.

9. Una paz sin excluidos, una paz sin cárceles

Jesús dijo en Nazaret: “El Espíritu del Señor me ha ungido para liberar a los encarcelados…” (Lc 4, 18). Educar para la paz es educar para todos, sin tener que expulsar y encarcelar a los más débiles de la cadena, a los enfermos sociales… Se podrá vencer el hambre (por la que mueren cada día unas 40.000 personas), se podrán superar incluso las guerras entre estados y ejércitos; pero (a no ser que cambien las condiciones personales y sociales), seguirá habiendo violencia y aumentarán las cárceles, como símbolo esencial de nuestra sociedad. Por eso, educar para la paz es educar para la transformación humana, de manera que no sean necesarias las cárceles.

10. Una paz de conciencia

En la línea anterior, el tren de la paz de Jesús, que es la iglesia, ha de ser un tren de pobres (es decir, de hombres y mujeres que comparten), educados para el amor y la solidaridad, para superar de esa manera todas las guerras. No se crea la paz ganando la guerra, sino haciendo inútil la guerra, por convencimiento y por fraternidad. Jesús ha iniciado un camino de paz sin ejércitos…, un camino culmina y se expresa en su muerte y en la pascua de su iglesia, rechazando la violencia armada y toda forma de toma de poder. Por eso ha subido a Jerusalén sin armas, ni de Dios ni de los hombres.

UNA EDUCACIÓN PARA LA PAZ

La 2ª estación de este itinerario de paz estaba dedicada al buen nacimiento (eu-genesia). Ahora, hacia el final del trayecto, tras haber insistido en la objeción de conciencia ante la guerra, quiero poner de relieve la importancia del buen aprendizaje (eu-paideia), en la línea de Is 2, 4-5: “no se educarán para la guerra”. En el momento actual (2025), la pedagogía para la paz se encuentra en una situación esquizofrénica: afirmamos que se debe educar en la paz a los que nacen, pero el conjunto de la sociedad les prepara más bien para la guerra, es decir, para un tipo de violencia. Teniendo eso en cuenta, quiero volver a la escuela de Jesús, con la que había iniciado este recorrido (1ª estación, enseñanza del amor), para retomar y aplicar en la actualidad algunos principios de educación para la no-violencia, recuperando la mejor tradición israelita.

1. ¿Dos trenes de paz? Ciertamente, hablamos de paz, como sabe Benedicto XVI y como ponen de relieve muchos discursos de la ONU. Pero una mayoría de gente sigue hundiéndose y muriendo a babor y estribor de la nave del progreso en que muchos nos hemos montado para navegar por este mar tempestuoso. Pues bien, en ese contexto es evidente que Jesús habría dejado la Gran Nave y se habría ocupado de abrir una ruta alternativa (¡la única buena!) con aquellos que corrían el riesgo de hundirse. Ciertamente, Benedicto XVI (Caritas in Veritate, 2009) se ha preocupado, y mucho, de los pobres que mueren a los lados del barco. Pocos han hablado como él de los derechos de los pobres y de la necesidad de superar el problema del hambre y del subdesarrollo. Pero tengo la impresión de que su respuesta y solución va en la línea del del sistema, de manera que debe realizarse desde arriba.

Ciertamente, Benedicto XVI no olvida las barquitas de aquellos que corren el riesgo de ahogarse en la tormenta (¡las barcas donde viajaba Jesús: cf. Mc 4, 35-41; 6, 45-52), pero él parece montado en la Gran Sala del trasatlántico de lujo, para dar buenas lecciones a sus dirigentes; por eso dialoga con dignatarios de esta ONU y de esta Fondo Monetario Internacional, afirmando que una buena reforma de la Naciones Unidas y del Mercado (es decir, del sistema) podía resolver los grandes retos de la humanidad actual, con la ayuda de la ciencia.

Esta actitud plantea dos dificultades o problemas: (1) Que el Sistema en cuanto tal quiera (o pueda) cambiar. (2) Los problemas principales de la vida (riesgo de odio, responsabilidad personal, amor, enfermedades mentales…), que son los que más importaban a Jesús, se sitúan en otro nivel. En ese contexto, retomando la imagen del gran transatlántico de lujo (el sistema) y de los barquitos de aquellos que se ahogan a su vera preguntamos: ¿Qué puede hacerse? ¿Cambiar el sistema o, mejor, abandonarlo, empezando la nueva travesía desde los barquitos amenazados del gran mar de las tormentas?

1. El tren del César, en el “alto nivel”. Tren de Primera: mejorar el sistema en cuanto tal, una tarea de economistas, políticos y hombres de poder. Éste sería el tren “oficial” del sistema (el gran trasatlántico) de la ONU, con los representantes de los grandes estados y del mercado. Ciertamente, podemos desear la buena marcha de ese tren (o transatlántico de lujo) donde van los dignatarios de la tierra discutiendo sobre aquello que sería mejor para el sistema y redactando hermosos discursos sobre La Paz Posible. Les deseamos, sin duda, buena marcha y queremos influir en ellos (convertirles). Pero tenemos la sospecha de que el trabajo en ese tren no se dirige de verdad en una línea de la paz, sino que tiende al fortalecimiento del sistema como tal. Así lo indica el Apocalipsis de Juan cuando habla de las Dos Bestias (poder militar e ideológico) y de la Prostituta (imposición económica). Ciertamente, las cosas pueden haber cambiado desde el tiempo del Apocalipsis, pero muchos pensamos que el Sistema como tal no puede convertirse, sino que debe morir, pues el lugar y escuela verdadera de la paz está en el otro tren.

2. El tren de de los pobres, con Jesús, con Francisco de Asís. Éste es el tren de la “gente” que quiere iniciar una alternativa de paz desde fuera de las redes del sistema, volviendo así a las bases de la humanidad. Sin duda, entre esa “gente de paz” hay personas de muy diverso tipo, incluso algunos que se suman por pura conveniencia, siendo de hecho enemigos de la paz. Pero hay también muchísimos buscadores sinceros, en la línea de aquellos que escuchaban y seguían a Jesús, con los insumisos del Apocalipsis y con todos los que aportan su perdón y creatividad transformadora. Evidentemente, no son enemigos de aquellos que han “logrado” montarse sobre el primer tren, pues, en el fondo, quieren también el surgimiento de instituciones de concordia (en la línea de Benedicto XVI), pero no éstas que existen actualmente, sino otras, que deberán surgir desde los pobres. Pero, mientras llegue ese gran cambio, ellos quieren empezar haciendo nuevas cosas desde abajo, pues piensan que sólo así, partiendo la base, podrá surgir un tipo de comunión humana auténtica.

Muchas cosas han cambiado desde que Jesús inició su movimiento mesiánico de paz, retomando el camino de los profetas de Israel, de manera que su representante Benedicto XVI puede dirigirse, y se dirige bien, a los representantes de la ONU/Mercado, con gran autoridad, pues también ellos, los poderes del Sistema podrían “convertirse” personalmente, como pudieron haberse convertido en tiempo de Jesús los representantes del Imperio y del Templo (aunque de hecho no lo hicieron). Pero el lugar de Jesús ha sido “el tren del pueblo” con las barquitas del lago, llenas de marginados del sistema y de insumisos. Precisamente allí plantó su “escuela alternativa”, abierta de un modo especial a los niños.

2. Jesús los niños, un educador de paz en el corazón del pueblo. No tenía hijos propios, pero el amor y cuidado por los niños de todos (sobre todo por los marginados) constituye un elementos esencial de su evangelio. En el judaísmo de aquel tiempo, los niños (descendencia) eran un signo de Dios, acogidos con gozo y educados con respeto en las buenas familias, donde alcanzaban gran autoridad al convertirse en mayores, capaces de cumplir los santos ritos de Israel y de ser buenos padres de familia (como supone el Código esenio de Damasco: CD 10, 6), para así transmitir la esperanza del pueblo. Pues bien, Jesús quiso abrir su experiencia de Reino (de Paz) a los niños como tales, a quienes toma como representantes de su mensaje y de su mismo Reino, testigos y herederos de la paz de Dios, tuvieran o no “buena familia” en este mundo:

Llegó a Cafarnaúm y cuando estuvo en casa, Jesús preguntó (a su discípulos): ¿Qué disputabais entre vosotros en el camino? Pero ellos callaron, porque lo habían disputado unos con otros sobre quién era el más importante. Entonces se sentó, llamó a los doce y les dijo: Quien quiera ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos. Luego tomó a un niño, le puso en medio de ellos y, abrazándole, les dijo: pues quien reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe; y quien me recibe a mí, no me recibe a mí, sino al que me ha enviado (Mc 9, 35-37).

Los discípulos habían empezado a repartirse poderes, en ejercicio normal de autoridad y previsión política, según normas de este mundo, queriendo ocupar los primeros asientos en el Tren 1ª (que es hoy el de la ONU/Mercado), que, evidentemente, debía reformarse y necesitaba buenos dirigentes. Por eso quieren formar una escuela de líderes, para crear e imponer la paz desde arriba, desde la cúpula del Sistema, que ellos van a regir sin duda, cuando llegue el Reino. Pues bien, Jesús les contestó diciendo que su tarea no es formar dirigentes de sistema, sino acoger en la paz a los niños, en solidaridad (toma en brazos a uno), en cercanía afectiva (le abraza) y en servicio (pide a los suyos que acojan a los niños).

Ellos habían entendido el proyecto de Jesús en clave de dominio (querían transformar la realidad desde el sistema) y por eso habían comenzado a buscar los primeros puestos, a fin de cambiar las instituciones desde arriba. Jesús, en cambio, presentó su mensaje como proyecto y camino de pacificación, desde los niños (los menos poderosos), sentándose con ellos, en el Tren 2º. Los discípulos no eran ignorantes ni perversos, sino simplemente humanos, realistas, y sabían que todo proyecto, en línea de Sistema necesita liderazgo y por eso aspiraban a ejercerlo (para mandar bien), iniciando así una guerra por los primeros puestos que, de alguna forma, se mantiene hasta la actualidad.

Allí donde lo que importa es poder conseguido por la fuerza (a través de los Estados/ONU y del Gran Mercado), los inútiles e impuros quedan marginados, pues lo que importa es el todo del sistema. Pues bien, Jesús ha invertido el modelo de la “toma de poder”; por eso, llama a un niño y, en señal de autoridad, lo pone en pie, en medio del grupo, y le abraza con amor. El verdadero camino de la paz no se abre ni recorre aprendiendo a mandar (disputando los primeros puestos del poder ¡evidentemente para ejercerlo bien!), sino acogiendo a los niños, para ofrecerles un espacio de crecimiento en humanidad. La mayor autoridad consiste en recibir (abrazar, dar casa) a los niños; la verdadera paz se logra, por tanto, desde abajo, recibiendo en amor y educando así a los niños .

Y le llevaban niños para que los tocara, pero los discípulos se lo impedían. Jesús, al verlo, se indignó y les dijo: Dejad que los niños vengan a mí; no se lo impidáis, pues de los que son como ellos es el reino de Dios. Os aseguro: quien no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él. Y, abrazándolos, los bendecía, imponiéndoles las manos (Mc 10, 13-16).

Se trata de niños pequeños, que no pueden llegar a Jesús por sí mismos y así se los traen, para que él les toque, es decir, se ocupe de ellos, en línea de Reino, de forma que suban con él y sus discípulos en el Tren/Escuela de la paz. Lógicamente, los discípulos se sienten molestos, pues entienden el Reino de Dios como experiencia de poder, como fuente de paz que se instaura desde arriba (en eso que hemos llamado el Primer Tren). Así piensan que para lograr (e imponer) la paz hay que tomar el poder y así quieren avanzar ¡por la Vía de la ONU/Mercado. Jesús, en cambio, cree que la verdadera paz surge y se extiende desde abajo, creando hombres nuevos, y así abraza a los niños y les bendice, ofreciéndoles la autoridad de Dios, imponiéndoles las manos, por la Vía del Pueblo de Dios.

3. Educar para la paz, desde la calle. Siguiendo el ejemplo de Jesús, la Iglesia no debe educar para la paz desde arriba, formando buenos dirigentes de sistema (que son necesarios en un plano), sino que ha de ofrecer el testimonio de su paz, de un modo gratuito, desde abajo (desde los niños) invitando a todos a que vengan al tren/escuela de la paz, con su proyecto y camino de alianza universal. Según eso, ella ha de ser ante todo una maestra de paz, no por lo que dice (que es bueno que lo diga), sino por lo que hace, como supone Mt 5, 14, que la presenta como ciudad elevada sobre un monte (cf. Is 2, 2-4; 60, 1-9).

En otro tiempo, muchos israelitas habían pedido a Dios que les ayudará a ganar la Guerra Santa y así luchaban, confiando en la victoria. Pero los grandes profetas habían descubierto que sólo Dios (gratuidad amorosa) puede salvar a los hombres, de manera que las guerras acaban siendo inútiles, contraproducentes y dañinas (pues siguen dejando a los hombres en manos de su violencia). Por eso, en vez de crear buenas escuelas de guerra (academias militares, campos de entrenamiento de marines, legionarios o soldados de élite), Isaías 2, 4-5 afirma que Dios creará en Jerusalén una escuela universal de paz, para instruirnos según sus caminos, de manera que los hombres y mujeres no se adiestrarán para la guerra, sino que cambiarán las academias militares en escuela de abundancia y paz: de las espadas forjarán arados…).

En su línea negativa (no se adiestrarán para la guerra) y positiva (de las espadas forjarán arados), esa nueva enseñanza no podrá ser resultado de un pacto del sistema (pues los pactos de sistema necesitan armas y han de ser sancionados por la fuerza), sino que ha entenderse como alianza de humanidad (cf. 6ª estación). La ley del Sinaí (cf. Ex 19-24), centrada en el decálogo y dirigida a los israelitas, seguía manteniendo su paz con medios de violencia y así justificaba la guerra y la pena de muerte. En contra de eso, el camino y mensaje de paz de Jesús no tiene que fundarse ya en ningún poder más alto, sino en la línea Is 2, 4-5, como escuela/tren de paz, abierto para todos, empezando por los niños.

Por eso, la Iglesia está comprometida a ofrecer y enseñar ese camino de paz de Jesús, desde los pobres y excluidos (los niños), no con pactos de Estado (con la ONU/Mercado), sino con el testimonio de su propia vida. Ella no ha de presentarse como educadora de paz para príncipes y reyes, en una línea platónica (asumiendo la función de los sabios del sistema), como hicieron algunos mentores religiosos del absolutismo (¡el gran Fenelon, en la corte de Luis XIV!), sino más bien como educadora desde abajo, como Jesús, que invitó a su tren/escuela de paz a los niños, marginados y excluidos de su tiempo, en Galilea.
Fenelon escribió, sin duda, cosas bellas, de gran fondo cristiano, para educación de príncipes , lo mismo que Benedicto XVI (Caritas in Veritate). Pero eso no basta, ni es lo más importante, porque la Iglesia debe educar como Jesús, desde la calle, creando comunidades de paz (como quiso hacer también Fenelon, ya “desterrado”). Por eso debe introducir su palabra (introducirse) en el proceso educativo y en la vida social, en la familia y en el mundo y en los medios de comunicación, de manera que la alternativa de Jesús vaya encarnada en sus instituciones eclesiales. No se trata de enseñar contenidos para otros, ni de una crear una asignatura escolar para niños, titulada quizá, Educación para la Paz, cosa que sería buena, sino de lograr que los cristianos unidos constituyan un tren/escuela de paz, abierto a todos.

Educar en esa línea supone rehacer el camino que he venido proponiendo en este libro. No habrá paz sin un cambio familiar, social y económico, superando las instituciones de violencia del Estado y de otros grupos sociales, una paz que no se logra venciendo una guerra, sino abriendo una alianza (diálogo) entre todos los grupos sociales que creen en Dios o en Realidad suprema, como Paz. No se puede hacer la paz sin un cambio cultural y político, sin un fuerte desarrollo afectivo y personal, sin un intenso compromiso a favor de los niños… Por eso, la educación para la paz no puede ser una asignatura más (aunque puede darse tal asignatura), sino un proyecto y programa integral de vida, de niños y mayores, a favor del ser humano, un proyecto que puede y debe expresarse desde ahora como huelga activa, universal no-violenta, pero muy intensa, en contra de las instituciones y sistemas dominantes.

Aquí no podemos ser “realistas” en el sentido normal de la palabra, buscando un pacto con los poderes fácticos (capital, ejército, medios de comunicación…), como se ha venido haciendo, con resultados siempre negativos (en eso que hemos llamado el Tren de Primera), sino que hay que pasar de la política de pactos de interés a la alianza total. No se trata de aceptar lo que hay y decir que, por encima, existe Dios y que él nos dará su paz, cuando lo quiera, sino que debemos introducir el plan de Dios en lo que hay (en este mundo de pactos de violencia), para que surja la alianza de amor, sin pactos militares.

La propuesta es muy sencilla, pues deriva del Sermón de la Montaña (Mt 5-7; Lc 6, 21-48), con las bienaventuranzas, donde se incluye la exigencia del perdón y el amor a los enemigos, pero exige una ruptura intensa respecto del orden existente. En ese contexto he venido hablando de una gran huelga económica, contra las instituciones capitalistas. También he hablado de una huelga militar, contra las instituciones de violencia armada, defendiendo la insumisión total de la Iglesia, que en este tiempo (año 2009) es ya posible. Ahora quiero hablar de una huelga total, en línea de gozo (eso significa huelga, de holgar, gozar), en línea de humanidad, es decir, de Reino.

Éste es el lema del tren de la paz, vinculado a una insumisión provocadora, como la de Jesús, cuando subió a la Jerusalén armada de sacerdotes y soldados montado en un asno de paz hasta el mismo templo, defendido por la guardia militar del templo (cf. Mc 11, 1-11). Sólo si la Iglesia opta así, como Jesús, por una “insumisión provocadora y amorosa”, al servicio de los pobres, en gesto de paz, podrá decirse que ella cree de verdad en su evangelio.

4. Es la hora de la conversión activa para la paz. Ese gesto debe realizarse ya, sin esperar más, culminando así la ruptura del pacto constantiniano, que había vinculado a la iglesia con los poderes políticos y militares (en el imperio romano ambos eran inseparables). En otro tiempo podía resultar más difícil, pues sólo algunos profetas como Francisco de Asís veían la necesidad evangélica de superar toda política armada. Hoy empezamos a ver que es algo necesario, sin necesidad de ser profetas especiales, sino sólo cristianos. Por eso podemos pedir a las iglesias, y ante todo a la nuestra, a la Católica Romana, que abandone su pacto con las armas, desde los aspectos más folclóricos (la Guardia Suiza) hasta los más profundos (sus vinculaciones con el capitalismo mundial y los estados).
Esa conversión (que podríamos llamar) insumisión no se puede tomar como un “insulto” a los estados (que, por ahora, seguirán utilizando las armas), sino como el mayor de los favores que los cristianos pueden ofrecerles, pidiéndoles que no sean absolutos, abriendo ante ellos, ante todos los hombres, una experiencia distinta de paz, como signo y principio de la mutación cristiana que propone Ef 2, 15. No se trata de construir una paz particular, en pequeños círculos de iniciados, fuera del mundo, como los monjes antiguos y como algunos cristianos actuales (¿Amish?), sino de abrir unos espacios de paz universal, en medio del mundo. Ésta es la penúltima estación del Tren de la Paz, en el que están invitados a montar todos los cristianos, con los pobres y los niños, sin cerrar las puertas a nadie.

Sólo así, desde el tren de segunda, comprenderemos la pequeñez de otros problemas de la Iglesia, como pueden ser ciertas disputas clericales, que sólo se superan subiendo de nivel, dando un salto hacia la paz. Lo que importa no es teorizar discutiendo si la paz es posible, en largas jornadas de estudio, sino seguir la marcha y subirse al tren de la paz, como hizo Jesús, cuando para entrar desarmado a la Ciudad donde le esperaban entonces (como ahora) todas las disputas políticas y religiosas. Jesús subió a Jerusalén sin armas, y sin armas deben subir los cristianos, empezando por los más pequeños, anunciando y preparando la llegada del Reino de Dios, en gesto fuerte de “insumisión militar”, sin privilegios ni honores especiales.

Ésta es la fe cristiana, ésta la ortodoxia: Creer que llega el Reino de Dios y comprometerse a recibirlo, aquí, en el centro del mundo, iniciando de manera fuerte y amorosa unos caminos de paz. No se trata de una actitud puramente testimonial y ciega, un gesto voluntarista sin ningún apoyo en la realidad. Al contrario, éste ha de ser ya, en la actualidad, un gesto realista al servicio de la vida, avanzando en el camino de la paz, ante los ojos de todos. Asé debemos asumir la mutación de Jesús y abrirla, en forma de Iglesia, para que otros muchos descubran su gracia (la paz de Jesús) y sus implicaciones, de manera que podamos situarnos en un nivel más alto, pasando de la violencia anti-humana (representada por el signo del chivo al que matan y divinizan los violentos) a la humanidad, representada por el hombre Jesús que regala su vida por la llegada del Reino, de tal forma que podemos decir que “él es nuestra paz” (cf. Ef 2, 14), abierta a todos los hombres “de buena voluntad” (es decir, amados por Dios: cf. Lc 2, 14).
La Iglesia debe convertirse al Dios de la paz de Jesús y al Jesús del Reino, subiendo sin armas a Jerusalén. A Jesús le mataron en aquel intento, pero la Iglesia está comprometida a seguirle, retomando su marcha de evangelio, presentando su Tren de Paz en los lugares donde se decide la guerra del mundo . Lógicamente, la Iglesia debe renunciar a la protección especial que le han concedido los estados, en plano económico, social y militar, renunciando incluso (y sobre todo) a la defensa que pueden ofrecerle los ejércitos. No se puede ser pacifista (rechazar la guerra…), para pedir luego que otros hagan el trabajo sucio por nosotros (defendiéndonos con armas) .

Conclusión. Una Iglesia que camina con Jesús

Al final de este recorrido descubrimos que el Tren de la Paz es (debe ser) la misma Iglesia, que nos invita a realizar un gesto universal de insumisión evangélica (¡todos al segundo tren!), para que seamos de esa forma capaces de proclamar con nuestra vida el evangelio de la paz (cf. Ef 6, 15). Hemos llegado a la última estación y es buen momento para detenernos y mirar el recorrido de conjunto de la Iglesia, que a veces ha buscado y firmado (e impuesto) pactos con el poder (1r Tren), para volver al camino de alianza, desde los pobres (2º Tren). Ciertamente, la Iglesia puede y debe dirigir su palabra a los grandes del mundo, pero su palabra propia se sitúa en la línea del testimonio de la vida, pues ella ha de ser un Tren/Escuela de paz, abierto a todos los hombres y grupos del mundo, aquellos con quienes andaba Jesús. Así, tras un largo recorrido (las 11 estaciones anteriores) volvemos al mismo camino de Jesús, para culminar nuestra marcha y subir con él a Jerusalén.

 

Via RD

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Escrito por Redacción

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