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Todo, al contrario. Por Manuel Romero, tor

ud536dffd9-300x198El evangelio nos refleja -como en un espejo- la imagen distorsionada de una humanidad interesada y equivocada. Interesada, por pedir a Dios que cumpla sus deseos y, equivocada por mirarse a sí misma.

Y la carta a los Hebreos nos muestra la imagen correcta del amor: “Él… ha sido probado en todo exactamente como nosotros, menos en el pecado”. Esa imagen es la de Cristo; venido a menos en nuestra carne y con la valentía de descender allí donde nosotros no queremos estar. ¡Qué contraste!

Ante el espejo están Santiago y Juan. “Queremos que hagas lo que te vamos a pedir”. ¡Ale! Como mafiosos que arrinconan la voluntad de Dios -para salirse con la suya- y con la fuerza que les da el haber dejado todo por seguirle, le muestran a Jesús su carta ganadora. Y se reflejan egoístas, interesados e inconscientes. Ponen a Cristo a su servicio. No les basta estar con el Maestro. No sienten a los otros diez como parte de su vida.

“Queremos sentarnos en tu gloria, uno a la derecha y el otro a la izquierda”. Y anhelan el mismo poder y el mismo rango que Cristo. ¡Ale! Dios se encarna y ellos se descarnan.

Ante el espejo estoy yo, mientras se me dirige la pregunta: “¿Qué quieres que haga por ti?” Y ahí he de reconocer que el Señor no debe hacer más. Él se ha entregado por mi antes de que yo entrara en la historia. Y soy yo el que debe hacer algo por Cristo, por los demás… y borrar de mi querer el sentarme “a la derecha o la izquierda”. Porque, de lo contrario, robo a Dios su gloria y me convierto en uno de los “ladrones” que compartieron la cruz con Cristo a un lado y a otro.

Ante el espejo estamos muchos. Muchos que han de aprender que Cristo nos “auxilia oportunamente” cuando buscamos lo que Dios quiere sin pensar en nuestros intereses.

Y es que todo se produce al contrario. Y no es ni Santiago, ni Juan, ni tu ni yo los que hemos de pedirle a Cristo… A eso tienen derecho los enfermos, los perseguidos y los pobres. Y sólo ante ellos Dios se conmueve… Y les envía a su Hijo para hacer lo necesario por ellos; hasta el punto de dar la propia da.

Ante el espejo están los misioneros. Hombres y mujeres que se olvidan de sí y de sus intereses para levantar a los hermanos y, así, Dios sea glorificado.

Una gloria que Jesús no buscó para sí mismo. Una gloria que la Iglesia no ha de buscar para sí misma. Una gloria que no ha de esperar la Congregación. Porque lo que de verdad se va a conceder será una cruz, un servicio y una vida. Todo, al contrario…

Via LCDLP

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Escrito por Redacción

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