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¿Tiene la Jerarquía misericordia del Pueblo de Dios? (1ª Parte)

(Ruego encarecidamente que NO lean esta meditación, sobre la urgentísima «reforma litúrgica», los católicos de fe frágil, insegura, rígida o fanática).

«Si le dices su error a un sabio, ganas un amigo; si se lo dices a un necio, ganas un enemigo»

Me produce un dolor inmenso escribir sobre los «guías ciegos» de nuestra Iglesia. Y más ahora que se han convertido en saco de boxeo, que han perdido autoridad social y eclesial, que son ridiculizados por propios y extraños, que vivimos tiempos de persecución… Pero todo eso no es lo más grave, aunque me preocupe y me duela.

Hoy necesito ir a algo más interno y más esencial para nuestra Iglesia: ¿En qué Dios creemos? El indicativo real estará sin duda en nuestra oración: ¿A quién oramos?

Tengo el piadoso hábito de asistir a Misa todos los días. Soy un hombre que busca sinceramente a Dios y acude a alimentarse con el Pan y la Palabra. Pero llevo mucho tiempo comprobando que me mezclan mucha «paja» y mucha «toxina».

Ahora que se habla tanto de misericordia me he preguntado: ¿Tiene la Jerarquía católica misericordia del Pueblo de Dios? Debo confesar con horror y amargura: ¡Rotundamente no! Porque son ellos los que construyen e imponen las oraciones oficiales, los que nos muestran un «rostro de Dios» falseado y antievangélico. Me explicaré.

La religión es el camino para la «unión con Dios» (religare = unir) y expresar la espiritualidad que late en el interior de todo ser humano. El medio más eficaz de «unión con Dios» es la oración. Cuando esa oración es la compuesta e impuesta por la Jerarquía entonces se llama «liturgia» y viene envuelta en unos ritos obligatorios. La más importante en nuestra Iglesia es la Eucaristía o Misa.

Y aquí empieza el problema. Etimológicamente «liturgia» (del latín tardío liturgĭa, y éste del griego λειτουργία leitourgía) significa «servicio, ministerio».

Es decir, los clérigos que construyen la «liturgia» deberían ayudarnos a orar, a unirnos con Dios. Pero, por desgracia, esa ayuda se ha quedado en dar «orden y forma» a las ceremonias de culto. Nos hemos quedado en el papel de envolver, en el formato obligatorio.

Si la situación se quedase ahí, sería soportable. Los católicos trataríamos individualmente de poner vida, de incendiar nuestro interior y nuestra comunidad, -«fuego he venido a traer a la tierra» (Lc 12,49)- para intentar vivir esa ansiada «unión con Dios», de la que se derivará después nuestro pensar y actuar.

¡Pero no! La «liturgia» se ha convertido en una carrera de obstáculos. Un maduro monje de clausura, que tiene la comunitaria obligación de rezar solemnemente el «oficio divino», me confesaba: «En muchas ocasiones tengo que cerrar la boca y no cantar un determinado salmo porque es contrario a mi fe cristiana y a mi vivencia interior. Antes me amedrentaba la mirada del Abad, pero ahora hago mis silencios con toda paz».

Algo parecido nos pasa a los fieles en la santa Misa. Primero nos hacen leer (para alimentarnos, dicen) textos del AT totalmente contrarios al Evangelio y al Abba revelado por el Señor.

 

Un único ejemplo para no cansaros: Hace pocos días leíamos este suave texto (los hay mucho peores) del profeta Nahúm: «El Señor es Dios celoso y vengador; el Señor se venga y se arma de ira, se venga el Señor de sus adversarios y se enfurece contra sus enemigos» (Nah 1,2).

¿Es una lectura alimenticia? Porque yo me quedo bizco intentando ver al Abba que nos manda perdonar a los enemigos, poner la otra mejilla, que hace salir el sol sobre justos e injustos… ¿Los católicos somos politeístas y tenemos varios «dioses»? ¿Con cuál de ellos nos quedamos?

Nos sirven «alimentos» indigeribles e ininteligibles como los impronunciables nombres de personas, de reyes, de pueblos, de lugares, de genealogías, de dioses… ¡Y no omita decir «palabra de dios»! Seguro que nuestros jóvenes (cuando logramos acercarlos a una Misa) llegarán al encuentro con Dios… Seguro que a nosotros nos inducirán a inenarrable contemplación… ¡Guías ciegos inmisericordes!

Después de la «alimenticia» parte de las lecturas, nos introducimos en la oración propiamente dicha. Y empezamos con las Preces colgándole a un «dios perchero» todas las necesidades del mundo («para que, por…»). Empezamos, claro, por nuestras jerarquías que, según el Evangelio, han de ser los primeros en todo (y me sigo quedando bizco). Se lo colgamos a ese «dios perchero» con distraída rutina y tranquilizamos nuestra conciencia. ¡Ya le hemos «recordado» que se ocupe de todo y cumpla con sus obligaciones! Aquí termina nuestra responsabilidad.

La liturgia (la jerarquía que la crea e impone) parte del supuesto de un «dios intervencionista y amnésico» que necesita le recordemos que existe hambre, guerras, enfermedades, etc. Y le pide que haga las intervenciones oportunas para eliminar tanto dolor y necesidad. Pero ese «dios milagrero» no existe. Nos estamos dirigiendo a «un ídolo», tan falso como el ancestral que se alimentaba de sangre y sacrificios humanos (visión teológica todavía vigente entre el Oficialismo católico al interpretar la muerte del Señor).
El Dios único y verdadero creó el mundo y nos lo entregó para que lo administrásemos nosotros: «Creced, multiplicaos, llenad la tierra y sometedla» (Gen 1,28). Nosotros somos sus manos, su corazón, su energía, su luz, su salvación. ¿Si no, por qué y para qué se encarnó el Señor? ¿No será que la administración y salvación «continua» del mundo hay que hacerla desde dentro del mundo?

Nos ha proporcionado todos los medios materiales y espirituales. Es más, nos está creando y recreando cada instante dándonos la vida, la luz de la inteligencia, la fuerza de la voluntad y la capacidad de elegir lo que nos conviene.

Dos ejemplos reales: Estamos rezando las Preces y se inicia un incendio en la iglesia. ¿A que no sigues rezando «para que apagues este incendio, te rogamos óyenos»? ¡No! Todos salen corriendo y si tienen móvil, llaman a los bomberos.

Cuando una persona de desmaya en la iglesia a que no se oye al cura pidiendo: «Restablece la consciencia de este hijo tuyo; escucha y ten piedad». ¡Tampoco! Tratarán de auxiliar al desvanecido, preguntarán si hay algún médico en la iglesia y, por último, llamarán a una ambulancia.

¿Si así actuamos con las necesidades concretas e inmediatas, por qué creemos que las lejanas y generales las ha de resolver el mismísimo Dios? ¡Somos unos tontos o unos ingenuos! ¡Somos nosotros los que tenemos que movernos para resolver nuestros problemas, los próximos y los lejanos! Lo decía claramente san Agustín: «La oración no es para mover a Dios, sino para movernos a nosotros». Pero la enorme formación intelectual de sus ilustrísimas no les llegó para entender esto tan básico.

¡Claro que tendremos que empezar por reconocer nuestra limitación, nuestra pequeñez, para llegar más allá de nuestras narices! ¡Claro que apoyarnos en un Dios, que nos ama y todo lo ha creado para nuestro bien, nos ayudará a encontrar las soluciones! Pero la administración del mundo nos corresponde a nosotros como seres libres y autónomos.
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Continuará…

Jairo del Agua

P.D. ¡Por favor, por favor! Enviad esta meditación a cuantos obispos y sacerdotes alcancéis. A ver si entre todos logramos cambiar la liturgia y acercarnos al Dios verdadero, al Abba de Jesús.

Vía http://blogs.periodistadigital.com/jairodelagua.php/2016/09/08/itiene-la-jerarquia-misericordia-del-pue

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Escrito por Redacción

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