in , , ,

Tánger, evangelizar en silencio.

Salgo de la sede del obispado y lo que he visto y oído se va agolpando en mi cabeza. Me voy andando hacia la Medina, allí, me ha dicho el obispo-portero, hacen un gran trabajo las Misioneras de la Caridad y los Franciscanos de la Cruz Blanca.

La medina es un hervidero, llego a una pequeña plaza llamada Bort al-Hajoui y me siento allí a contemplar el mar. Miro el Mediterráneo e intento pensar lo que ellos piensan al mirar el mismo mar, el mismo horizonte… y entonces el aire se llena de un sonido, de una voz que lo envuelve todo. Desde las mezquitas se llama a la oración, es impresionante. Es la primera vez que lo vivo “en directo” e impone mucho respeto. Mi mente se vuelve entonces hacia Dios ¿dónde está Dios? ¿Cómo permite Dios que esto suceda? ¿Cómo hablarles de nuestro Dios?

 Un “guía” interrumpe mis pensamientos. La medina está llena de hombres-guía que, por unos pocos Dírhams (la moneda marroquí) te muestran la ciudad. Me pregunta de dónde vengo y me dice que él también tiene familia en España (casi todos con los que he hablado la tienen). Le cuento lo que estoy haciendo y me dice que aquí conviven sin problemas los musulmanes, cristianos y judías… “allí arriba tenemos un cementerio donde hay musulmanes y cristianos” me dice como queriendo reafirmar que la convivencia también se da en el más allá. Me despido y camino un poco más, siempre con el mar a mi izquierda.

A solo una hora de aquí, en Ceuta, este mismo horizonte lo rompen las cuchillas que coronan la valla.

Vuelvo a meterme en la Medina. Me dirijo hacia la casa de las Misioneras de la Caridad.

Evangelizar sin hablar.

IMG_6001El “pequeño Zoco” está lleno de niños que corren y juegan entre las tiendas y puestos callejeros. En la rue Siaghins 51 está la antigua iglesia de la Purísima y allí tienes las misioneras de la Caridad su casa desde 1989. En la puerta me encuentro con Mustafá, tiene mi edad o algo menos, le explico que quiero conocer lo que allí se hace y se ofrece voluntario para enseñarme la misión.

¿Cuánto hace que trabajas aquí? Le pregunto. Me mira sorprendido y me dice “¿trabajar? Yo aquí soy voluntario, desde hace 8 años”

 Enseguida pasamos al interior de la iglesia. No hay rastro de que aquello hubiese sido un lugar para el culto. Las paredes están adornadas con dibujos y el espacio lo llenan decenas de niños que esperan y juegan.

Mustafá me explica que son niños en “situación de calle” no “de la” calle, apunta. Estamos en Ramadán y ahora que termina el ayuno vienen a recibir su comida semanal. Los miércoles las hermanas preparan para ellos una comida, quizás la única en condiciones que reciben durante toda la semana.

Muchos de estos niños no tienen familias, otros mejor que no la tuviesen. Muchos de ellos han llegado a Tánger cruzando África con la única esperanza de, algún día, lograr cruzar a Europa.

Pregunto a Mustafá si él es musulmán. Me mira otra vez con cara de sorpresa y me dice “¡claro!”

Quizás sea una pregunta estúpida pero era una pregunta que, hasta ahora, solía hacer.

¿Qué hace un musulmán trabajando con religiosas católicas? Mustafá me mira con ojos brillantes y me dice “yo no veo aquí religiones, hay que dejar de lado las ideologías, yo solo veo aquí personas que necesitan ayuda. Todos somos personas, más allá de nuestras religiones”.

En Marruecos hay más de 30.000 niños en situación de calle.

Son los llamados «niños de la cola», así es como se les llama a los niños que viven en la calle, a la espera de poder cruzar el Estrecho en los bajos de un camión o escondidos entre la mercancía. Chavales cuya única vía de evasión de la realidad es esnifar pegamento.

En la casa de las Hermanas de la Caridad encuentran un lugar donde ducharse, obtener algo de ropa y comer. En muchos casos, será la única ducha que conozcan estos chavales en toda la semana.

Durante el ramadán, además, dan 80 raciones de comida diarias a los vecinos más necesitados del Zoco.

¿Cómo es la convivencia entre cristianos y musulmanes en estos tiempos de “yihad” y de Daesh?

Los que hacen la yihad se creen musulmanes pero no lo son. El Islam es una religión de paz. El Corán habla de vivir en paz”. Contesta y me cita un versículo en árabe para hacerme entender que la “conversión” a la fuerza es una errónea interpretación de las palabras del Profeta: «Si tu Señor hubiera querido, todos los habitantes de la tierra, absolutamente todos, habrían creído. Y ¿vas tú a forzar a los hombres a que sean creyentes»Jonás (Yunos) 99.

Se acerca la superiora de la Misión y le hace un gesto a Mustafá para que se acerque. Las Misioneras de la Caridad no son muy amigas de la prensa o de cualquier difusión de lo que hacen. Lo hacen en silencio, siempre en silencio. Le dice algo pero permite que siga allí, preguntando…

La ley marroquí prevé que los niños en situación de calle sean llevado ante un juez quien los debe derivar a centros especializados para su atención. Esos centros solo existen en la ley, en el mundo real no existe ningún centro. La única ayuda que estos niños reciben la reciben de la Iglesia.

Madres, siempre madres.

Las misioneras tienen en el piso de arriba una acogida para madres solteras y mujeres abandonadas. Ahora mismo tienen unas 10 mujeres allí.

En la sociedad árabe, las madres solteras son parias, no son consideradas, hasta el punto de que sus hijos ni siquiera existen para la Administración, por lo que se encuentran en la calle, solas y sin ningún tipo de ayuda o recurso al que acudir por parte de organismos públicos.

Las misioneras las acogen y cuidan durante el embarazo. Mucha veces, si el parto se complica, pagan la intervención en hospitales privados –pueden costar hasta 2000€-. Una vez que sus hijos han nacido, ayudan a las madres a buscar trabajo y cuidan de los niños mientras ellas se van a trabajar o están buscando trabajo.

En algunos casos les buscan a las madres un piso fuera de la misión y les pagan el alquiler durante los 6 primeros meses. En resumen, les dan las herramientas y ayudas necesaria para que tengan a sus hijos y puedan valerse por ellas mismas.

La misión se completa con la atención a enfermos terminales, muchos de ellos enfermos de cáncer, desahuciados de los hospitales.

Las hermanas también visitan y llevan alimentos a los inmigrantes que están en la cárcel y que no cuentan con servicios de atención oficial por parte de sus países. Se unen así a los Hermanos Franciscanos de Cruz Blanca en la labor de la cárcel de Tánger.

Todo esto lo hacen solo 5 religiosas y unos cuantos voluntarios, como Mustafá.

Me despido y vuelvo al ruido del Zoco.

Me siento reconfortado acabo de estar en una iglesia convertida en un «hospital de campaña».

Gabriel López Santamaría

Comentarios

Leave a Reply

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Cargando...

0

Comentarios

0 Comentarios

Escrito por Redacción

Entregar la vida siguiendo el camino de Jesús. Por fray Evencio

Fray Pizzaballa al patriarcado de Jerusalén