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Card. Tagle: al mirar y tocar las heridas de los pobres y de los que sufren tocamos a Jesús.

stomer-the-incredulity-of-saint-thomas-date-unknownMeditación al Evangelio de hoy realizada por el Cardenal Tagle durante su participación en la 45 Semana de la Vida Consagrada, ayer en Madrid.

El Evangelio de Juan entre sus relatos de las apariciones del Resucitado cuenta una que se produjo a los discípulos la tarde del primer día de la semana. Las puertas estaban cerradas por miedo a los judíos. Después de darles el saludo de la paz, Jesús les mostró sus manos y su costado. Luego, los envió a una misión de reconciliación y perdón animados por el poder del Espíritu Santo. Tomás no estaba allí en aquel momento

¿Qué podemos aprender de este encuentro tan cercano?

El Señor Resucitado enseñó a los discípulos sus heridas. Jesús les invita a dirigir la mirada a sus heridas. Insiste incluso en que Tomás ponga sus dedos en las heridas de sus manos y que meta la mano en la herida de su costado. Intentemos imaginar cómo se pudo sentir Tomás. Al ver y tocar las heridas del Señor Resucitado, hace la suprema profesión de fe en Jesús como Dios y Señor. Ver y tocar las heridas de Jesús es fundamental para el acto de confesar la fe. Esto fue verdad para Tomás y es también verdad para la Iglesia de todos los tiempos. Monseñor Tomas Halik dice que “Cristo se acerca a él [a Tomás] y le enseña sus heridas. Esto significa que la resurrección no implica la eliminación o devaluación de la cruz. Las heridas siguen siendo heridas.”

Las heridas de Cristo permanecen en las heridas del mundo. Monseñor Tomas Halik añade: “Nuestro mundo está lleno de heridas. Estoy convencido de que los que cierran sus ojos a las heridas de nuestro mundo no tienen derecho a decir: ¡Señor mío y Dios mío!” Para él, tocar las heridas de Cristo en las heridas de la humanidad es condición para tener una fe auténtica. Más adelante dice: “No puedo creer hasta que no toque las heridas, el dolor del mundo. Porque todas las heridas y su dolor, todas las miserias de este mundo y de la humanidad son heridas de Cristo. No tengo el derecho de confesar a Dios si no soy capaz de tomar en serio el dolor de mi vecino. La fe que cierra sus ojos al sufrimiento de las personas no es más que una ilusión.” La fe, por tanto, nace y renace continuamente sólo de las heridas del Crucificado y del Resucitado, que se ven y se tocan en las heridas de la humanidad. Sólo una fe herida es creíble. (Halik)

La presencia de las heridas del Crucificado en el Resucitado desafían toda lógica humana. Si yo fuese Dios, manifestaría mi triunfo final eliminando todos los signos de dolor, injusticia y derrota. Enterraría a todos esos signos en el pasado más oscuro para que no resucitasen nunca más. Pero éste no es el camino seguido por Jesús. La resurrección no es una victoria ilusoria.

Al enseñar sus heridas a los discípulos, Jesús quiere que mantengan viva su memoria. Roberto Goizueta señala que “las heridas del cuerpo glorificado de Jesús son la memoria encarnada de las relaciones que definen su vida y su muerte.” Las heridas de Jesús son las consecuencias de su relación amorosa y llena de compasión con los pobres, los enfermos, los publicanos, las mujeres de mala reputación, los enfermos de lepra, los niños, los marginados y los extranjeros. Jesús fue crucificado porque amó a esas personas concretas, ellas mismas heridas por la sociedad y la religión. Compartiendo sus debilidades y sus heridas, llegó a la perfección como hermano comprensivo más que como duro juez.

La carta a los Hebreos afirma: “Aun siendo Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y, llevado a la consumación, se convirtió, para todos los que lo obedecen, en autor de salvación eterna” (5,8-9).Las heridas del Señor Resucitado recuerdan a los discípulos el amor que está preparado a dejarse herir por la compasión con la humanidad. Él no infligió heridas a otros sino que estuvo dispuesto a dejarse herir por su amor a los demás. Como dice Frederick Gaiser, “El pastor que cura no está nunca lejos del peligro, no es inmune ante los males y enfermedades de los que pretende defender a su rebaño.” Sólo las heridas de amor y compasión pueden curar de verdad.

Hay, además, otro aspecto a señalar en esa restauración de la memoria de los discípulos que implican las heridas de Jesús. Esas heridas también recuerdan a los discípulos la traición, su propia traición y abandono de Jesús cuando, atemorizados, intentaron salvarse a si mismos.  Esas heridas les recuerdan la ceguera de la ambición política y del legalismo religioso que condenó a un inocente a morir como un criminal. Las heridas de Cristo Resucitado llevan en sí la memoria del sufrimiento inocente. Pero lo que hace de la aparición de Jesús realmente un misterio divino es que él no se venga de sus discípulos. Por el contrario, les ofrece la paz, la reconciliación, la posibilidad de cambiar y convertirse. Jesús come con ellos. Y les envía a los confines de la tierra a continuar su misión. Las heridas de Jesús invitan a los discípulos a creer que, a pesar de la traición, la reconciliación es posible. La misericordia no se opone a la justicia. La misericordia se opone a la venganza. Barbara Reid comenta que la paz ofrecida por el Señor Resucitado es la consecuencia de “la voluntad de entrar en el proceso de curación, de perdón y de reconciliación más que en una represalia violenta.” Las heridas del Señor Resucitado ofrecen a los pecadores y traidores justicia divina y no condenación.

Si queremos ser agentes de curación, debemos ser conscientes de las tendencias de nuestro mundo contemporáneo a negarse a mirar y tocar las heridas de Cristo en las heridas de las personas. Roberto Goizueta subraya que la negación de las heridas y de la misma muerte de Jesús lleva a la muerte de los otros y a nuestra misma muerte. Nos da miedo mirar y tocar las heridas porque nos asusta mirar de frente nuestra propia mortalidad, debilidad, nuestra realidad pecadora, nuestra vulnerabilidad. Ernest Becker observa que evitamos el dolor y el sufrimiento porque son formas no deseadas de recordarnos que somos vulnerables. Nos encanta pensar que teniendo mucho dinero, una buena póliza de seguros, un nivel alto de seguridad, el último modelo de coche, los últimos aparatos electrónicos y siendo miembros de un buen gimnasio, nos hacemos inmortales. Nos cuesta reconocer que también eliminamos de nuestra cercanía a los heridos, los hacemos desaparecer cuando tenemos visitas importantes y cubrimos sus chabolas con paredes pintadas con hermosos murales.

Goizueta afirma con claridad que “cuando negamos la muerte, matamos. Pero también nos matamos a nosotros mismos. El miedo al dolor y la vulnerabilidad nos lleva a rehuir las auténticas relaciones humanas, a evitar ese amor verdadero que siempre implica abrirse y hacerse vulnerables ante el otro. Y, en definitiva, ese miedo al dolor mata nuestra vida interior, nuestra capacidad para sentir –tanto dolor como alegría o amor–.” El temor a las heridas nos aísla y nos hace indiferentes ante las necesidades de los demás. El temor lleva a las personas a ser violentas y a tener una conducta irracional. El temor lleva a que las personas intenten defenderse incluso cuando no hay una amenaza real. Los que siembran temor en los otros y en la sociedad, tienen miedo de sí mismos.

En Jesús Resucitado sabemos que, al mirar y tocar las heridas de los pobres y de los que sufren, nos tocamos a nosotros mismos y tocamos a Jesús. Nos hacemos hermanos unos de otros. Reconocemos nuestro pecado por haber infligido tantas heridas en la humanidad y en la creación. Escuchamos la llamada a reconciliarnos. Contemplamos la presencia paciente del Señor Resucitado en nuestro mundo herido.

Llegados a este punto de nuestra reflexión, escuchemos la historia de una joven, refugiada de Birmania. Levantemos la mirada a sus heridas y toquémoslas.

Nací en medio de la jungla. Mi madre me dijo que fui afortunada. Fui afortunada porque nací cuando muchos a mi alrededor morían. Vengo de Birmania donde han muerto miles de personas en la guerra entre el ejército birmano y los grupos de oposición. Nací en la jungla porque mis padres habían huido de casa huyendo de los combates. Cuando estaba en la escuela primaria, tuve que abandonar mi pueblo y, desde entonces, fui de pueblo en pueblo para poder seguir yendo a la escuela. Hasta 1992 tuve la posibilidad de ver a mis padres y hermanos una vez al año, pero no los he vuelto a ver desde entonces porque no he podido volver a casa dado que el ejército birmano ha cerrado todas las carreteras a lo largo de la frontera con Tailandia. Por eso, he tenido que vivir por mi cuenta, sin la ayuda de mis padres. Tengo familiares que viven relativamente cerca pero sé que no puedo tener el amor y el cuidado de mis padres cuando lo necesito. No puedo hablar con ellos cuando quiero. Cuando están enfermos, no puedo visitarlos ni atenderles. Me di cuenta de lo mucho que echaba de menos a mis padres cuando estuve enferma. La vida de un refugiado es muy dura. Necesitaba mucho la presencia de mis padres conmigo cuando estaba enferma en la cama pero no podían estar allí. Lloré muchísimo. Fue muy difícil para mí. No podía ver a mis padres por la guerra. Entonces me di cuenta de que no era la única que lloraba y me sentí consolada. Ahora sé que hay miles de personas que están sufriendo como yo. ¿Cuándo llegará la paz a Birmania? ¿Cuándo se terminará la guerra? ¿Cuándo se resolverán los conflictos entre las diversas etnias? Después de años de huir de un lugar a otro, llegué al campo de refugiados de Karenni. Me pidieron que enseñara en las escuelas del campo. Poco tiempo después, me seleccionaron para pasar un tiempo en Filipinas. Durante el tiempo que estuve allí aprendí mucho sobre derechos humanos y ahora estoy trabajando con el Servicio de Refugiados de los Jesuitas en el campo de la educación. Tenemos mucho trabajo apoyando las escuelas de Karenni de muchas maneras. Me siento feliz porque puedo usar la educación recibida para ayudar a mi pueblo en estos tiempos tan difíciles.

Con sus heridas y lágrimas, esta joven puede ayudar a que otros curen las suyas.

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Escrito por Redacción

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