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Card. Tagle: La misericordia no se opone a la justicia sino a la venganza.

Gran expectación habia despertado la visita del Cardanel Luis Antonio Tagle a Madrid y cumplió ampliamente con las espectativas.

 

Luego de un viaje de 18 horas desde Manila y antes de partir mañana hacia Canada, el presidente de Caritas Internacional, miembro de ocho congregaciones vaticanas y presidente de la Federacion Biblica Internacional, brindó una emocionante meditacion esta mañana en Madrid.

En el marco de la 45 Semana para la Vida Consagrada, el Arzobispo de Manila y uno de los más jovenes del colegio cardenalicio, fijó su mirada en las “heridas del mundo”.

 

El cardenal comenzó felicitando las Pascuas: ante todo, quiero ofrecerles a todos ustedes mi saludo pascual desde Filipinas y, en especial, desde la archidiócesis de Manila. ¡Feliz Pascua de Resurrección!” dijo entre aplausos.

 

Luego se dirigió bromeando al padre Carlos Martínez Oliveras (Director del ITVR) para agradecer “su presentación tan bonita –sobre el-, es como un decreto de beatificación…” lo que despertó las risas de los más de 700 participantes.

Aclarando que la suya no era una conferencia sino una meditación, comenzó uno de los momentos mas emocionantes de estas jornadas dedicadas a la vida consagrada.

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Las heridas

“Digamos primero algo sobre las heridas. Sería más preciso hablar de personas y relaciones heridas que de heridas. Las personas padecen diversos tipos de heridas. Tan diversas como son las heridas son también sus causas. Permítanme enumerar algunas. La infidelidad y el fracaso en las relaciones en el seno de la familia es causa de heridas para todos sus miembros, que desafortunadamente pasan en muchas ocasiones sus consecuencias a las siguientes generaciones. Como individuos sufrimos también heridas como consecuencias de nuestras acciones y decisiones equivocadas. La falta de una alimentación adecuada hiere el desarrollo físico y mental de los niños. Las culturas indígenas y sus culturas tradicionales son heridas por otras culturas que se pretenden superiores a ellas. El individualismo con su énfasis unilateral en los derechos de la persona hiere muchas veces también la capacidad de las personas de atender a los demás en sus necesidades.”

 

Y no dejó de mencionar “también los medios de comunicación social y la tecnología, a pesar de sus positivas aportaciones a la sociedad, se han convertido en instrumentos de violencia, corrupción y explotación de niños y mujeres en el cibersexo. Así como se lamentó de las heridas causadas a niños, a mujeres y a los pobres en general por la conducta abusiva de algunos líderes eclesiales”.

 

“Las heridas –aclaró nos recuerdan que hay que curarlas”. “Pero, ¿en qué consiste “curarlas”? ¿Cómo podemos facilitar su curación?” se preguntó.

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La Aparición del Resucitado a los discípulos y a Tomás (Jn 20,19-28)

Aprovechando que aún estamos en la Octava de Pascua, el cardenal filipino quizo utilizar este relato evangelico para dar respuesta a su pregunta.

 

“El Señor Resucitado enseñó a los discípulos sus heridas. Jesús les invita a dirigir la mirada a sus heridas. Insiste incluso en que Tomás ponga sus dedos en las heridas de sus manos y que meta la mano en la herida de su costado. Intentemos imaginar cómo se pudo sentir Tomás. Al ver y tocar las heridas del Señor Resucitado, hace la suprema profesión de fe en Jesús como Dios y Señor. Ver y tocar las heridas de Jesús es fundamental para el acto de confesar la fe”.

 

“Las heridas de Cristo permanecen en las heridas del mundo”, sentenció, antes de citar a Mons. Tomas Halik para decir que “estoy convencido de que los que cierran sus ojos a las heridas de nuestro mundo no tienen derecho a decir: ¡Señor mío y Dios mío!… No tengo el derecho de confesar a Dios si no soy capaz de tomar en serio el dolor de mi vecino. La fe que cierra sus ojos al sufrimiento de las personas no es más que una ilusión.”

 

“Si yo fuese Dios”

 

La presencia de las heridas del Crucificado en el Resucitado desafían toda lógica humana. Si yo fuese Dios (dijo ante un auditorio que ya acusaba la conmoción), manifestaría mi triunfo final eliminando todos los signos de dolor, injusticia y derrota. Enterraría a todos esos signos en el pasado más oscuro para que no resucitasen nunca más. Pero éste no es el camino seguido por Jesús. La resurrección no es una victoria ilusoria.

 

Las heridas de Jesús invitan a los discípulos a creer que, a pesar de la traición, la reconciliación es posible. La misericordia no se opone a la justicia. La misericordia se opone a la venganza.

 

Ernest Becker observa que evitamos el dolor y el sufrimiento porque son formas no deseadas de recordarnos que somos vulnerables. Nos encanta pensar que teniendo mucho dinero, una buena póliza de seguros, un nivel alto de seguridad, el último modelo de coche, los últimos aparatos electrónicos y siendo miembros de un buen gimnasio, nos hacemos inmortales. Nos cuesta reconocer que también eliminamos de nuestra cercanía a los heridos, los hacemos desaparecer cuando tenemos visitas importantes y cubrimos sus chabolas con paredes pintadas con hermosos murales.

 

El emocionado testimonio de una niña birmana.

 

Llegando al final de su meditación trajo a colacion el testimonio de una niña refugiada birmana:

 

En Jesús Resucitado sabemos que, al mirar y tocar las heridas de los pobres y de los que sufren, nos tocamos a nosotros mismos y tocamos a Jesús. Nos hacemos hermanos unos de otros. Reconocemos nuestro pecado por haber infligido tantas heridas en la humanidad y en la creación. Escuchamos la llamada a reconciliarnos. Contemplamos la presencia paciente del Señor Resucitado en nuestro mundo herido.

 

Llegados a este punto de nuestra reflexión, escuchemos la historia de una joven, refugiada de Birmania. Levantemos la mirada a sus heridas y toquémoslas.

 

Nací en medio de la jungla. Mi madre me dijo que fui afortunada. Fui afortunada porque nací cuando muchos a mi alrededor morían. Vengo de Birmania donde han muerto miles de personas en la guerra entre el ejército birmano y los grupos de oposición. Nací en la jungla porque mis padres habían huido de casa huyendo de los combates. Cuando estaba en la escuela primaria, tuve que abandonar mi pueblo y, desde entonces, fui de pueblo en pueblo para poder seguir yendo a la escuela. Hasta 1992 tuve la posibilidad de ver a mis padres y hermanos una vez al año, pero no los he vuelto a ver desde entonces porque no he podido volver a casa dado que el ejército birmano ha cerrado todas las carreteras a lo largo de la frontera con Tailandia. Por eso, he tenido que vivir por mi cuenta, sin la ayuda de mis padres. Tengo familiares que viven relativamente cerca pero sé que no puedo tener el amor y el cuidado de mis padres cuando lo necesito. No puedo hablar con ellos cuando quiero. Cuando están enfermos, no puedo visitarlos ni atenderles. Me di cuenta de lo mucho que echaba de menos a mis padres cuando estuve enferma. La vida de un refugiado es muy dura. Necesitaba mucho la presencia de mis padres conmigo cuando estaba enferma en la cama pero no podían estar allí. Lloré muchísimo. Fue muy difícil para mí. No podía ver a mis padres por la guerra. Entonces me di cuenta de que no era la única que lloraba y me sentí consolada. Ahora sé que hay miles de personas que están sufriendo como yo. ¿Cuándo llegará la paz a Birmania? ¿Cuándo se terminará la guerra? ¿Cuándo se resolverán los conflictos entre las diversas etnias? Después de años de huir de un lugar a otro, llegué al campo de refugiados de Karenni. Me pidieron que enseñara en las escuelas del campo. Poco tiempo después, me seleccionaron para pasar un tiempo en Filipinas. Durante el tiempo que estuve allí aprendí mucho sobre derechos humanos y ahora estoy trabajando con el Servicio de Refugiados de los Jesuitas en el campo de la educación. Tenemos mucho trabajo apoyando las escuelas de Karenni de muchas maneras. Me siento feliz porque puedo usar la educación recibida para ayudar a mi pueblo en estos tiempos tan difíciles.

 

¿A dónde ireis luego de este encuentro?

 

La pregunta la dirigio al emocionado auditorio compuesto, en su inmensa mayoria, por consagrados y consagradas.

 

¿A dónde iremos al terminar esta Semana Nacional para Institutos de Vida Consagrada? A vuestras casas, conventos, congregaciones…

Id a Galilea!

 

El teólogo Virgilio Elizondo describe Galilea como “una región marginal, lejos del centro del judaísmo, situado en Jerusalén y Judea, un cruce de caminos de las rutas de las grandes caravanas que recorrían el mundo. Era una región poblada por gentes muy diversas y que hablaban muchos idiomas diferentes”…

 

Por eso, tenemos que ir a las Galileas de nuestros tiempos, a las fronteras entre creyentes y no-creyentes, a los lugares diferentes, percibidos como amenazas para nuestra fe, a los enclaves “impuros” e inferiores. Sí, allí proclamaremos la buena nueva de la Resurrección. Pero primero tendremos que descubrir al Señor Resucitado entre los heridos. Con él y sólo con él y el poder de su Espíritu vivificador, la Iglesia podrá renacer y renovarse. No tengáis miedo.

 

Su experiencia en el campo de Idomeni

 

En octubre del año pasado, 2015, visité el campo de refugiados de Idomeni, en Grecia, cerca de la frontera con la antigua república yugoeslava de Macedonia. Miles de personas hambrientas, cansadas y desesperadas, que huían de las guerras en Siria, Iraq y Afganistán habían llegado hasta allí. Sólo habían logrado llevar con ellos  un poco de ropa y su tesoro más preciado: sus familias. Allí se podían ver las heridas, se podían oler las heridas y se podían tocar las heridas. Había allí mucha angustia pero también mucho coraje, mucha dignidad, y un gran y valiente esfuerzo por mantener viva la esperanza.

Hablé con una mujer griega que estaba supervisando la distribución de alimento, ropa y medicinas. Le pregunté si hacía aquello como parte de su trabajo. Me dijo que no, que se había presentado voluntaria para trabajar en el campo. Sorprendido por el hecho de que añadiese aquel servicio a su trabajo ordinario, le pregunté porque se había presentado como voluntaria. Me respondió: “Mis antepasados también fueron refugiados. Tengo el ADN de los refugiados en mi cuerpo.

 

Al cardenal se le quebró la voz llegado a este punto, su emoción se hizo evidente. No estaba dando solo un discurso, lo estaba viviendo, era (y es) un verdadero Testigo del Resucitado.

 

Estos refugiados son mis hermanos y hermanas. No los puedo abandonar.” Estas son palabras de amor y misericordia que vienen de generaciones de personas heridas. Cuando, más tarde, estaba a punto de irme de aquel lugar, vi el letrero que indicaba la salida escrito en griego: “Ex odos.” Éxodo. Sí, Dios está guiando a su pueblo. El Señor Resucitado está llevando a los heridos en su camino desde el terror de la muerte hacia la esperanza de una vida nueva. El Señor Resucitado estaba en el campo. Él me encontró allí, en los heridos. El campo entero es una Galilea. Id a Galilea, allí me veréis. ¡No tengáis miedo!

 

El aplauso prolongado fue como una valbula de escape a la tension acumulada. A la emoción acumulada. Ojala el mensaje cale y se haga carne en nuestros consagrados.

 

Paz y Bien!

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Escrito por Gabriel López Santamaría

Franciscano, padre de dos hijos, es fundador de pazybien.es y de Católicos en Red.

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