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Subir y bajar. Por Manuel Romero, tor

¿Por-qué-cuelgan-zapatos-en-los-tendidos-eléctricos-“Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos solos a una montaña alta”. Si hace una semana encontrábamos a Jesús en la soledad del desierto -para probarse en su humanidad-, hoy lo encontramos en la montaña con compañía -para mostrar su divinidad-.

Las lecciones de Jesús rebosaban de experiencia y tenían como objetivo el dar a conocer el Misterio del Padre. Pero no siempre conseguía que los discípulos comprendieran todo el contenido.

Hoy se lleva a tres; a los mismos que pedirá que le guarden las espaldas la noche de la entrega en Getsemaní.

Suben, suben en silencio, y una vez en lo alto “se transfiguró delante de ellos… Se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús”. Aparecieron dos testigos del otro mundo, del AT, hablando con Jesús y a su mismo nivel; con naturalidad y soltura.

Somos un misterio para el otro. Aunque pasen muchos años y se vivan muchas experiencias juntos no llegamos a conocernos en profundidad. Jesús fue un misterio para aquellos discípulos a los que él había elegido por puro amor. Mientras estaban con Él no entendieron su lugar ni su importancia. Aquellos discípulos habían sido elegidos por el Maestro por motivos que un día se les revelaría. El ejemplo está en Pedro que osa ponerse al nivel del misterio y, como Elías y Moisés, se dirige a Jesús. Y claro, el misterio se oscurece; una nube recorre la montaña y nos recuerda la distancia que hay entre Él y nosotros. La misma oscuridad que llenará el corazón de Pedro cuando niegue haber conocido al Maestro.

Cuando queremos comprender o controlar el misterio profundo de la otra persona la violentamos. Lo más seguro es que se cierre en banda porque no se siente comprendida en totalidad. Hemos de entrar con pies descalzos en el misterio del otro y escucharle en su necesidad; sin muchas palabras.

Somos un misterio para nosotros mismos. Y Jesús “sube y baja” a la montaña, “entra y sale” del desierto para conocerse. Esto es lo que Dios nos ofrece: conocernos en el Hijo y aprender a ser hombres de verdad. Es un aprendizaje duro, con una pedagogía de contrastes y que no siempre entra en nuestras lógicas. Recordemos, que fue en lo alto de un monte donde Dios le pide a Abrahán sacrificarle a su único hijo, al amado, al esperado y al que ha dado sentido a su vida. Dios le da a su hijo, es regalo de Dios, y luego se lo reclama. Para conocer la libertad de su corazón y el agradecimiento por el fruto de su vida. Resulta que, al renunciar, Dios se lo devuelve con creces y lo hace padre de las naciones.

En ese subir anda Jesús. Subiendo en silencio, con aquellos tres galileos que no acertarán a saber que él mismo va a ser sacrificado en lugar de Isaac. Él, Jesús, el “Hijo amado” de Dios aprenderá -en el Tabor- que la gloria y la cruz van de la mano. Ellos, Pedro, Santiago y Juan, están allí para recordar “su gloria” cuando le vean temblar y llorar asustado la noche de Pasión.

Bajan, y mientras descienden Jesús les recomienda: “No contéis a nadie lo que habéis visto”. ¡Normal! Si ellos que han estado presentes en ese “desvelamiento” no saben a qué agarrarse, que van a comprender los que esperan en la llanura.

En esta Cuaresma es preciso subir y bajar. Es necesario descubrir el misterio maravilloso que se esconde en Jesús y que llevamos dentro. Para que, cuando compartamos su cruz y su soledad, no nos desangelemos. Somos así, discípulos asustadizos y cobardes, a los que el Maestro lleva de la mano.

Via LCDLP

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