San Oscar Arnulfo Romero, obispo y mártir.

San Oscar Arnulfo Romero, obispo y mártir, con este título se conocerá en la liturgia de la Iglesia. El pueblo te hizo santo mucho antes, Romero fuiste reconocido por el pueblo como pastor, mártir y profeta. Fuiste una vela encendida como la esperanza que existe en los pueblos latinoamericanos. Eres memoria de resistencia, de novedad y audacia evangélica; eres palabra viva que sigue iluminando nuestra realidad de muerte. Dejemos que siga siendo su palabra encarnada que mueva hoy nuestros corazones.

Mons. Romero, desde su experiencia del Padre y desde el sentir con el pueblo, hacía ver que la “misericordia” está unida a la justicia social; por eso planteaba que un pueblo creyente que practica la misericordia se verá en el accionar político cuando no ejerce el poder por la fuerza represiva, ni instaurará una estructura legislativa injusta e impugne. Mons. Romero, si comprendía las bienaventuranzas de “ser misericordiosos…sedientos y hambrientos de justicia”, como una exigencia y denuncia que iluminaba la realidad de los 70 en El Salvador.

“¡Que hermosa esta reclamación de nuestro Señor! Y que oportuno para nuestro tiempo que Cristo y la Iglesia nos sigan diciendo que las cosas de la patria se van a componer no por la represión, no por la fuerza, no por las leyes injustas y arbitrarias, sino cuando el corazón de todos los hombres y todas las mujeres surja lo que Dios quiere. “Misericordia, quiero”, no otra cosa. Lo que compone, lo que justifica al hombre es este camino del Señor” (11-06-78).

Esta misericordia del bien común se desarrolla en políticas de Estado justas, equitativas y solidarias. Mons. Romero, expresaba con toda certeza su alegría de ser una Iglesia perseguida, no porque le gustara ser víctima o algo parecido, sino por reconocer que en la persecución a la Iglesia había una causa evangélica y del reino. En El Salvador en estos años, la persecución y asesinatos a los miembros de la Iglesia católica, fue por estar en una definida opción por los empobrecidos, por asumir la causa de los pobres como causa del reino de Dios (Mt 5,1). Mons. Romero tenía la convicción de que si los empresarios y los políticos no optaban por servir con sinceridad y concretamente a los que habían empobrecido a lo largo de los años, no se lograba una transformación social en el país. Por eso dijo:

“Y me alegro, hermanos, de que nuestra Iglesia sea perseguida, por su opción preferencial por los pobres y por tratar de encarnarse en el interés de los pobres y decir a todo el pueblo, gobernantes, ricos y poderosos: si no se hacen, si no se interesan por la pobreza de nuestro pueblo como si fuera su propia familia, no podrán salvar a la sociedad” (15-07-79).

Dando una paso más, o acercándonos un poco más a Mons. Romero, esta opción por los pobres, el asumir la causa de los empobrecidos la unía con la experiencia espiritual y evangélica, “lo que hiciste con uno de estos pequeños, conmigo lo hiciste” (MT 25). Quieres acercarte a Dios, el camino es acercarte con misericordia al más pequeño, frágil y empobrecido en esta historia concreta, que en nuestros pueblos son la mayoría porque es un sistema y grupo de poder el que empobrece y lleva a la muerte al pueblo. La experiencia de todo creyente en Jesús, pasa por el encuentro afectivo con el empobrecido desde la práctica de la justicia y la solidaridad.

“…en la medida que te acerques a él (al pobre) y con el amor con que te acerques o el desprecio con que te acerques, así te acercas a tu Dios. Lo que a él haces, a Dios se lo haces; y la manera como mires a él, así estas mirando a Dios. Dios ha querido identificarse de tal manera que los méritos de cada uno y de una civilización se medirán por el trato que tengamos, para el necesitado y para él” (05-02-78).

Estos días que celebramos la santidad de un buen hombre, pastor y mártir; tengamos presente su palabra encarnada en la realidad histórica del pueblo salvadoreño. Este pastor y profeta se enfrentó a la bota opresora y al uniforme verde armado por el gobierno de los Estados Unidos. Quisieron callar su voz, su espíritu y memoria subversiva, pero no se puede aplastar el Espíritu del Señor en la historia. Tenemos un santo, profeta y mártir, que caminó en estas tierras polvosas, y sonrió con el pueblo sencillo.

Poema.

Romero y Pablo VI, dos hombres plenamente humanos, con la mirada y los pies en el mundo de hoy.

Pablo VI terminaste de parir el Concilio Vaticano II, con todos los opositores y detractores de una Iglesia de los pobres.

Pablo VI tu sueño del Concilio se concretó en Medellín, en estas tierras Latinoamericanas bañadas de sangre y cantos de esperanza.

Pablo VI, ¿qué viste en Romero para hacerlo obispo? Solo un nombre más que podía responder fiel a la institución de la Iglesia católica.

Pablo VI, no esperabas en Romero un pastor, profeta y mártir; no esperabas un hombre de una mística política y espiritualidad desde los pobres.

Pablo VI, vos y Romero son dos nuevos santos, que su aureola se adorna con las bienaventuranzas del reino.

San Romero de América, san Romero del pueblo peregrino, san Romero mártir por odio a los pobres, por amor al reino.

Romero y Pablo VI, sus enemigos son los mismos que hoy buscan destruir el camino y propuesta eclesial del papa Francisco.

Pablo VI y Romero, cuanta falta hacían santos oficiales que mostraran el rostro humano y profético en la Iglesia; hombres de Dios, hombres del reino y hombres de la humanidad nueva.

Pablo VI y Romero, hoy las campanas sonaran, y las fiestas serán en las calles, barrios, ermitas, plazas, templos y en alguna catedral. Esta es fiesta del pueblo de Dios.

Pablo VI y Romero, nos traen aroma de santidad con justicia, verdad y liberación que transforma los corazones junto con las estructuras corruptas y de muerte.

Pablo VI y Romero, juntos suben a los altares, dos hombres sencillos y conservadores; dos hombres seducidos y movidos por el Espíritu.

Pablo VI y Romero, con su canonización oficial, entra otra era a la Iglesia, tiempos del Espíritu.

Pablo VI y Romero, son la voz de los sin voz; son la representación de todos los y las mártires de estas tierras.

Pablo VI y Romero, son la alegría de los pueblos que cantan un cántico de justicia, equidad y paz.

Hoy suenan las campanas por dos hombres buenos, dos discípulos de Jesús, dos hermanos de los pueblos, dos ministros servidores del pueblo de Dios.

fr Renè Arturo Flores. JPIC, El Salvador

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San Romero: “Con este pueblo no cuesta ser un buen pastor”