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San Maximiliano Kolbe, patrón de las familias y de los medios de comunicación católicos: un alma pura para una vida coronada

Via Forum Libertas

“El mundo tiene necesidad de este testimonio, para sacudirse las ataduras de la civilización de la muerte que, especialmente en algunos momentos de la época actual, muestra su rostro amenazante”, dijo de él Juan Pablo II
Un testimonio como el del Padre Kolbe interpela a todos y muestra los verdaderos confines de la dignidad y de la vocación del hombre
María Rosa Gutés Pascual

El 14 de agosto de 1941, víspera de la Festividad de la Asunción de Nuestra Señora, San Maximiliano María Kolbe, nacido en Zdunska Wola, Polonia, el 8 de enero de 1894, de padres católicos muy piadosos -bautizado como Raimundo, pero que tomó ese otro nombre al entrar en el seminario de los Padres franciscanos de Lvov-, tras proclamarse sacerdote católico en el campo de concentración y de exterminio de Auschwitz Oświęcim, donde había sido hecho prisionero en mayo del mismo año, ofreció y dio su vida a cambio de la de un compatriota polaco, el sargento Franciszek Gajowniczek, que era padre de familia y acababa de ser condenado al azar a morir de inanición en el pabellón de la muerte, junto a otros nueve prisioneros. Ello como represalia por la fuga de un prisionero durante una salida al campo para tareas agrícolas.

 

Ese acto heroico coronaba con el martirio la vida de quien fue canonizado en 1982 como “Mártir de la Caridad”, porque igualmente santo era por el sacerdocio, a cuyo ministerio añadió su afán y desvelos por ganar el mundo para Cristo por medio de Nuestra Señora la Inmaculada. Esto último tomó cuerpo con la Milicia de la Inmaculada, la Ciudad de la Inmaculada (que en polaco se traduce como Niepokalanów), situada a 42 kilómetros de Varsovia, en la cual San Maximiliano erigió un monasterio franciscano, un santuario, un seminario, así como una imprenta y una emisora de radio. Desde 1927 hasta que estalló la Segunda Guerra Mundial, en la Ciudad de la Inmaculada se editaron mensualmente el ‘Caballero de la Inmaculada’, que San Maximiliano ya había empezado a publicar en Cracovia en 1922, con la ayuda de varios colaboradores, ‘Pequeño Caballero de la Inmaculada’, ‘Boletín de la Milicia de la Inmaculada’ y, desde 1935, ‘Pequeño Diario’. Todo ello con notable difusión y éxito de apostolado, pues atrajo numerosas vocaciones. En 1930, San Maximiliano marchó a Japón, donde permaneció seis años, para fundar la misma obra en Nagasaki. La misión pronto dio iguales frutos de santidad y perdura también hasta hoy.

 

Durante la Segunda Guerra Mundial, y tras la dispersión inicial de los frailes de la comunidad franciscana en varios campos de concentración, San Maximiliano consiguió restaurar la comunidad en una parte del monasterio, donde se ocupaban de inválidos, pobres, refugiados y judíos, así como, en secreto, de la formación de los jóvenes, al mismo tiempo en que pusieron en marcha un taller de agricultura. San Maximiliano mantuvo el contacto con los frailes dispersados, con el fin de animarles. El 17 de febrero de 1941, San Maximiliano y cuatro de sus colaboradores fueron arrestados y trasladados a la prisión de Pawiak, en Varsovia, y el 28 de mayo a Auschwitz. El 14 de agosto de 1941, transcurridos diez días desde su encierro en el pabellón de la muerte, sin agua ni alimento, seguía con vida y tranquilo, oraba sin descanso y seguía animando a los únicos cuatro supervivientes. Ese mismo día, San Maximiliano fue asesinado por sus carceleros mediante una inyección de ácido carbólico. Él mismo ofreció su brazo.

 

Con ser grande la obra de Niepokalanów, dedicada a la Inmaculada, San Maximiliano no la concibió sino como una parte del sacrificio total de su vida para ganar almas para Dios. Lo había deseado desde que, siendo niño y habiéndole regañado un día su madre, preguntó a la Virgen qué iba a ser de él. En ese momento, tuvo una visión de Nuestra Señora mostrándole dos coronas, una blanca y otra roja, que representaban la virginidad y el martirio, respectivamente, para preguntarle si las quería. San Maximiliano aceptó ambas con entusiasmo. Cuando era conducido al pabellón de la muerte, pudo oírsele decir: «Reina mía, Señora mía, has mantenido tu palabra. ¡Es para esto que yo he nacido!». Y es que a San Maximiliano no le bastaba hacer las cosas para gloria de Dios, sino que quería hacerlas para la mayor gloria de Dios.

 

En junio de 1983, Juan Pablo II, de peregrinación en Niepokalanów, observó que en San Maximiliano se transparenta la verdad central del Evangelio sobre la fuerza del amor. Y es así, ciertamente, porque sólo puede proceder del Espíritu Santo un amor (el único verdadero) que sólo desea el bien del amado, a costa incluso del sufrimiento y de la propia vida. Para amar de esta forma a todos, se precisa necesariamente la pureza del corazón, que sólo procura la gracia. También reflexionaba Juan Pablo II, en esa ocasión, que “el mundo tiene necesidad de este testimonio, para sacudirse las ataduras de la civilización de la muerte que, especialmente en algunos momentos de la época actual, muestra su rostro amenazante”. Y estas palabras siguen hoy muy vigentes. Un testimonio como el del Padre Kolbe interpela a todos y muestra los verdaderos confines de la dignidad y de la vocación del hombre.

 

En el Mensaje de la Divina Misericordia es Cristo mismo Quien, con sus palabras y precisamente en el siglo XX, vuelve a mostrar el rostro del Amor a una santa polaca contemporánea de San Maximiliano: “El amor puro da fuerza al alma en la agonía misma. Cuando agonizaba en la cruz, no pensaba en Mí, sino en los pobres pecadores y rogaba al Padre por ellos”. “Hay un solo precio con el cual se compran las almas, y éste es el sufrimiento unido a mi sufrimiento en la cruz. El amor puro comprende estas palabras, el amor carnal no las comprenderá nunca”. “El alma pura tiene una potencia incalculable delante de Dios”. “Necesito sacrificios hechos por amor, porque sólo éstos tienen valor para Mí. Es grande la deuda del mundo contraída Conmigo, la pueden pagar las almas puras con sus sacrificios”. Por eso, el sacrificio del Padre Kolbe, íntimamente vinculado a la Inmaculada, es el exponente más claro y perfecto del Alter Christus que todo católico está llamado a ser. Y su destino no puede separarse del que el Amor depara a las almas puras, como simboliza incluso la muerte del santo en la víspera de la Ascensión de Nuestra Señora. Una vida coronada es siempre perfecta hasta en sus detalles. Para la máxima gloria de Dios, que San Maximiliano Kolbe no procuró en vano.

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Escrito por Redacción

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