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San Francisco y el ejemplo de obediencia a la Iglesia y el papa.

San_Francisco_y_el_Papa

Por el Hno. Asno

En estos momentos en los que la Iglesia tiene Sede Vacante, es decir, que se inicia un proceso de elección en el Colegio de Cardenales para, de entre ellos, obtener al próximo Papa, son muchos los comentarios y no menos las opiniones de cómo deberá ser el próximo Sumo Pontífice y, de lo bueno y lo malo que el anterior Papa tuvo,, llegando a la osadía y a los extremos de calificar a Bendicto XVI con antipatía y elogiando la simpatía de Juan Pablo II. Qué tiempos tan soberbios y egoístas.

Sin embargo, no es la primera vez que en la historia de la Iglesia, los seres humanos acostumbran ponerse en ese plan de jueces y verdugos de la Iglesia y de la autoridad eclesiástica. Ya en tiempos de San Francisco de Asís era muy común este tipo de ataque, pero el Pobrecillo de Así vino a mostrarnos cuál debe ser la actitud de un hombre y mujer de fe ante Cristo, ante su Iglesia y ante los sucesores de San Pedro.
Cuando decimos que la espiritualidad franciscana es un movimiento eclesial nos referimos a un amor y a una devoción profundísimas y tiernísimas de san Francisco por la Iglesia que se manifiestan de mil formas y se convirtieron en características de su obra. La vida de san Francisco fue una vida inmersa en la Iglesia, como lo demuestran los siguientes hechos.

En los días de su conversión, cuando san Francisco fue citado por su padre Pedro Bernardone ante un tribunal civil, rehusó presentarse y sólo aceptó hacerlo ante el obispo de Asís, por considerarse ya súbdito de la Iglesia.

El 24 de febrero de 1208, cuando, abriendo por tres veces los santos Evangelios, encontró el camino que buscaba, pidió a un sacerdote -representante de la Iglesia- que le interpretara el sentido de aquellas máximas. Aunque se sentía solicitado por el Espíritu Santo, quería vivir la vida apostólica en plena sumisión a la jerarquía.
El 16 de abril de 1209, viéndose rodeado de los primeros 12 compañeros, decidió ir a Roma a visitar al Papa Inocencio III para contarle lo que el Señor estaba obrando en ellos y pedirle su aprobación.

De sus escritos, veamos las dos Reglas:
En la regla no bulada, la de 1221, en la introducción, así afirma: “Fray Francisco, y quien fuere cabeza de esta religión, promete obediencia y reverencia al Papa Inocencio y a sus sucesores”. El capítulo XIX se titula “Que todos los frailes católicos, vivan y hablen católicamente. Y si alguno errare en la fe y vida católica en palabra o en obra y no se enmendare, sea totalmente lanzado fuera de nuestra fraternidad”.

En la Regla bulada, la de 1223, en el capítulo I así afirma: “Fray Francisco promete obediencia y reverencia al señor papa Honorio y a sus sucesores canónicamente elegidos y a la Iglesia Romana. En el capítulo II pone como condición para ingresar a la Orden el profesar plenamente la fe católica y estar instruido en la religión y en los sacramentos de la Iglesia.
En el capítulo III, al hablar de la oración y en concreto del Oficio Divino, ordena que lo recen “según el orden de la Santa Iglesia Romana”. En el capítulo IX al hablar del ministerio de la predicación ejercido por los frailes, así establece: “No prediquen en la diócesis de algún obispo cuando por él les fuere entredicho”.

En el capítulo XII manda a los ministros Generales que: “Pidan al Señor Papa uno de los cardenales de la Santa Iglesia Romana que sea su Gobernador, Protector y Corrector de esta fraternidad para que, siempre súbditos y sujetos a los pies de la Santa Iglesia, firmes en la fe católica guardemos… el santo Evangelio…”

No es cierto que san Francisco haya identificado a la Iglesia sólo con la jerarquía o el clero. El amor de San Francisco por la Iglesia abarcó y se extendió, en realidad, a todos los aspectos de la misma. Era obediencia, fidelidad y amorosos servicio a la jerarquía o sea a los depositarios de la autoridad eclesiástica: el Papa, los Obispos, los sacerdotes. “A ellos… quiero temer, amar y honrar como a mis señores; y no quiero en ellos considerar pecado, porque el Hijo de Dios discierno en ellos y son mis señores”. Era fe ciega y aceptación completa de la doctrina católica y de los sacramentos de la Iglesia: los templos, las devociones, etc. Era dedicación y entrega por las obras de la Iglesia: predicación popular, misiones, cuidado de los pobres y enfermos, etc.

Este espíritu o sentido eclesial tan profundo se convirtió en una característica de San Francisco por el ambiente histórico que les tocó vivir. Fue precisamente en este tiempo cuando se multiplicaron en Italia y en Francia diversos grupos de reformadores que deseaban vivir el santo Evangelio, pero al margen de la Iglesia o en oposición abierta o rebeldía total al Papa y los Obispos.

Este mismo espíritu eclesial de san Francisco explica, a su vez, el apoyo y el amor paternal que sintieron por la obra franciscana el Papa, los cardenales y los Obispos. San Francisco amó a la Iglesia y la Iglesia lo amó a él. La jerarquía católica no solamente aprobó a la Orden sino que la consideró como baluarte de la fe.

San Francisco supo aceptar y valorar las “estructuras visibles” de la Iglesia, tal y como aparecían ante sus ojos, con todas las miserias y debilidades humanas que les son propias a su peregrinar por el mundo.

Así, el “Creo en la Iglesia Católica”, profesado muchas veces por San Francisco de Asís no quedó en meras palabras, sino que fue llevado a los hechos.

Basado en el Manual de Formación de la OFS
del Padre Cornelio Moya OFM

Via OFS Mexico.

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Escrito por Redacción

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