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San Francisco contempla la pasión de Cristo: ¿Por qué nos has amado tanto, Señor? ¿Por qué? Asombro y agradecimiento…

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Cuenta la Leyenda de los Tres Compañeros (n. 14) que Francisco «un día iba solo cerca de la iglesia de Santa María de la Porciúncula llorando y sollozando en alta voz. Un hombre espiritual que lo oyó pensó que sufriría alguna enfermedad o dolor. Y, movido de compasión, le preguntó por qué lloraba. Y él le contestó: “Lloro la pasión de mi Señor, por quien no debería avergonzarme de ir gimiendo en alta voz por todo el mundo”. Y el buen hombre comenzó asimismo, a llorar, juntamente con él, también en alta voz». 
Esta misma leyenda nos cuenta también que «muchas veces, cuando se levantaba de orar, aparecían sus ojos recargados de sangre, porque había llorado amargas lágrimas. Y no sólo se afligía llorando, sino que se privaba de comida y de bebida en memoria de la pasión del Señor».
Es lo que tiene enamorarse sin remedio. ¿Cómo permanecer indiferente ante la crueldad física, la injusticia y el pecado de los hombres que se ensañan contra Jesús? ¿Cómo permanecer impasibles ante la obediencia de un amor, el suyo por el Padre y por cada uno de nosotros, que se entrega, que se da sin medida, que se derrama sobre un mundo que lo rechaza y lo desprecia?
San Francisco nos enseña a vivir desde dentro estos días santos, dejando que resuenen en nuestro corazón estas palabras: “Aquello sucedió por mí”. No para caer en la culpabilidad, sino en el asombro, en el agradecimiento. “Por mí” y “por el mundo”. Esta es la clave. Si en estos días no te sientes absolutamente implicado tú, en primera persona, entonces tu fe, tus buenos propósitos, tu dedicación al mundo y tu dolor por los otros… no van a durar mucho, no te van a cambiar el corazón. El misterio de estos días es entender que aquello sucedió por mí y que desde aquella hora todo es posible, porque el amor de Cristo vence el odio, la injusticia, el desamor, la desesperanza, la muerte…
Misteriosamente el mundo, y yo con él, está siendo salvado a través de un AMOR que se deja crucificar. “¿Por qué nos has amado tanto, Señor? ¿Por qué?”. Es fácil de entender por qué lloraba Francisco cuando pensaba en su Señor despreciado, torturado, humillado hasta la muerte y una muerte de cruz.
Nos despedimos hasta la semana de Pascua, 
deseándoos unos días santos 
llenos de asombro y de agradecimiento al Señor 
por tanto amor, por tanta misericordia. 

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Escrito por Redacción

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