Sabiduría de un pobre: ¿Empieza a clarear el alba?

Eloi Leclerc

Capítulo VI

¿Empieza a clarear el alba?

En la primavera, cuando los caminos empezaron a ser practicables, Francisco se puso en camino para ir a ver a la hermana Clara. Había terminado por ceder a las instancias del hermano León. El invierno que acababa de pasar en la ermita había sido el más pobre de sol de toda su vida. Y, sin embargo, al partir de la pequeña montaña, no le decía adiós. Se prometía volver allí lo más pronto posible. Con León, su compañero habitual de camino, bajó las cuestas arboladas que ya se cubrían de nuevos brotes verdes. Y más allá, por las colinas brillantes de agua y de sol, llegó al camino que lleva a San Damián.

La alegría de Clara fue grandísima cuando le anunciaron que Francisco estaba allí. Pero cuando vio su cara enflaquecida y terrosa, en que se leía un sufrimiento inmenso, se apoderaron de ella la piedad y la tristeza.

– Padre – dijo dulcemente -, ¡cómo has debido sufrir! ¿Y por qué has tardado tanto en venir?

– La tristeza – respondió Francisco – me angustiaba y me paralizaba. He sufrido horriblemente. Y todavía no se ha acabado.

– ¿Por qué, padre, entristecerte hasta ese punto? – le dijo Clara -. Ves bien que eso te hace mal. Tenemos tanta necesidad nosotras de tu paz y tu alegría.

– No me entristecería tanto si el Señor no me hubiera confiado esta gran familia – respondió Francisco -. Y si no me sintiera responsable de guardar a mis hermanos en la fidelidad a su vocación.

– Sí, te comprendo – dijo Clara, que quería evitarle entrar en explicaciones demasiado penosas.

Pero Francisco deseaba hablar. Tenía el corazón tan cargado. Era para él un descanso el poder hablar.

– Hoy – volvió a decir – se pone en duda nuestra vocación. Muchos hermanos miran con envidia hacia formas de vida religiosa más organizadas, más poderosas y mejor instaladas. Querrían que nosotros las adoptáramos. Yo temo que sean empujados, en eso, por el miedo de aparecer más pequeños que los otros. Están ávidos de hacerse un sitio al sol. Yo no tengo nada contra las formas de vida religiosa que aprueba la Santa Iglesia. Pero el Señor no me ha llamado para formar una Orden poderosa, una Universidad o una máquina de guerra contra los herejes. Una Orden poderosa tiene un fin preciso. Tiene algo que hacer o defender, y se organiza en consecuencia. Es preciso ser fuerte para ser eficaz. Pero el Señor no nos ha pedido, a nosotros, Hermanos Menores, ni hacer, ni reformar, ni defender nada en la Santa Iglesia. El mismo me ha revelado que debíamos vivir según la forma del Santo Evangelio. Vivir, sí, simplemente vivir. Eso sólo, pero plenamente. Siguiendo la humildad y la pobreza del Altísimo Señor Jesucristo, dejando de lado toda voluntad de dominación, todo cuidado de instalación o de prestigio, y hasta todo deseo particular. Durante mi retiro en la montaña, este invierno, he pensado mucho en esto. Ha llegado a ser para mí evidente que esta vida, según la forma del Evangelio, es de tal modo, que no se la pueden aplicar los principios de organización de las otras Órdenes sin destruirla al mismo tiempo. No se la puede modelar y reglamentar desde el exterior. Esta vida evangélica, si se vive de una manera auténtica, debe brotar libremente y encontrar su ley en ella misma. Algunos hermanos me piden una regla más precisa, más determinada. Pero yo no puedo decirles otra cosa que lo que le he dicho ya, y que el Señor Papa ha aprobado plenamente; es decir, que la regla y la vida de los Hermanos Menores consiste en observar el Santo Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo. A eso, aún hoy, no tengo nada que añadir o quitar. Que los hermanos vivan, pues, en la condición humilde y pobre que fue la del Señor. Que anuncien como El el reino de Dios a toda criatura, y si se les arroja o se les persigue de un lugar, que vayan a otro. Y en todas partes donde sean recibidos, que coman todo lo que les ofrezcan. Los hermanos que vivan así no constituirán, sin duda, una Orden poderosa, sino que formarán en todas partes donde estén, libres comunidades de amigos. Serán verdaderos hijos del Evangelio. Serán hombres libres, porque nada limitará su horizonte y el Espíritu del Señor soplará en ellos como quiera.

Clara escuchaba profundamente conmovida. Casi no podía ocultar su emoción. Lo que estaba oyendo encontraba en ella un eco profundísimo y lo que vería le conmovía hasta lo último. Francisco, al hablar, se había animado. El hombre endeble, poca cosa, que no tenía apariencia de nada, resplandecía en ese momento con una belleza sobrehumana. Lo que decía adquiría un acento de fuerza y de grandeza. Una gran pasión lo levantaba y lo iluminaba. Era un profeta que hablaba.

De buena gana Clara se hubiera contentado con admirar y aprobar, pero no podía olvidar que en ese momento tenía un papel importante que cumplir. La extraordinaria grandeza que aparecía en Francisco hacía sobresalir más todavía a sus ojos el sufrimiento que le obsesionaba. Clara lo dejaba hablar, porque veía que eso le descansaba. Pero mientras le escuchaba, no dejaba de preguntarse cómo podía ella tomarlo de la mano y volver a llevarlo al camino de la paz.

Francisco, en cambio, completamente perdido en su tema, ya no sentía ni las quemaduras de sus ojos ni el estómago. Tenía la impresión de volver a vivir. Todos sus sufrimientos estaban absorbidos por la pasión que le invadía. De buena gana hubiera empezado entonces a recorrer toda la tierra para ver realizarse la voluntad del Señor en esto. Calculaba, sin pensar en sus fuerzas físicas, pero ellas ya no sostenían la llama que le consumía. Aún mientras hablaba, se sintió de repente invadido por un cansancio grandísimo. Y con el cansancio reapareció en seguida en su alma el abatimiento. Entonces las mariposas negras empezaron otra vez a danzar ante sus ojos.

– ¡Ay! – prosiguió después de un poquito de silencio -. Soy un padre abandonado por sus propios hijos. Ya no me reconocen. Se avergüenzan de mí. Mi simplicidad les da vergüenza. ¡Que el Señor tenga piedad de mí, hermana Clara!

– No, todos tus hijos no te han rechazado – contestó Clara dulcemente -. Y Dios te sigue llevando de la mano

– ¡Dios! – suspiró dolorosamente Francisco. Cuando me presento ante El en la soledad, ahora, tengo, tengo miedo y tiemblo. Si supiera sólo lo que tengo que hacer.

– Quizá no haya nada que hacer.

Hubo un momento de silencio. Después Clara volvió a decir:

– Tú sabes que el Señor dice en el Evangelio: “El reino de los cielos es como un hombre que ha sembrado buena simiente en su campo”, y sale el trigo, pero también la cizaña. Y los criados van a preguntar al amo si no tienen que dedicarse a arrancar a toda prisa la cizaña. “No hagáis nada – les respondió -, hay peligro de arrancarlo todo: el trigo con la cizaña. Dejadlos, pues, crecer juntos hasta la siega.”

– “Dios no participa de nuestros miedos ni de nuestro orgullo, ni de nuestra impaciencia. Sabe esperar, como Dios sólo sabe esperar. Es longánimo, misericordioso. Espera siempre. Hasta el fin. No le importa mucho que en su campo se amontonen las basuras, aunque esto no sea agradable a la vista, a fin de cuentas, recoge mucho más trigo que cizaña. Nosotros tenemos pena pensando que la cizaña pueda quizá cambiar un día en trigo y dar hermosos granos rojos y dorados. Los labradores nos dirán que jamás han visto semejante cambio en sus campos. Pero Dios, que no mira las apariencias, sabe que con el tiempo de su misericordia puede cambiar el corazón de los hombres.

– “Hay un tiempo para todos los seres. Pero ese tiempo no es el mismo para todos. El tiempo de las cosas no es el de los animales. Y el de los animales no es el de los hombres. Y, sobre todos y diferente a todo, está el tiempo de Dios que encierra todos los otros y los sobrepasa. El corazón de Dios no late al mismo ritmo que el nuestro. Tiene su movimiento propio. El de su eterna misericordia, que se extiende de edad en edad y no envejece nunca. Nos es muy difícil entrar en este tiempo divino. Y, sin embargo, solamente en él podemos encontrar la paz.”

– Tienes razón, hermana Clara. Mi turbación y mi impaciencia brotan de un fondo demasiado humano. Lo veo bien, pero no he descubierto a Dios todavía. Yo no vivo todavía en el tiempo de Dios.

– ¿Quién se atrevería a pretender que vive en el tiempo de Dios? – preguntó Clara -. Sería preciso para eso tener el corazón mismo de Dios.

– Aprender a vivir en el tiempo de Dios – volvió a decir Francisco-; ahí está seguramente el secreto de la Sabiduría.

– Y la fuente de una paz grandísima – añadió Clara.

Hubo de nuevo un momento de silencio. Después Clara volvió a decir:

– Supongamos que una de las hermanas de esta comunidad viene a acusarse de haber roto una cosa cualquiera por una torpeza o por un descuido; le haré, sin duda, una observación y le pondré una penitencia, como se acostumbra. Pero si viniera a decirme que ha prendido fuego al monasterio y que está quemado ya todo o casi todo, creo que en ese momento no tendría nada que decirle. Me encontraría ante un acontecimiento que me sobrepasa. La destrucción del monasterio es verdaderamente algo demasiado grande para que yo me turbe profundamente. Lo que Dios ha construido El mismo, no se sostendría por la voluntad o el capricho de una criatura. Tiene otra clase de solidez.

– ¡Ay!, si tuviera fe solamente como un grano de mostaza – suspiró Francisco.

– Dirías a la montaña: “Quítate de ahí”, y la montaña se desvanecería – añadió Clara.

– Sí, eso está bien – aprobó Francisco -. Pero ahora me he vuelto como un ciego. Es preciso que alguien me coja de la mano y me guíe.

– No se está ciego cuando se ve a Dios – replicó Clara.

– ¡Ay! – dijo Francisco -. En mi noche ando a tientas y no veo nada.

– Pero Dios te conduce, a pesar de todo – aseguró Clara.

– Lo creo, a pesar de todo – aseguró Francisco.

Se oía cantar a los pájaros en el jardín. A lo lejos, en la llanura, se oyó el rebuzno de un burro. Y una campana se puso a tocar claramente.

– El porvenir de esta gran familia religiosa que Dios me ha confiado – volvió a decir Francisco – es algo demasiado grande para que dependa de mí solo y me preocupe hasta el punto de estar turbado. Es también, sobre todo, asunto de Dios. Lo has dicho muy bien, pero ruega para que esta palabra germine en mí como una semilla de paz.

Francisco se quedó algunos días en San Damián. Gracias a los cuidados de Clara, recobró un poco las fuerzas. En la paz de este convento y la dulce luz de la primavera de Umbría, Francisco parecía haber dado descanso a sus cuidados y a sus inquietudes. Escuchaba con gusto el canto de las alondras. Las buscaba con la mirada en el azul inmenso y profundo en que ellas se perdían. Por la noche, retirado en una choza al fondo del jardín, pasaba sus horas de insomnio mirando por la ventanita el firmamento, toda brillante de estrellas. Nunca las estrellas le habían parecido tan bellas. Le parecía descubrirlas por primera vez. Brillaban claras y preciosas en el gran silencio nocturno. Nada las turbaba. Sin duda, ellas pertenecían al tiempo de Dios. No tenían ni voluntad ni movimiento propio. Obedecían simplemente al ritmo de Dios, y por eso nada podía turbarlas. Estaban en la paz de Dios.

Sin embargo, Francisco soñaba en volver a subir a la ermita. Pensaba en sus hermanos que había dejado allá arriba. En el hermano Rufino, sobre todo, que se hallaba en grave peligro. Estaba ya muy cerca la fiesta de Pascua. Tenía prisa de volver para encontrarse con sus hermanos y celebrar con ellos a Cristo resucitado.

En el momento de marchar, Clara dijo a Francisco:

– ¿Querrías hacernos un regalo? Se trata de una cosa pequeñita. Las hermanas han recogido semillas de flores en el otoño último. Son flores muy bonitas, salen muy fácilmente. Aquí tienes un saquito. Tómalo y siémbralo allí arriba en la montaña.

Clara sabía que Francisco amaba mucho a las flores. Pensaba que esto le ayudaría a echar de su corazón las plantas amargas.

– Gracias – dijo Francisco, cogiendo el saquito de semillas-. Me gusta muchísimo. Las sembraré.

Y, con León, se despidió de Clara y de sus hermanas.

El camino de vuelta pareció menos largo a Francisco. Iba con un paso alerta. De una manera casi imperceptible, algo en su ser se había puesto en movimiento. Seguía sufriendo, sin duda. Pero ya no de la misma manera. Su sufrimiento se había hecho menos áspero. Muchas veces en el camino se acordaba de la palabra de Clara: “La destrucción del monasterio es una cosa demasiado grande para que me turbe profundamente.”  Y esto vertía en su alma un poco de serenidad.

Después de haber andado mucho, Francisco y León dejaron el camino y volvieron a tomar el sendero que trepaba bajo las hayas y encinas y conducía a la ermita. Por todas partes la primavera había estallado. Los árboles grandes desplegaban su follaje completamente nuevo. Y sobre el verde, tierno y dorado de las hojas, los rayos de sol jugaban en medio del canto de los pájaros. De la tierra húmeda y tibia del bosque subía un buen olor a musgo, hierbas muertas y a violetas en flor. Por todas partes asomaban alegremente pequeñitos ciclámenes rojos. Todo esto también, sin duda, vivía y reposaba en el tiempo de Dios, en el tiempo del principio. La tierra con su vida secreta no se había separado de este tiempo, lo mismo que las estrellas del cielo. Los grandes árboles en el bosque dilataban sus ramas al soplo de Dios, igual que en los primeros días de la creación. Con el mismo temblor. Solo, el hombre había salido de ese tiempo del principio. Había querido trazar su camino y vivir en su propio tiempo. Y desde entonces no conocía descanso, sino solamente cansancio, la turbación y la precipitación hacia la muerte.

En un sitio, el sendero que seguían Francisco y León cruzaba un camino que los campesinos de la montaña y de las cabañas de alrededor usaban para bajar o subir con sus carretas. Uno de ellos bajaba justamente en ese momento. Iba al lado de dos grandes bueyes blancos atados a su carro. Era Paolo, un campesino bajo, gordo, con la cara roja y mirada de niño bueno. Vivía en una cabaña que los hermanos de la ermita visitaban muy a menudo cuando salían a pedir. Era un buen hombre y quería mucho a los hermanos. Pero, a veces, bebía un poco más de la cuenta. En su casa su mujer llevaba buen cuidado. Tenía ojo. Por eso, cuando tenía ocasión de bajar al pueblo, iba de buena gana, casi como de fiesta.

– Buenos días – gritó al ver a los dos hermanos.

– Muy buenos días, Paolo – respondió León, que lo reconoció en seguida.

– Es siempre una honra para mí encontrar a los frati – dijo el campesino, parándose con sus bueyes.

– ¿Qué, se baja al pueblo, Paolo? – preguntó León.

– Qué se va a hacer – respondió el campesino, alzando los hombros -. Los bueyes, que tienen necesidad de herrarse. Y la carreta, que hay que arreglarla. Y, además, yo – añadió con un guiño de sobreentendido -, que tengo necesidad de un golpecito de vino.

Esta declaración, tan simple, y lo bonachón del hombre divirtieron a Francisco, que se puso a reir.

– Vaya, Paolo – dijo -, está bien; al menos eres sincero. Un traguito de vino no te hará mal. Pero cuidado, ¿eh? No los vayas a multiplicar demasiado.

El campesino reía de buena gana. De repente, mirando  fijamente a Francisco se puso serio.

– Pero ¿no eres tú el hermano Francisco? Los hermanos de la ermita que vienen a pedir a casa nos han dicho que el hermano Francisco vivía con ellos allá arriba, en la montaña.

– Soy yo – respondió simplemente Francisco.

– Pues bien – dijo el campesino, en un tono casi confidencial golpeándole amistosamente el hombro -. Trata de ser tan bueno como se dice. Mucha gente ha puesto su confianza en ti; es preciso no decepcionarles.

– Dios solo es bueno, Paolo – dijo Francisco -. Yo no soy más que un pecador. Escúchame bien, amigo: si el último tipo hubiera recibido tantas gracias como yo he recibido, me pasaría cien codos en santidad.

– ¿Y yo – contestó el paisano bromeando -, también puedo llegar a ser santo?

– Pues claro, Paolo – dijo Francisco -. A ti también te quiere Dios. Tanto como a mí. Basta con creer en ese amor para que  se te cambie el corazón.

– ¡Ay!…, nosotros estamos bien lejos de todas estas cosas – contesto el labriego -. Tendrás que venir a vernos. Buena falta nos hace. Hala, hasta pronto.

Y con una mano dio un golpe sobre la grupa de los bueyes para hacerles andar, mientras que con la otra decía adiós a los hermanos.

Francisco y León llegaron pronto al pico de la primera colina, desde donde podían ver levantarse la montañita. Había recobrado ahora su aspecto verdoso. Se alzaba en una luz muy pura bajo un cielo de azul intenso. Alrededor, los vallecitos cubiertos de olivos, parecían caminos de sombra que iban apretándose entre las cuestas secas de las montañas. Por todas partes cuadrados de narcisos amarillos brillaban al sol como manchas de oro. Allá lejos, cerrando el horizonte, la cadena de montañas recortaba en el azul sus masas secas y redondas llenas de sol.

– ¡Qué bonito! – gritó de repente Francisco -. Y dentro de unos días sobre todo esto resplandecerá la gloria del Señor resucitado. ¿No oyes, hermano León, el murmullo inmenso de toda la creación, que en su profundidad está ensayando el aleluya de Pascua?

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La cuaresma en Tierra Santa

Fray Sebastian de Aparicio, puede ser santo.