Sabiduría de un pobre: cada vez más tinieblas.

Eloi Leclerc

Capítulo V

Cada vez más tinieblas

 

En el invierno la vida es dura en las ermitas de la montaña. La soledad se hace más grande todavía y más temible también. El hombre se queda solo donde todo rastro de vida se ha borrado. Solo con sus pensamientos y sus deseos. Desgraciado entonces del que ha venido a la soledad sin haber sido empujado por el Espíritu. Durante días enteros, grises y fríos, el solitario tiene que quedarse encerrado en su celda. Afuera la nieve cubre todos los senderos o lo empapa todo una lluvia glacial. El hombre está solo ante Dios, sin escapada posible, sin libros para distraerle, nadie que le mire o le anime. Se encuentra siempre vuelto a sí mismo. A su Dios o a sus demonios. Reza. Y, a veces, también escucha lo que pasa fuera. No es un canto de pájaros lo que oye, sino el silbido del viento que sopla sobre la nieve. Tiembla de frío. No ha comido quizá desde por la mañana, y se pregunta si los hermanos que han salido para mendigar le traerán algo.

Cuando el hombre tiene frió se encoge sobre sí mismo, como un animal, y, a veces, en lugar de meditar, murmura y blasfema. El invierno es siempre duro para los pobres. Su techo es demasiado ligero o está demasiado roto y deja pasar el viento frío. El cierzo agrio se cuela dentro, hasta el corazón, que se pone a temblar con desamparo.

Por mucho que se haya querido la pobreza y ser duro y resistente como la roca, puede ser que la mordedura del frío sea más fuerte y que haga agrietarse la piedra misma. Entonces insidiosamente habla la tentación. Y su lenguaje es el del buen sentido: “Bueno, ¿y a qué tanto sufrir? ¿No es una pura locura obstinarse inútilmente en padecer hambre y frío? ¿Es verdaderamente necesario retirarse a un agujero siniestro para servir al Señor?”

Pero en almas más delicadas la tentación puede tomar otro aspecto más noble y más puro que el del vulgar buen sentido: el de la santidad misma.

De todos los habitantes de la ermita, el hermano Rufino era el que observaba más a Francisco. Desde hacía meses le veía arrastrase lamentablemente, sin reacción, sin empuje, sin alegría. Había sentido al principio una gran piedad. Después, todo esto había terminado por intrigarle e inquietarle. Ese estado prolongado de tristeza y postración en Francisco le molestaba, le parecía desplazado. Poco a poco, una duda se fue levantando en su alma: ¿Francisco era verdaderamente el hombre de Dios que él creía? ¿No se había equivocado al seguirlo? ¿No había creído prematuramente en su santidad? ¿En ese caso, no era él, el hermano Rufino, a quien le tocaba  recoger el guante y demostrar a todos de qué es capaz un verdadero santo?

Entonces, un ángel de Satán se revistió de luz y vino a soplar al oído de Rufino:

“¿Qué tienes tú que hacer, hermano Rufino, con el hijo de Pedro Bernardone? Es un hombre estúpido, que ha querido jugar a innovador. Ha seducido a muchos y se ha engañado a sí mismo, y mira lo que ha sucedido: no es más que un pobre guiñapo sin resortes, sin voluntad. Y lo que le hace sufrir y gemir no es otra cosa que un gran orgullo herido y desengañado. Créeme. Yo soy el Hijo de Dios. Yo sé a quien he elegido y predestinado. El hijo de Bernardone está condenado y todo el que le siga está engañado. Vuelve en ti mismo, que todavía es tiempo. Deja que ese innovador corra a su pérdida. No le escuches más. No le hables siquiera de lo que te acabo de decir. Y, sobre todo, guárdate bien de interrogarle. Podría seducirte. Camina, pues, valerosamente y simplemente hacia delante. Sigue tu inclinación hacia la perfección, esa inclinación que he puesto en ti como promesa de eternidad. Los antiguos ermitaños, cuyos ejemplos meditas, te muestran el camino. Es un camino seguro, un camino aprobado y bendecido. Imita, pues, a los antiguos y no te ocupes de los que, bajo pretexto de Evangelio, quieren renovarlo todo.” Y el ángel de Satán hizo brillar magníficamente su manto de luz a los ojos de Rufino. Este se quedó deslumbrado y maravillado. Sin ninguna duda, Dios mismo acababa de hablarle, oh, esta voz misteriosa.

A partir de este día, Rufino cesó de aparecer en comunidad. Como los ermitaños antiguos, quería vivir en el aislamiento más completo, sin ver a nadie. Sobre todo, quería evitar el encontrarse con Francisco. Había perdido toda confianza en él. Y cuando, por casualidad, le veía venir de lejos, se escapaba enseguida en otra dirección. Al principio, ni Francisco ni los otros hermanos se preocuparon de la actitud de Rufino. Tenían todos una idea muy alta de su hermano. Sabían que era un hombre de profunda oración y Francisco les había enseñado a respetar la voluntad particular del Señor sobre cada uno de ellos. El mismo se habría cuidado mucho de turbar la acción de Dios en un alma.

Pero un día, a la vuelta de un sendero en el bosque, Francisco se encontró frente a frente con Rufino. Este no se esperaba en absoluto el encuentro. Inmediatamente dio media vuelta y, como un animal asustado, emprendió la fuga, metiéndose entre los árboles. Francisco, asombrado, le llamó varias veces, pero en vano. Esta huida de Rufino le abrió los ojos. No podía ser el Espíritu del Señor el que le hacía huir de esta forma, sino el Maligno, que busca siempre separar al hombre de sus hermanos para hacerle caer más fácilmente. Así pensaba Francisco.

Por esto, algunos días más tarde, después de haber rezado largamente, Francisco envió a León a buscar a Rufino.

– ¿Qué tengo yo que ver  con el hermano Francisco? – contestó Rufino a León -. Ya no quiero seguirle. Estoy cansado de sus fantasías. Ahora quiero llevar una vida solitaria, en la cual podré salvarme con mayor seguridad que siguiendo las boberías del hermano Francisco.

– ¡Pero qué dices, hermano Rufino! – exclamó León que no creía a sus oídos.

– ¡Lo que digo te escandaliza! – dijo Rufino -. Pues bien. Que sepas que Francisco no es el hombre de Dios que tú crees. Tengo ahora la prueba y la certidumbre. Desde hace meses se arrastra lamentablemente, sin resorte, sin voluntad, sin alegría. ¿Es ésa verdaderamente la actitud de un santo? Ciertamente, no. Se ha engañado y nos ha engañado. Por ejemplo, ¿te acuerdas del día en que me obligó en nombre de la obediencia a ir a predicar sin túnica, medio desnudo en la iglesia de Asís? ¿Crees tú que está inspirado por Dios? No era más que una fantasía por su parte. Una grosera fantasía entre mil otras. Pues bien, ese tiempo para mí se ha acabado. No me volverá a enviar más ni a predicar ni a cuidar los leprosos. El Señor me ha mostrado qué guía debo seguir.

– Pero ¿quién ha podido meterte todas esas ideas en la cabeza? – preguntó León, aterrado-. Si Dios te hiciera probar, aunque no fuese más que un instante, todo lo que sufre nuestro padre en su alma y en su cuerpo, inmediatamente pedirías gracia. Para sostenerse como él se sostiene en medio de tan grandes sufrimientos, es preciso verdaderamente que Dios le sostenga. Es preciso que tenga en él la fuerza misma de Dios. Piensa un poco en esto.

– Ya está todo pensado – replicó Rufino -. Dios mismo me ha hablado. Y desde entonces sé a qué atenerme con respecto al hijo de Pedro Bernardone.

– ¡No,no, no es posible! – protestó León completamente fuera de sí -. No puedes abandonar a nuestro padre. Sería correr a tu pérdida. Y para él, ¡qué golpe mortal! Por favor, Rufino, por el amor de Nuestro Señor Jesucristo, deja esos pensamientos y vuelve con nosotros. Tenemos todos necesidad de ti. El demonio lo sabe. Por eso se empeña en seducirte.

– Vete, hermano León – interrumpió bruscamente Rufino -. No me importunes más. Mi camino está trazado completamente por el Señor mismo. ¡Que me dejen tranquilo! Es lo único que pido.

León volvió junto a Francisco y le contó su entrevista con Rufino. Francisco vio entonces el grave peligro que corría éste, y se preguntó cómo iba a poder salvarlo. Dejó pasar algunos días. Después, de nuevo, envió a León a buscar a Rufino. Pero León tropezó con la misma obstinación y la misma negativa. Tuvo que volverse sin más éxito.

– ¡Ay! Ha sido por mi culpa – dijo entonces Francisco a León -. No he estado suficientemente atento. No he sabido atraerlo hacia mí. No he sabido sufrir como había que hacerlo, atrayendo los otros a mí, como el mismo Señor Jesús ha sufrido.

– Jesús también fue abandonado por los suyos en el momento de su agonía y de su Pasión – le hizo notar León.

– Sí, es verdad – dijo Francisco después de un instante de silencio -. “Heriré al pastor, está escrito, y se dispersarán las ovejas.” Dios lo permitió con su Hijo. El discípulo no puede pretender estar por encima del Maestro.

Se calló y permaneció unos segundos absorto en sus pensamientos. León le miraba sin saber qué decir.

– ¡Ah!, hermano León – le dijo entonces Francisco -, verdaderamente es la hora de las tinieblas. Es terrible. No pensaba que fuera tan terrible. Déjame solo ahora, hermano León. Tengo necesidad de gritarle a Dios.

León se marchó:

“Señor Dios – dijo entonces Francisco -. Tú has soplado mi lámpara. Y ahora estoy hundido en las tinieblas y conmigo todos los que me habías dado. He llegado a ser para ellos un objeto de horror. Los mismos que me estaban más unidos me huyen. Has alejado de mí a mis amigos, mis compañeros de la primera hora.  de la primera hora. ¡Ah, Señor, escúchame! ¿No ha durado bastante la noche? Enciende en mi corazón un fuego nuevo. Vuelve hacia mí tu rostro y que la luz de tu aurora resplandezca de nuevo sobre mi cara, para que los que me siguen no caminen en tinieblas. Por ellos, ten piedad de mí.”

Allí cerca, resbaló un montón de nieve de lo alto de un árbol. Se oyó crujir las ramas, y después un ruido sordo en el suelo. Y todo volvió a entrar en el gran silencio.

 

 

 

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