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Romeros de lo mejor con Santa María. Mons. Sanz Montes, ofm

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Estamos en medio de preocupaciones, dimes y diretes que desafían nuestra confianza para ver si logramos amasar un mundo menos herido, menos crispado, menos violento, menos tramposo. La lista de los desmanes sucedidos y de las promesas vacías ante lo que podrá suceder, se torna un verdadero reto que pone en guardia y en danza lo mejor de nosotros mismos en este rincón de la actualidad. En esta imparable calenda se suceden los días sin que nadie pueda pulsar algún botón de pausa para tomar resuello en este mundo tan veloz.

Con estas cosas a cuestas nos llega el mes de mayo cuando rompe la flor en su fruto más granado para llenar de aroma y color nuestros ajetreos. Necesitamos este respiro al filo de nuestros días. Es florido siempre el mes de mayo, y tiene un aire de festejo cuando la gente se lanza a los caminos buscando razones para seguir en la brecha mientras remamos mar adentro en la travesía de la vida. En este mayo florido nos dirigimos hacia alguna ermita o santuario donde vamos al encuentro de María.

Acudimos para pedir una caridad sincera, la esperanza que no defrauda, y la fe que hemos siempre de nutrir. Allí descorchamos nuestros mejores anhelos para brindar por lo que es bueno, por lo que es bello, por lo que es justo y verdadero, por lo santo que a raudales nos regala Dios. Es la andanza que nos pone en vilo, y responde a la inquietud sincera que se alberga en nuestro adentro. En este mes se nos convoca para hacernos peregrinos de la paz que Dios regala, de la gracia que nos hace nuevos con esa su Buena Nueva de inagotable nueva bondad.

Esto forma parte en definitiva de nuestra vida cristiana, que con sencillez expresa un sentido religioso con raíces profundas de recuerdos imborrables. Ojalá que vivamos así este mes de mayo que nos presenta a María a la que acudir con las flores de nuestro afecto, como se acude a una madre a la que se quiere, a una madre a la que agradecer tantas gracias y pedir lo que necesitamos.

La romería fue siempre la peregrinación de los cristianos que van a Roma. Pero hay romerías populares que nos allegan más cercanamente a una de nuestras ermitas dedicadas a la Virgen María, o a alguno de sus santuarios. Si somos romeros de esta guisa no es que queramos evadirnos piadosamente de una realidad bronca y endurecida, como si, mientras dura la escapada, nos transformásemos en devotos fugitivos de lo cotidiano. Más bien, acudimos a estos lugares para ver y vivir de modo diverso el compromiso diario con la verdad, con el amor y con la paz, el compromiso cristiano ante la realidad. No es fugarnos a un paraíso perdido sino situarnos de otro modo en la vida, ese modo que aprendemos de Dios, de María y de nuestros santos.

Mes de mayo, mes de flores, mes de romerías festivas, fraternas, creyentes, con nuestros mejores sueños puestos en las manos del Señor. Así hacíamos en nuestros años mozos, y así seguimos haciendo en los días añejos, sabiéndonos de nuevo peregrinos de esa tierra apacible y de ese mundo habitable que el Señor nos ha prometido y nos ha querido confiar. Sería hermoso que en este mes de mayo vayamos a estas ermitas y santuarios dedicados a María para pedir a la Virgen por las familias, por los jóvenes y los niños, por las vocaciones sacerdotales, por tanta gente maltratada por la crisis moral y la zarpa insolidaria. Sería ir una vez más con las flores de nuestra caridad encendida, arropando nuestra fe y reestrenando nuestra esperanza. Santa María nos acompañe y nos bendiga.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

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Escrito por Redacción

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