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Romero: por un puñado de dólares.

Quien fuera descartado hasta el desprecio burlón, se fue poco a poco afirmando con autoridad evangélica hasta señalarlo como revolucionario. No era timorato antes, y no fue subversivo después. Con el recorrido que una persona hace en su vida según va madurando humana y cristianamente, trató de leer lo que en la realidad Dios poco a poco le enseñaba. En medio de los renglones torcidos en una sociedad insolidaria y violenta, el Señor le fue deletreando las verdades más rectas por las que valía la pena alzar la voz y arriesgar del todo tu vida y tu hacienda.

Así fue Romero, monseñor Oscar Romero, arzobispo de El Salvador, mártir de Cristo y contemporáneo nuestro. Yo era un joven prenovicio en aquel 24 de marzo de 1980 cuando aquel día lo replicaban todos los teletipos: habían matado a tiros a un obispo mientras celebraba la misa. Fue como un mazazo sórdido, incomprensible, que nos resultaba difícil de creer. En aquellos mis primeros pasos como hijo de san Francisco, ante esa terrible noticia quedé sorprendido y conmovido por la perfidia irredenta de quien censura de tamaña manera la paz y quien arranca tan de cuajo el bien.

Sabemos el nombre de quien disparó, el sargento Samayor Acosta. Lo hizo por mandato del fundador de los escuadrones de la muerte, el mayor Roberto d’Aubuisson. El pago por la matanza fue de 114 dólares, un puñado de dólares para acallar una voz libre, para sofocar el grito de denuncia por la injusticia y la violencia con las que algunos poderosos impusieron su ley marcial con asesinas maneras.

El postulador del la causa del nuevo beato ha dicho que «Romero es un obispo que puso en práctica las Bienaventuranzas evangélicas. Buscó la justicia, la reconciliación y la paz social. Amó una Iglesia pobre para los pobres, vivía con ellos, sufría con ellos. Sirvió a Cristo en la gente de su pueblo».

Son conmovedoras sus palabras poco antes de su martirio en una entrevista que le hicieron: «He sido frecuentemente amenazado de muerte. Debo decirle que, como cristiano, no creo en la muerte sin resurrección: si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño. Se lo digo sin ninguna jactancia, con la más grande humildad. Como pastor, estoy obligado por mandato divino, a dar la vida por quienes amo, que son todos los salvadoreños, aun por aquellos que vayan a asesinarme… El martirio es una gracia de Dios que no creo merecer. Pero si Dios acepta el sacrificio de mi vida, que mi sangre sea semilla de libertad y la señal de que la esperanza será pronto una realidad… Puede usted decir, si llegasen a matarme, que perdono y bendigo a quienes lo hagan”. Este fue su testamento, el propio de un cristiano.

Un romero es quien peregrina a Roma, como hicieron desde siempre los cristianos al corazón de la Iglesia. Se peregrina a las tumbas gloriosas de Pedro y Pablo, a las catacumbas de los mártires. El nuevo beato, Mons. Romero, es lugar de peregrinación en donde Dios ha triunfado como en los primeros cristianos. Su palabra última fue la del perdón. No un perdón mojigato y servil, sino el perdón que sabe urgir a la justicia y construye con misericordia los caminos de la reconciliación que nos hacen hijos ante Dios y entre nosotros hermanos.

Somos romeros con el nuevo beato Romero, como peregrinos de las bienaventuranzas con las que hacer un mundo nuevo, el que el Señor quiso, el que siempre nos reclama el Reino de Dios. Ruega por nosotros, buen hermano, Mons. Romero de El Salvador, mártir de Cristo. Daremos gracias por el nuevo Beato como Iglesia diocesana, el sábado próximo por la tarde en nuestra Catedral de Oviedo.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

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Escrito por Redacción

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