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Roman Vado Iterum Crucifigi

Una reflexión sobre la unidad de los cristianos.

Esta frase se recoge de una «leyenda dorada o Aurea» del siglo XIII, de un monje dominico y arzobispo de Genova,  Jacobo o  Santiago de Vorágine. Cuenta este autor que Pedro ante la preveniente e inminente persecución de los cristianos por parte de Nerón decide huir, salirse de Roma por la vía Appia. En el camino éste se encuentra con Jesús con la cruz a cuestas y le pregunta «Domine quo vadis» Señor, ¿dónde vas? y Cristo le contesta «Roman vado iterum crucifigi», «voy hacia Roma para ser crucificado de nuevo». Ante tal respuesta, Pedro entiende lo que el Señor le dice y avergonzado de su actitud, vuelve hacia Roma donde sufrirá la persecución siendo crucificado cabeza abajo.

Justo cuando comenzamos el octavario de la unidad de los cristianos, me resuena mucho esta conversación que lleva a tomar conciencia de la misión encomendada cada día. Pero, ¿qué unidad buscamos?

Me viene a la cabeza el discurso de Pablo sobre la unidad de los miembros del cuerpo comparándolo con el cuerpo místico donde dice  que «cuando un miembro del cuerpo sufre, todos los demás miembros sufren con él y cuando es felicitado, todos se felicitan con él».

Jesús el Señor, por su parte hablando de su misión a los discípulos los saca de sus casillas con esta frase «He venido a prender fuego en la tierra y ojalá que esté ardiendo…» y para colmo les dice «¿pensáis que he venido a traer la paz a la tierra? No, sino división» ¡Pobres discípulos, quedarían cuadrados no creyendo lo que acaban de oír! Y, les sonaría a cada dos por tres esta palabra división…división…división… ¿Cómo que división si la voz de los ángeles nos dicen al unísono, «paz, paz, paz a la tierra, porque hoy os ha nacido el salvador»?

Pero si…y seguían muchas preguntas sin respuestas y muchas preguntas sin hacer. Pero el Maestro seguía decidido «el padre estará contra el hijo y el hijo contra el padre, la suegra contra la nuera y…» y así seguiría la lista tremenda de acontecimientos todavía por venir. ¡Qué rollo! el de seguirte, pues… y ante la incomprensión les recordaría «quien quiera seguirme niéguese a sí mismo cargue con su cruz y me siga». Esta es la dicha del seguimiento. Una dicha que se vio cumplido con tu cuerpo colgado en la cruz abrasadora, su cuerpo escarnecido…y así quebrantó esa unidad aparente, falseada por los observadores de la ley.¡ Los adversarios se unieron, se pusieran de acuerdo sorprendentemente para eliminarle (a Cristo) precisamente porque hacia tambalear su falsa religión, su falso seguimiento!

Hermanos: Jesús, nuestro Señor vino a traer división ya que sus seguidores no tienen fronteras, ni idioma, ni armas, ni leyes para defenderlos de los ataques externos ni siquiera las disensiones internas. ¡Pues, vaya! cuando toda la persona humana lo que busca es seguridad, leyes y preceptos, ejércitos que lo protejan, que defiendan su autonomía…

Di que sí, cuándo la persona humana busca aparentemente la seguridad, en Belén, en una aldea apenas conocida nos nace una nueva VIDA y a partir de este momento la autonomía cristiana es Jesús, el Hijo de Dios vivo y nuestras fronteras son el amor desinteresado. Nuestra bandera, la paz que conduce hacia la unidad y nuestro escudo la fe. A partir de aquella noche sonora, Dios por medio de su Hijo, quebrantó la unidad falseada; su fuego devorador comenzó a quemar lo viejo, con todo su barniz  falseado; este fuego destructor comenzó a purificarnos como el oro en el crisol, este fuego empezó a fomentar nuestras vidas. Desde entonces hasta ahora no puede haber tranquilidad en el entorno cristiano, porque no nos da igual cualquier modo de vivir. Por eso tal vez siga habiendo persecuciones a aquellos que no quieren permanecer indiferentes ante el mensaje de Cristo.

La palabra del Señor no nos puede dejar igual hermanos, nos hace sentirnos extraños, a veces ni sabemos porque actuamos de tal forma. La unidad universal es un don, es una gracia. Me atrevería a decir incluso que es una invitación celestial que necesita una acogida responsable. Es una llamada que pide y necesita ser gestionado con una sabiduría superior a la del mundo, una sabiduría divina como la que pidió el rey Salomón para distinguir el bien del mal, la justicia y la injusticia, entre el amor y el desamor, entre lo humano y lo inhumano… Pero, ¡advierto! No para así crearnos barreras que nos dividan más sino para ayudarnos mutuamente romperlas. Encontrar caminos de acercamiento mutuo.

Dios se ha atrevido a ponerse en nuestras manos y por si fuera poco nos ha confiado también su proyecto, proyecto de unidad, de paz, de salvación…y nos ha dejado la responsabilidad de enterrarlo o de rentarlo. La opción empieza individualmente y camina hacia la fraternidad universal pasando por quien esté alrededor nuestro.

La unidad, que invocamos todos los cristianos comienza en nuestros corazones, en nuestro cuerpo. Si yo estoy dividido de ninguna manera voy a favorecer esa unidad. Pienso que es necesario procurar una vida armoniosa y respetuosa de tal forma que la persona o el grupo pueda ejercitar sus derechos, manifestar sus preferencias y disfrutar de sus libertades sin sentirse acongojado. Reconocer y aceptar que el otro sea distinto a mí, que se muestre como es. La unidad es pues un camino de muchos años, un proceso que conlleva la justicia y el respeto mutuo. Si yo no soy respetuoso no puedo esperar que haya unidad, precisamente porque el otro como es distinto a mí, no me importa. La unidad en imposible vivirla en clima de desprecios, de sentirse superman… no, no puede ser hermanos. La unidad la sostienen dos pies muy frágiles y a la vez con raíces muy profundas en el mundo que nos toca vivir: la justicia y el respeto. Cuando uno de estos pies cojea, se tambalea la unidad no solo a mi entorno, sino en el “mundo mundial”.

Consciente o inconscientemente, nuestro corazón, castillo de todos los sentimientos constantemente se inclina hacia el mal, en deseos maléficos. En él se hallan sentimientos de prepotencia, de violencia, deseo de arrebatar al otro  lo que le pertenece, el orgullo, la dichosa ansiedad por sobresalir y sorprendentemente en todas esta manifestaciones, se esconde la pretensión de grandeza, la necesidad de dominar, actitudes que corrompen y amenazan la unidad dentro de nosotros mismos y fuera de nosotros mismos.

Es posible que salgamos a las calles clamando por la unidad, pidiendo al Señor la unidad, y me pregunto ¿nosotros estamos unidos con nosotros mismos? ¿Me siento unido al pequeño grupo cristiano que pertenezco? ¿A la Iglesia, madre nuestra? ¿A mi familia? ¿Puedo expresar libremente, sinceramente de mis preferencias y  las que no lo son?

La unidad comienza ahí mismo donde me encuentro, en mi grupito, en mi fraternidad, en el trabajo…y hay que buscar tácticas de encontrarla de nuevo si se ha perdido en el bullicio y así el mundo entero hallará esa unidad que todos clamamos. No te vayas fuera de ti, comienza en ti mismo, en mí y cada día que el Señor nos recuerde que está dispuesto a volver a morir por ti y por mí. Que su cuerpo y su sangre celebrados en la eucaristía sea continuo recuerdo de su promesa con todos nosotros, «Roman vado iterum crucifigi».

 

Hna. Catalina Mª Inmaculada

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Escrito por La Voz desde la Clausura

La hermana Catalina María Inmaculada pertenece a la Orden de Hermanas Pobres de Santa Clara (Clarisas) y nació en Kenia en 1984. Actualmente reside en el Convento de Jesús a la Columna, Belálcazar - Córdoba (España)

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