in

Ramos y sangre. Por Manuel Romero, tor

imagesEstamos ante la puerta de Jerusalén. Hemos entrado y salido del desierto, subido y bajado a la montaña, quitado y puesto a Dios en el Templo, izado y arriado la cruz y caminado hacia atrás y hacia adelante. 

Y ya estamos ante la puerta de entrada con ropa y de estreno y de semana. Día de ramos y bendiciones, día de fiesta y de sangre. ¡Cuánta gente en la iglesia! ¡Cuántos ramos en la ciudad! Todo de color rojo y todos elegantes… Y sin embargo, el aire nos trae aroma de cirios, de incienso, de romero y de muerte.

Jesús no entra a la ciudad para dar esplendor al culto, sino para entregar la vida. No pasa por la puerta Hermosa con un buen coche, sino en un burro. Elige un animal sin importancia -el transporte de los pobres- para mostrar que su reino no nace con fama, poder o control. Elige lo sencillo para estar entre la gente. Elige los olivos y se arriesga a nuestros tambores.

Esta sociedad nuestra no sabe interpretar el fracaso del hombre como gloria; no descifra bien la entrega de Dios entre los “pasos” procesionales. Y si no, retrasa el reloj dos minutos… recuerda cómo durante la lectura del relato de la Pasión has sentido sorpresa, cansancio y aburrimiento; todo a la vez, mientras “de domingo” presencias la agonía de Cristo.

Este mundo nuestro no sabe hacer duelo por las víctimas y vivir la vida sin locura. Contamos noticias -como la del avión que se estrelló el martes- sin valorar los alcances y modificar el sentido. Es la vida misma: Mientras unos mueren, otros nacen; unos se entregan y otros se retraen…

Este corazón nuestro no soporta un inicio de fiestas con sangre. Y, sin embargo, es la vida misma: la de Cristo y la tuya. Y, aunque no lo entiendas, es la gloria. ¡No los rehúyas! Ni los ramos, ni la sangre.

Comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Cargando...

0

Comentarios

0 Comentarios

Escrito por Redacción

Pobreza: Francisco de Asís y Pedro Valdés

Domingo de Ramos. Por Jose A Pagola