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Quitar y poner. Por fray Manuel Romero, tor

Hemos dejado el desierto -con sus tentaciones- y la montaña -con sus revelaciones-, y entramos de lleno en el Templo de Jerusalén; en el ombligo de la religión judía. Y lo hacemos de la mano del evangelio de Juan, con un pasaje desconcertante.

Nuestra educación religiosa nos ha separado de la humanidad de Cristo y la ha revestido de un halo de “buenismo” que no cuadra con muchos pasajes del evangelio. Y menos con el de hoy, donde aparece Jesús enfadado de verdad -con motivo-, pero enfadado.

Comprueba, enardecido, cómo los sacerdotes y escribas han permitido que el comercio se adueñe del corazón del templo. El lugar de encuentro de Dios -por excelencia- se ha convertido en un mercado caro, al que no pueden acceder los pobres. Y eso lo conoce Jesús de primera mano: el día que José y María le presentaron en el templo pagaron la ofrenda más barata al no tener medios suficientes. El caso es que hoy cae en la cuenta de cómo se ha puesto precio a cada tradición y oración, y cómo la moneda se ha convertido en el dios al que rendir cuentas. Una minoría ha decidido poner en el templo a otro dios y ser ellos los gestores de lo sagrado.

En el libro del Éxodo se advierte: “No tendrás otros dioses frente a mí”; dioses ante los que postrarse y dar culto. Y eso está ocurriendo ante sus ojos; ¿qué no sucederá en sus corazones?

Jesús previno, en muchos momentos, a sus discípulos del poder que tiene el dinero para adueñarse del corazón humano y esclavizarlo. De su capacidad para romper toda esperanza, afincarnos en las cosas de aquí y cegarnos para no ver más que lo que se puede tocar y atesorar. Es la “esclavitud” de la que habla el relato del Éxodo y que rivaliza con el sometimiento de Israel en Egipto. Jesús nos hace descubrir que la verdadera esclavitud no está en las cadenas o las cárceles, sino en la que se fragua -en silencio-  dentro del corazón.

Todo eso se está propiciando en el templo de Jerusalén, en el lugar de la libertad y la adoración por excelencia. No les basta con adulterar a Dios y al hombre, sino que dan curso legal a la religión del dinero, de la prebenda y de la manipulación.

No nos extrañe que Jesús, viendo eso, se detuviera a buscar unos cordeles y a atarlos, y se lanzara contra todos los que estaban traficando allí. Les soltó los animales, les tiró las monedas y les volcó las mesas. Fue un ataque de celo en toda regla. Juan sólo nos describe sus actos; pero éstos son elocuentes del dolor y quebranto de corazón que le produjo aquella situación.

Nuestra educación religiosa nos lleva a interpretar este pasaje como una ofensa al templo de Dios como lugar sagrado. Y nos quedamos cortos porque ese templo de Dios también son sus hijos; comenzando por Jesús. Lo afirma Juan cuando dice que el Templo verdadero de Dios es el Cuerpo de Jesús. Cuando lo crucifiquen a las afueras de Jerusalén y bien lejos del templo de Salomón, su cuerpo será el reflejo de tantos hijos de Dios, apartados de su Padre, por sus mismos hermanos de religión.

Por eso, cuando Jesús resucite y nos envíe su Espíritu hará que todos, y cada uno de nosotro,s formemos parte de su Cuerpo. De tal manera que donde haya un hijo de Dios y un hermano del Maestro haya un Templo de Dios. Y donde se quite a Dios de en medio se acabe esclavizando a sus hijos.

En estos días de Cuaresma hemos de quitar las normas, prescripciones, tasas y sacrificios que separan a Dios de sus hijos. Y permitir que el Padre sea el único que habite en el centro de nuestro corazón y de nuestras vidas. Quitar para poner.

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