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Principios no negociables, politica y fe.

Principios no negociables: Giuseppe Angelini, director de la Facultad Teológica de Italia del Norte, en el número de “Teologia” que se acaba de publicar, ha dicho que es una  «expresión torpe». Por otra parte, en el número anterior de la misma revista, Antonio Lattuada había planteado una serie de observaciones críticas a la noción de principios no negociables, de las que se salvaba bien poco. Precedentemente, Giorgio Campanini, Luigi Alici, Antonio Maria Baggio, Giuseppe Savagnone habían demostrado su intolerancia ante esta doctrina enunciada por Benedicto XVI. Alguno de ellos había negado que existiera una doctrina de los principios no negociables, olvidando que ésta no es más que la tradicional noción de ley natural. Otros habían afirmado que como la política es el reino de lo relativo en ella no hay nada que no sea negociable, olvidando que la Nota Ratzinger del 2002 dice:  «No se puede negar que la política debe hacer también referencia a principios dotados de valor absoluto».

A pesar de todo esto, el pasado sábado 18 de abril tuvo lugar en Biella un importante congreso que llevaba el título: “Los principios no negociables, hoy”. Relatores: Stefano Fontana, Tommaso Scandroglio, Marisa Orecchia, el obispo Mons. Luigi Negri. Pero estos principios no negociables, ¿existen o no? ¿Tienen razón los teólogos de la Facultad milanesa cuando los consideran humo en los ojos o los organizadores de Biella que los consideran un baluarte que hay que defender a toda costa?

El hecho es que los principios no negociables se han convertido en piedra de escándalo, fuente de división, signo de contradicción dentro de la Iglesia. Y esto se debe al hecho de que se han convertido en la encrucijada de elecciones importantes sobre las que hoy, en la Iglesia, se habla dos lenguas distintas. La puesta en juego es muy alta. De ella depende la propia identidad de la Iglesia.

Los principios no negociables se refieren al orden de la creación, que está en relación orgánica con el orden de la redención y que a ella ya está orientado. El católico que en una junta municipal vota a favor de una ley que contempla el aborto, la eutanasia o el matrimonio homosexual rompe la continuidad entre orden de la creación y orden de la salvación. Niega que haya un orden de la creación – salvo quizá reafirmarlo en temas como la recogida selectiva de basura y el ahorro energético – en el que se injerta el orden de la salvación para purificarlo y elevarlo, pero sin contradecirlo. Al romper este vínculo se reduce la esencia de la catolicidad: la relación entre razón y fe, entre naturaleza y sobre naturaleza, entre naturaleza y gracia. Si se quita el orden de la creación, la resurrección de Cristo ya no se entiende como una re-creación y la salvación recorrerá otros caminos respecto a la construcción de lo humano en la comunidad de los hombres. Se explican así las distintas herejías reconducibles al gnosticismo o al pelagianismo, que rompen la relación entre orden de la creación y orden de la salvación.

La fe católica necesita el orden natural, sin el cual no hay naturaleza decaída a causa del pecado original ni exigencia del Salvador. Necesita el orden natural para poder hablar el lenguaje universal de todos los hombres. Necesita el orden natural para llamarse religio vera y religión “del rostro humano”. Sin esta relación, la fe católica se convierte en sentimiento, en experiencia y no en conocimiento, en opinión y no en verdad. Esto es lo que salvaguardan los principios no negociables.

Si se elimina la referencia a los principios no negociables se acelerará el proceso de protestantización de la Iglesia Católica. Lutero o Karl Barth anulan la naturaleza. Pero, de hecho, también el católico que niega los principios no negociables anula la naturaleza. Para la Reforma, la naturaleza está irremediablemente corrompida y el poder político es esencialmente el mal, obligado, como escribía Barth, a «hacer la guerra al mal mediante el mal». La politica es, de este modo, esencialmente “sucia”. El creyente no le pertenece en absoluto, pero debe someterse a ella: «¡Someteos! Es decir, ¡dejad que el Estado vaya por su camino y vosotros, como cristianos, id por el vuestro!». Son, de nuevo, palabras de Karl Barth. Los cristianos deben someterse «no por sumisión, sino por deprecio radical de lo existente». El resultado es, sin embargo, la sumisión y de hecho las sectas protestantes niegan, poco a poco, los principios no negociables, sometiéndose a la voluntad política dominante.

Por último, los principios no negociables son signo de contradicción entre una visión metafísica de la realidad y una hermenéutica. Está en juego la posibilidad para la razón de conocer algo que es metahistórico o bien de permanecer vinculada dentro de una interpretación de interpretaciones siempre históricamente limitadas. Desde este punto de vista, abandonarlos significa arrinconar la Fides et Ratio de Juan Pablo II, y no solo.

He indicado tres puntos de la cumbre donde se sitúan los principios no negociables. Es difícil estar en el medio, o aquí o allá. La Iglesia vive, hoy, esta fatiga.

Stefano Fontana

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Escrito por Redacción

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