Maria-Isabel-270x300Ciento cincuenta kilómetros separan el pueblo de Isabel de Nazaret. Una distancia larga y un tiempo suficiente para saborear las palabras del ángel. Un discernimiento en camino.

En camino se puso Abrahán, Moisés, David y tantos otros para situar las promesas de Dios en su lugar. María se pone en camino hacia la casa de Zacarías y al llegar saluda. Y le responden Isabel y Juan -desde el vientre de su madre- porque creer en las palabras del arcángel. Zacarías está mudo por la desconfianza.

El abrazo fue largo. Isabel y María, Juan y Jesús. Dos mujeres, dos promesas, dos testamentos… unidas por el amor hecho carne en sus entrañas. Y ahí actuó el Espíritu:  en Isabel para reconocer -en su prima- el poder de Dios y en María para darse cuenta -en su prima- la misericordia de Dios.

Sucede la escena porque María tuvo que ponerse en camino, salir de su mundo, de su casa, de sus problemas y buscar con quién compartir su esperanza. ¿Por qué vivimos la fe tan solos? ¿Por qué de manera tan íntima? La fe que no se comparte se muere. Pero cuando se pone en común se alimenta, deja el plano de la proyección y se hace carne; como la promesa de Dios.

¿Por qué nos da miedo compartir la fe? Contar lo que Dios nos concede y lo que nos permite es darle gloria, reconocer su misericordia y decir a los cuatro vientos que Dios está vivo. María lo gritaría después; en esa oración del Magníficat tan bella.

La visita de María a Isabel me invita a arriesgarme a salir de mis costumbres para encontrar al otro. Me lleva a atravesar las montañas de la presunción que me hacen creer que mi modelo de pensamiento es el único posible.

La Visitación nos sugiere a los religiosos apertura y la disposición para el encuentro, el interés por lo que viven los demás, por sus ideas y sus dificultades. Y por eso, una comunidad pequeña, familiar, está más abierta a salir, ver y acoger al que llega -lleno de Dios- por el camino.

Via LCDLP