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Perfecta alegria.

“Súbete a un alto monte, alegre mensajero para Jerusalén, clama sin miedo. Di a las ciudades de Judá: «Ahí está tu Dios. » “ (cf Is 40, 9)

 

Aproximadamente  a la una de la madrugada, el viernes, vino a buscarme Yanina, una amiga. Nos conocimos la Universidad Católica hace unos años. Nos reconocimos en un ambiente que parecía mirarnos de reojo. Es una persona sencilla, cercana, franca.

Su familia me recibe siempre con mucha generosidad. Especialmente en Navidad.

¡Yo suelo darle mucho trabajo a mis amigos! Mi riqueza consiste en que ellos son toda mi familia. Y estoy enferma. Así que, Laura, por ejemplo, cada vez que la llamo me pregunta: “¿Qué te pasó?”. Y cuando escucha mis risas, recién ahí, empieza la charla fraterna.
Yanina me vino a buscar porque me descompuse. Dejo a Agustín, su hijo, con su hermana. Y sin mucha interpretación teológica me asistió como Samaritana. Hice la mochila y fuimos a su casa. Vive con su familia en Ciudad Oculta.
Toda la familia se había enterado y estaban esperándome, preocupados. Carolina, la hermana, preparo un cuarto. ¡¿Pueden creer que a las dos y media de la madrugada tendiera una cama y me esperara?!

Pues sí, la generosidad no se mide. Por acá se dá de lo que hay.

Entre la noche me puse a pensar: Todos vienen a “misionar” a la villa. Vienen a traer lo que ellos piensan que falta; los políticos, la sociedad, las distintas confesiones. Ciertamente existen carencias, pero esta columna habla de riquezas.  De lo que vale de verdad.

Contrario a la postura de casi todos.  Que van con la seguridad de no ser parte y de que los villeros necesitan lo que ellos llevan.
Me sé más pobre que ellos. Necesito no tanto de lo que tienen, sino de quienes son.
No tengo familia, ni casa, ni auto, ni títulos, ni apellidos. Para los parámetros de esta sociedad se podría afirmar que no soy exitosa.

Lo único que tengo es a Cristo. Mi Esperanza. (No quiero más.)
Y amigos!
Que es amor de gratuidad.

…Me quede en su casa. Y me recupere con su familia.
Los quiero y me quieren.
Es sencillo.
No somos perfectos.
Pero hay algo más grande que todas las dificultades.

Jesús se hace presente.

Yo no salvo a nadie. Somos comunidad. Nos salvamos juntos en el Camino.

¿Me explico?

Subir a ver Esperanza Treparse a los techos a ver horizontes infinitos! Subir Tener sed de Esperanza! Como cuando era niña  y Te intuía en el atardecer.  Aun sin nombres. Danos un corazón bueno!  Esperanza. Nazareth.
Subir a ver Esperanza
Treparse a los techos a ver horizontes infinitos!
Subir
Tener sed de Esperanza!
Como cuando era niña
y Te intuía en el atardecer.
Aun sin nombres.
Danos un corazón bueno!
Esperanza.
Nazareth.

Sólo un pobre recibe de un pobre. Y estoy hablando de la riqueza que significa tener el corazón disponible para recibir del otro. Para recibir al otro. Al Otro.

Mientras pensaba esto mire por la ventana. Ahí lo vi: el esqueleto de un hospital que nunca se terminó de construir. Siempre me quise subir al techo del “Elefante Blanco” como se lo conoce…

A contemplar a la gente que vive aquí, que sueña aquí, que espera aquí, que cree aquí. ¡Aquí hay personas!  ¡Quítense el velo todos los que no quieren ver!
Se dice en sociología que existe todo lo que tiene nombre. Y que alguien nos nombro alguna vez todo el mundo.

¿Quién nombró a la oculta a los pobres? ¡Esta ciudad está viva! Como aquella en que creció el Amigo de los hombres y de la que nadie esperaba nada bueno.

Yo me paro en los techos de las capitales a gritarles a los auto satisfechos, a los indiferentes, a los adormecidos, a los consumidos por el tener: Abrí los ojos, el corazón!

Aquí está tu hermano

Aquí está tu Dios

Por Daniela Pelussi 

 

Nota: Daniela es una joven franciscana de Argentina que peregrina entre la JUFRA y la OFS.

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Escrito por Redacción

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