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Papa Francisco: Los recelos y prejuicios se oponen al acoger al extranjero necesitado

Bajo el lema «Una Iglesia sin fronteras, madre de todos», la Iglesia celebra la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado el 18 de enero

Por Rocío Lancho García

CIUDAD DEL VATICANO, 23 de septiembre de 2014 (Zenit.org) – El santo padre Francisco cree que «a la globalización del fenómeno migratorio hay que responder con la globalización de la caridad y de la cooperación» e «intensificar los esfuerzos para crear las condiciones adecuadas para garantizar una progresiva disminución de las razones que llevan a pueblos enteros a dejar su patria a causa de guerras y carestías, que a menudo se concatenan unas a otras».

Y es que la solicitud especial de Jesús por los más vulnerables y excluidos «nos invita a todos a cuidar a las personas más frágiles y a reconocer su rostro sufriente, sobre todo en las víctimas de las nuevas formas de pobreza y esclavitud». De este modo, el santo padre Francisco comienza su Mensaje para la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, que la Iglesia celebra el 18 de enero de 2015. El lema de este año es «Una Iglesia sin fronteras, madre de todos».  

En efecto, recuerda el Papa, «la Iglesia abre sus brazos para acoger a todos los pueblos, sin discriminaciones y sin límites, y para anunciar a todos que Dios es amor». Además, recuerda que la Iglesia, desde el comienzo, «es madre con el corazón abierto al mundo entero, sin fronteras». De hecho, «desde los primeros siglos el anuncio misionero hizo visible la maternidad universal de la Iglesia»

Francisco recuerda en el Mensaje que en una época de tan vastas migraciones, «un gran número de personas deja sus lugares de origen y emprende el arriesgado viaje de la esperanza, con el equipaje lleno de deseos y de temores, a la búsqueda de condiciones de vida más humanas». No es extraño, sin embargo, «que estos movimientos migratorios susciten desconfianza y rechazo, también en las comunidades eclesiales, antes incluso de conocer las circunstancias de persecución o de miseria de las personas afectadas». Pero, el Santo Padre advierte que «esos recelos y prejuicios se oponen al mandamiento bíblico de acoger con respeto y solidaridad al extranjero necesitado».
A propósito, señala que «la fuerza de la fe, de la esperanza y de la caridad permite reducir las distancias que nos separan de los dramas humanos». Y es que «Jesucristo espera siempre que lo reconozcamos en los emigrantes y en los desplazados, en los refugiados y en los exiliados, y asimismo nos llama a compartir nuestros recursos, y en ocasiones a renunciar a nuestro bienestar».

Por otro lado, el Pontífice recuerda que «el carácter multicultural de las sociedades actuales invita a la Iglesia a asumir nuevos compromisos de solidaridad, de comunión y de evangelización». Y para conseguir una convivencia armónica entre las personas y las culturas, «no basta la simple tolerancia, que hace posible el respeto de la diversidad y da paso a diversas formas de solidaridad entre las personas de procedencias y culturas diferentes».

Recordando las palabras del papa emérito en Caritas in veritate,  Francisco señala que las migraciones interpelan a todos, no sólo por las dimensiones del fenómeno, sino también «por los problemas sociales, económicos, políticos, culturales y religiosos que suscita, y por los dramáticos desafíos que plantea a las comunidades nacionales y a la comunidad internacional».

Francisco indica que  «es necesaria una acción más eficaz e incisiva, que se sirva de una red universal de colaboración, fundada en la protección de la dignidad y centralidad de la persona humana». De este modo, reconoce el Papa, «será más efectiva la lucha contra el tráfico vergonzoso y delictivo de seres humanos, contra la vulneración de los derechos fundamentales, contra cualquier forma de violencia, vejación y esclavitud».

Finalmente, el Santo Padre subraya que «a la solidaridad con los emigrantes y los refugiados es preciso añadir la voluntad y la creatividad necesarias para desarrollar mundialmente un orden económico-financiero más justo y equitativo, junto con un mayor compromiso por la paz, condición indispensable para un auténtico progreso».  Y también a ellos, a los protagonistas, a los emigrantes  y refugiados, Francisco dedica unas últimas palabras en el Mensaje «ocupáis un lugar especial en el corazón de la Iglesia, y la ayudáis a tener un corazón más grande para manifestar su maternidad con la entera familia humana. No perdáis la confianza ni la esperanza».

 

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