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Papa Francisco: La vida social de América se forjo en la parroquia. 2/5

B87KJK La parroquia church Park Tlacotalpan Mexico Central South America Latin America. Image shot 2008. Exact date unknown.

Continuamos con la entrega de este texto del Papa Francisco sobre la Parroquia y la Familia.

 

Centralidad de la parroquia

Cuando Puebla destaca “el gran sentido de familia” que tienen nuestros pueblos, o cuando Santo Domingo nos dice que “La parroquia, comunidad de comunidades y movimientos, acoge las angustias y esperanzas de los hombres, anima y orienta la comunión, participación y misión”, y que “La parroquia no es principalmente una estructura, un territorio, un edificio”, ella es «la familia de Dios, como una fraternidad animada por el Espíritu de unidad, no están hablando de una familia y una parroquia abstractas, sino de la familia y la parroquia latinoamericanas en las que está sembrada la fe en Jesucristo y desde estos centros sigue iluminando y dando vida.

La centralidad de la parroquia, como lugar privilegiado de comunión y participación, tiene, en América Latina, una característica histórica especialísima. La vida social misma de nuestro continente se fue gestando “parroquialmente”. Con la parroquia que centra la ciudad recién fundada o conquistada y con la parroquia que crea la ciudad misma allí donde no había centro alguno. Cuando San Roque González de Santa Cruz se adentra en la selva misionera para ir congregando a las tribus dispersas de indios cuenta lo siguiente: “lo que fue de mucha admiración es que los Indios levantaron una cruz delante de la iglesia (pequeñísima choza de barro que hicieron los misioneros con sus manos); y habiéndoles dicho la razón por que los cristianos la adoramos, nosotros y ellos la adoramos todos de rodillas; y aunque es la última que hay en estas partes, espero en nuestro Señor que ha de ser principio de que se levanten otras muchas.

La gestación política y económica de América Latina fue dramática y tuvo sus luces y sombras, como dice Puebla. Hubo poblamiento y mestizaje pacíficos y conquista y dominación con diversos grados de violencia. Sin embargo, en ese gesto “parroquial” que describe San Roque, en que los indios mismos plantan la Cruz frente a la capilla y todos, indios y misioneros, se arrodillan para adorarla juntos, está sembrada y acogida la semilla de la fe en torno a la cual se centra la vida espiritual de América latina y de los pueblos del Caribe. El centro espacial y temporal en torno al cual se comienzan a gestar los pueblos y ciudades es la Cruz, no el monolito del dominador; es la capilla, antes o al mismo tiempo que el cabildo y, por supuesto, mucho antes que los bancos. Así, la historia del pueblo de Dios en nuestras tierras se ha ido tejiendo y gestando en torno a la parroquia, ese centro espiritual que ponía a todos sus hijos como iguales ante el Padre Dios. El nombre de cada uno de nuestros pueblos y ciudades, aunque luego vaya cambiando y perdiendo partes, se esconde en las capillas e iglesias dedicadas al Señor, a nuestra Señora y a los santos patronos tutelares de cada lugar.

La estrecha relación inicial entre las familias y la parroquia sigue estando presente en los pueblos pequeños del interior de nuestros países, y también en el imaginario del pueblo fiel de Dios que muchas veces, en las grandes ciudades que han crecido sin planificación, el único centro visible suele ser la capilla parroquial. Nuestros grandes santuarios, son, innegablemente, centros espacio-temporales donde nuestro pueblo fiel se aúna y se recentra una vez al año en cada peregrinación y cada familia en sus tiempos fuertes particulares.

Así como la familia es el espacio cultural-natural abierto a la fe, la parroquia -de manera particular en América latina y el Caribe- es un espacio cultural-histórico abierto a la fe. Creo que la pastoral de los santuarios –con su acogida y apertura a todos, con la gratuidad y facilitación de los sacramentos, con el clima de fiesta y de hermandad que reina en ellos- tienen mucho que enseñar a cada parroquia, que no debe entrar en competencia con otros tipos de movimientos y de comunidades sino buscar ser el espacio común para todos. Esto implica despojo y actitud de servicio y de siembra, más allá de todo deseo de control.

Frutos de contemplar esta centralidad

¿Por qué nos hace bien contemplar la familia y la parroquia en su centralidad? Porque, como decíamos, la centralidad de la familia y de la parroquia –especialmente en nuestras tierras-  es una centralidad concreta, histórica, situada, una centralidad común que le ha abierto espacio a la gracia y ha gestado una cultura evangelizada y una manera de vivir el evangelio inculturada. Estas instituciones aseguran a nuestros pueblos un lugar de promoción y servicio que otras instituciones no pueden cuidar[.  La centralidad hace a la cultura y nuestra fe es una fe que se incultura. Y para inculturarse bien y profundamente, la fe entra en comunión con esos centros en los que la cultura se gesta, se alimenta, se inculca en los corazones y se vuelve instituciones. Por ello, para ser lo que son, verdaderos “centros” de comunión y participación, la familia y la parroquia deben cuidar y cultivar las gracias constitutivas que reciben constantemente de la propia naturaleza y del Espíritu. Quisiera destacar dos gracias –entre tantísimas como da el Señor- que encuentran un lugar insustituible en la familia y la parroquia. Una hace a la verdad y la otra al amor.

 

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Escrito por Redacción

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