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Papa Francisco: La familia es el lugar donde se afianzan los valores. 4/5

Cuarta parte sobre la visión del Papa Francisco de la Parroquia y la Familia.

 

Centrarnos en la persona en su dimensión comunitaria

Hace un año, en una charla en Alemania, el Cardenal Errázuriz decía que el centro de la Conferencia General no era, “en primer lugar, un gran programa: la nueva Evangelización, la cultura cristiana o la promoción humana”. Sino que:

“Esta Conferencia General se centra en aquella persona bautizada que va a gestar la cultura cristiana, que va a ser evangelizadora y que va a promover a sus hermanos, sobre todo a los más marginales.  Es una nueva perspectiva en la línea de la educación de la fe. Se trata de ser y formar discípulos y misioneros de Jesucristo.

Quisiera situar esta persona, a este “Discípulo y misionero de Jesucristo”, que deseamos que salga a evangelizar “para que nuestros pueblos en Él tengan vida”, dentro del marco que nos sugería Juan Pablo II al inicio de Santo Domingo:

Al preocupante fenómeno de las sectas hay que responder con una acción pastoral que ponga en el centro de todo a la persona, su dimensión comunitaria y su anhelo de una relación personal con Dios. Es un hecho que allí donde la presencia de la Iglesia es dinámica, como es el caso de las parroquias en las que se imparte una asidua formación en la Palabra de Dios, donde existe una liturgia activa y participada, una sólida piedad mariana, una efectiva solidaridad en el campo social, una marcada solicitud pastoral por la familia, los jóvenes y los enfermos, vemos que las sectas o los movimientos para-religiosos no logran instalarse o avanzar.

Es inspirador el remedio que discierne el Papa contra la acción disolvente de las sectas: poner en el centro de todo a la persona en su dimensión comunitaria y de apertura a lo trascendente. Por eso es que vemos el remedio que propone Juan Pablo II no sólo como apropiado contra las sectas sino también para hacer frente a un aspecto de la globalización que tiende a disolver valores e instituciones intermedias para tratar a las personas como individuos aislados, más fáciles de manipular, tanto para el consumo como para la política clientelista. Contra este peligro, la parroquia y la familia son ámbitos comunitarios privilegiados de la relación entre persona, cultura y fe.

Centrarnos en nuestros núcleos culturales

Frente a la “crisis cultural de proporciones insospechadas” en la que vivimos, frente al quiebre de la relación entre valores evangélicos y cultura, Juan Pablo II nos ilumina apuntando a una evangelización que vaya a los núcleos culturales:

En nuestros días se hace necesario un esfuerzo y un tacto especial para inculturar el mensaje de Jesús, de tal manera que los valores cristianos puedan transformar los diversos núcleos culturales, purificándolos, si fuera necesario, y haciendo posible el afianzamiento de una cultura cristiana que renueve, amplíe y unifique los valores históricos pasados y presentes, para responder así en modo adecuado a los desafíos de nuestro tiempo (cfr. Redemptoris missio, 52).

Seguidamente Juan Pablo II explicita esto de llegar a los núcleos culturales mostrando que la evangelización de la cultura no tiene nada de adaptación meramente externa, sino que va a lo profundo, allí donde se gestan los procesos culturales de los pueblos, a su mentalidad honda y arraigada[. Y esta mentalidad necesita un espacio más amplio y más duradero que el que puede proporcionarle cada conciencia individual. De ahí la importancia de la familia y la parroquia: ámbitos donde los “valores históricos y presentes de nuestra cultura y de nuestra fe pueden afianzarse, renovarse, ampliarse y unificarse.

Circularidad de nuestra cultura

Es que el centro es un constitutivo hondo de nuestra cultura latinoamericana, marcadamente “circular”. Ayuda tener esto en cuenta para poder pensar bien muchas cosas que no se entienden desde una concepción racionalista lineal, que considera el progreso como abandono del centro, como surgimiento de cosas nuevas que nada tienen que ver con las antiguas. Esta mentalidad se hace patente en el fastidio con que algunos sienten que “no avanzamos”, que “el pasado vuelve, con sus fantasmas y malas costumbres antiguas” (como si las nuevas fueran a ser mejores por el solo hecho de ser nuevas). La cultura y la fe latinoamericanas se han gestado y están profundamente centradas en torno a centros concretos de “comunión y participación”: centros espaciales, como los santuarios, centros temporales, como son las grandes fiestas en los que la comunión y la participación alcanzan su mayor esplendor. Nuestro pueblo avanza y peregrina en el tiempo y la geografía en torno a estos centros grandes, mientras que “habita” los centros más pequeños como son la familia y la parroquia. De allí que cuidarlas, promoverlas, reflexionar sobre su sentido y valorar las gracias de estos centros, equivalga a cuidar, promover y valorar nuestra cultura y nuestra fe mismas en cuanto tales.

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Escrito por Redacción

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