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De oídas. Por Manuel Romero, tor

Un testigo de oídas es aquel que no ofrece garantías en un juicio por poseer información de segunda o tercera mano. No es digno de crédito. La primera pregunta que hace Jesús a los que le siguen manifiesta la necesidad de saber con quién se juega la vida.

– ¿Quién dice la gente que soy? Decir cosas de Cristo es relativamente fácil. Repetir lo que otros cuentan no aumenta el conocimiento ni provoca la vinculación a Jesús. ¡Anda que no repetimos fórmulas e ideas aprendidas desde el parvulario! Ideas arraigadas porque no hemos provocado otras. Palabras que manifiestan nuestro desinterés por lo de Dios… llegando a considerar la opinión del último que diga que “Dios es un significante en disputa” y no una persona que se entrega por amor. Respuestas que manifiestan poco interés en lo de Dios.

Aquellos discípulos si estaban interesados. Habían dejado la seguridad de su vida para andar por los caminos con el Maestro de Galilea. Al menos eran más valientes que nosotros. Sus respuestas, no obstante, reflejan su poca preparación.

– “Unos que Juan el Bautista”. Respuesta que hace comprobar que ni se conoce ni a Cristo ni a Juan. Ni a uno ni a otro, pero opinan. Como nosotros cuando hablamos de lo divino y lo humano en la puerta de la casa, en la barra del bar, en la esquina de enfrente o en el gimnasio..  Hablar por hablar. Y, a veces, mal.

– “Otros que Elías”. Contestaciones de otros, aprendidas en los libros de religión o apuntadas en el cuaderno de la catequesis de comunión. Basadas en historias geniales: de Sansón, de Moisés, de Jonás… que manifiestan una relativa buena cultura general. Pero eso, historias pasadas.

– “Otros, que ha vuelto a la vida uno de los antiguos profetas”. Sentencia de los que buscan a Dios en lo extraordinario y lo milagroso. De los que confunden a Dios con los hombres para sobrellevar la vida con una religión a su manera.

 Todas esas respuestas están bien, pero son externas. No sirven para vivir la vida con sentido. Muestran nuestra distancia con respecto a Jesús y su desconocimiento. Y distancia y desconocimiento se llevan mal con la fe.

A Jesús le interesa saber con qué grado de confianza cuenta… qué piensan los que le siguen. –”Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” Y hubo silencio. Es cierto que a Pedro se le calienta la boca para proferir una frase hecha y aprendida. ¡Alguno había de hacerlo! Como ocurre en nuestras conversaciones, cuando -en un momento dado- se nos recuerda lo sensato y lo ortodoxo. ¡Ahora, eso tampoco llevó a Pedro a aceptar a Jesús!

La pregunta -lanzada a tu comunidad- sigue estando abierta. ¡Ahora! Como no busques a Cristo por él mismo y de corazón, no podrás decir nada con sentido y con sustancia. Como no le aceptemos como es y con su cruz, no estaremos en disposición de seguirle. Como no leamos y escuchemos para hablar de él, crearemos más confusión que testimonio. ¿Seguiremos opinando de oídas?

Via LCDLP

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Escrito por Redacción

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