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Nosotros hablamos y ellos mueren.

Captura de pantalla 2015-04-21 a las 14.06.47La noticia pasa rauda, entre tantas otras, ochocientas personas mueren en el mar intentando llegar a Italia. Luego sigue otra, sobre economía y antes otra de corrupción política. No es casual. El Mediterráneo, el mismo que suele estar lleno de cruceros y yates de lujo, se ha convertido en un gran cementerio de gente, personas, con sus historias, sus familias, sus amigos, sus ilusiones.

Hermanos que, en palabras del Papa, solo «buscaban la felicidad». La felicidad que creen que tenemos en Europa. Esa felicidad que los intereses de los poderosos de la tierra le han arrebatado. Esa felicidad que nosotros desperdiciamos.

Pensaba ayer que el mayor atentado terrorista en la historia de Europa, el 11M, se saldo con casi 200 vidas. Hoy, 10 años después, seguimos recordándolo. Hemos creado monumentos y cada año se realizan diversos actos de conmemoración. Pero de estos 800 seres humanos nadie se acordara dentro de unas semanas. Nadie hará un monumento en Sicilia para recordarlos.

No habrá en las grandes capitales marchas con el lema «Je suis….»

Parece absurdo que el Papa tenga que recordarnos que «son hombres y mujeres como nosotros, hermanos… hambrientos, perseguidos, heridos, explotados, víctimas de guerras, que buscan una vida mejor. Buscaban la felicidad»

Parece absurdo que en estos tiempos de inmensos avances tecnológicos, médicos y económicos, la gente siga muriendo como muere, como animales, como elementos descartables, mientras nosotros solo hablamos. Nosotros hablamos y ellos mueren. Los políticos hablan y la gente sigue muriendo. Los obispos hablan y la gente sigue muriendo.

El problema es que para frenar esto no sirven las palabras. Hay que derribar el edificio que hemos construido sobre los hombros de los mas débiles, el edificio de falso confort hecho con la sangre de los inocentes y, probablemente, no estemos dispuestos a renunciar a nuestras comodidades y falsas felicidades para que todos seamos uno, para que todos seamos iguales.

Alguien me dijo hoy que había que solucionar el problema en esos países para que no tuviesen que salir de allí…

–No hay que darles el pescado. Hay que enseñarles a pescar…

Y la respuesta, por ser claros, seria:

–Pues suelta el río, cabrón.

 

Paz y Bien!

Gabriel López Santamaría

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Escrito por Redacción

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