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«Necesitamos romper con la ideología y dar la palabra al Evangelio»

«La reforma, siempre necesaria, siempre pedida, no se podrá hacer si no es junto a los pobres» Santiago Agrelo, ofm

(Jesús Bastante).- Las cosas están cambiando. Y mucho. Hacía décadas que un obispo español en ejercicio no participaba en el Congreso de la Asociación de Teólogos y Teólogas «Juan XXIII», y hoy sucedió. Un auditorio emocionado, en cierto modo reconocido al fin como parte de esta Iglesia que quiere seguir siendo «partera» de la primavera, escuchó la larga carta, «una confesión», enviada por el arzobispo de Tánger, el franciscano Santiago Agrelo. Un texto emocionante y emocionado que se unió al de otro profeta, también obispo, Pedro Casaldáliga.

En su mensaje («la forma es la de una carta, pero el fondo es el de una confesión»), Agrelo confiesa que «me movía el deseo -arriesgado- de dejarme ver -obispo en un Congreso de la Asociación Juan XXIII«. «Estar ahí, sólo eso, hubiera sido un mensaje elocuente, sugerente, eficaz».

«Quería estar ahí porque entiendo que todos somos del Señor, que trabajamos todos por el Reino de Dios, y que todos amamos a Cristo», añade la carta, que incide que «para mí, estar entre vosotros hubiese significado romper con la ideología y dar la palabra al evangelio, a Cristo Jesús».

«Podemos caminar juntos, podemos buscar juntos«, añadió el arzobispo de Tánger, quien subraya que la «tarea urgente de la renovación eclesial». «Hacerme presente en el Congreso, era un modo de decir que contaba con vosotros para recorrer mi camino«.

«La reforma de la Iglesia, siempre necesaria, siempre buscada, siempre pedida, no se podrá hacer si no es junto a los pobres, si no es con los pobres, si no es en humildad y pobreza, si no es recorriendo el camino del que, siendo rico, se hizo pobre por nosotros para enriquecernos con su pobreza», apunta el prelado.

Por su parte, Casaldáliga animó a los participantes a «continuar con lucidez y serenidad, con libertad de espíritu haciendo Congreso del cada día». «El Congreso es una buena ocasión para confirmar nuestra opción por los pobres en una dimensión comunitaria. Nos congrega a proseguir como Iglesia, con espíritu ecuménico y macro-ecuménico. Nos provoca a la misión de ser portadores de esperanza», subraya.

Tras los saludos, la teóloga Margarita Pintos fue la encargada de presentar el XXIV Congreso, subrayando que «si hoy se percibe alguna reforma en el Papado, no nos quepa duda que es por el trabajo de todas estas personas que nos han precedido y también por el nuestro«.

«La reforma de la iglesia no se puede quedar en el ámbito eclesial, sino que tiene que traducirse en la esfera pública -política, social económica- lo que exige cuestionar el modelo económico liberal y apoyar alternativas que plantean los movimientos sociales y los Foros Mundiales», añadió Pintos, quien insistió en que «nuestra comunidad es el fundamento de la iglesia en la que creemos y que las reformas las hemos empezado desde abajo y por eso empezamos a ver algunos frutos. Una reforma que tiene que ser paritaria».

Ésta es la carta de Agrelo al Congreso de Teología

Tánger, 26 de agosto de 2014
A mi hermano Juan José Tamayo,
Secretario general de la Asociación de Teólogos y Teólogas Juan XXIII.

Querido Juan José: Paz y Bien.
En su día me invitaste a participar en el XXXIV Congreso de la Asociación. El tema, «La reforma de la Iglesia desde la opción por los pobres», resultaba apasionante; pero la agenda no entiende de pasiones y la participación no fue posible. Te prometí entonces hacerme presente entre vosotros de otra manera; y eso es lo que ahora intento cumplir.

La forma es la de una carta, pero el fondo es el de una confesión.

Más que el tema -apasionante-, me movía el deseo -arriesgado- de dejarme ver -obispo- en un Congreso de la Asociación Juan XXIII. Aunque nada entendiese de lo que ahí se exponga, aunque en mi ignorancia nada tuviese que aportar a la reflexión teológica, estar con vosotros, sólo eso, hubiera sido un mensaje elocuente, sugerente, eficaz.

Quería estar ahí porque entiendo que todos somos del Señor, que trabajamos todos por el Reino de Dios, y que todos amamos a Cristo en su palabra, en su eucaristía, en su Iglesia, en sus pobres.

Estoy convencido de que nadie en la Iglesia ignora la verdad expresada en el dicho: «Ecclesia semper reformanda». Y no creo que a nadie se le oculte cuánto sea urgente la tarea de una renovación eclesial. Temo, sin embargo, que, antes de comenzar siquiera el necesario proceso de reforma, unos y otros, desde dentro, podemos abortarlo con las tenazas implacables de nuestras ideologías.

Para mí, estar entre vosotros hubiese significado romper con la ideología y dar la palabra al evangelio, a Cristo Jesús, al Señor de nuestras vidas. Estar ahí era una opción de vida -lo digo con pudor-, era obediencia a la palabra del Señor: quería sencillamente significar que nos amamos unos a otros como él nos ha amado y nos ha mandado.

Desde esa línea de salida, podemos caminar juntos, podemos buscar juntos… Me pregunto, sin embargo, si no nos hemos negado a caminar, si, atrapados en la violencia de nuestras certezas, no hemos menospreciado la sencillez humilde y pacífica de la búsqueda. Para mí, hacerme presente en el Congreso, era un modo de decir que contaba con vosotros para recorrer mi camino.

Intuyo que la reforma de la Iglesia no vendrá de la reflexión teológica, aunque ésta sea necesaria, ni de la programación pastoral, aunque sea ambiciosa; la reforma vendrá sobre todo de la vida de las comunidades eclesiales, de su eucaristía y de su compromiso con los pobres.

Cada vez que la comunidad se reúne para la celebración y los fieles abren las puertas de la propia vida a la gracia del evangelio, puede que lo sepan, puede que no, pero están poniendo esa vida en manos del Espíritu para ser congregados en la unidad, para ser de Cristo, para hacerse Cristo, para formar en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu; puede que lo sepan y puede que no, pero siempre serán Iglesia en transformación.

No me voy a acusar de haber actuado con mala voluntad a lo largo de mi vida, pero constato que, no obstante los buenos deseos y los muchos esfuerzos, la eucaristía diaria en la que he participado desde que a los once años entré en el seminario -ahora voy para setenta y dos- no habría hecho de mí un aprendiz de Cristo si pobrezas y pobres no hubiesen sacudido mi conciencia con la fuerza de su dolor.

A lo largo de la vida, el Señor me llevó entre ellos con el mismo amor con que me llevaba a la eucaristía. Y junto a los pobres, con ellos, el Espíritu de Dios ha ido trabajando esta arcilla hasta darle un aire con Cristo.

Con lo cual ya dejo dicho, hermano mío, que la reforma de la Iglesia, siempre necesaria, siempre buscada, siempre pedida, no se podrá hacer si no es junto a los pobres, si no es con los pobres, si no es en humildad y pobreza, si no es recorriendo el camino del que, siendo rico, se hizo pobre por nosotros para enriquecernos con su pobreza.

Una y otra vez necesito recordar el pasaje que Jesús leyó en la sinagoga de Nazaret: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor». Aquel día, cuando Jesús dijo: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír», el mundo se estremeció de esperanza. Se me ha dado un evangelio para los pobres; si olvidase a los pobres, no sabría qué hacer con el evangelio. Se me ha dado un evangelio de luz para los ciegos; si me olvidase de los ciegos, olvidaría también que el evangelio es luz. Se me ha dado un evangelio de libertad para los oprimidos; si me olvido de los oprimidos, olvidaré que el evangelio es libertad. Se me ha dado un evangelio de gracia para los pecadores; si me olvido de los pecadores, olvidaré que el evangelio es gracia. Y yo necesito recordarlo, para saber quién está sobre ti y sobre mí porque nos ha ungido, quién nos ha enviado, a quién hemos sido enviados.

Os deseo, hermano Juan José, un sereno, esperanzado, confiado, apasionado y humilde trabajo. Lo harán portador de esperanza el amor a la Iglesia y a los pobres. Os acompañará en vuestro trabajo mi cariño y mi oración.

Tu hermano menor,
Fr. Santiago Agrelo Martínez
Arzobispo de Tánger

 

Y éste, el mensaje de Pedro Casaldáliga:

Querido Juan José,
envío este pequeño mensaje con un abrazo de solidaridad en las causas del Reino. Continuad con lucidez y serenidad, con libertad de espíritu haciendo Congreso del cada día.

Pedro Casaldàliga

Un Congreso de Teología que merezca ese nombre solo puede ser un compromiso renovado de actuación evangélica en las causas de los pobres. Ellos juzgan en primera y en última instancia la verdad de nuestra praxis; cuánto tiene de teologal  nuestra teología; cuánto nuestro Dios es el Dios de Jesús de Nazaret; cuánto de testimonio y cuánto de profecía.

El Congreso es una buena ocasión para confirmar nuestra opción por los pobres en una dimensión comunitaria. Nos congrega a proseguir como Iglesia, con espíritu ecuménico y macro-ecuménico. Nos provoca a la misión de ser portadores de esperanza.

La consigna es: Todo es Gracia, Todo es Pascua, Todo es Reino.

Pedro Casaldàliga

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Escrito por Redacción

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