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Necedad siempre triste. Por Mons. Agrelo, ofm

Me gusta manejar por las carreteras de Puebla, especialmente al atardecer, siempre hay algo que ver y cosas que fotografiar como estos conjuntos de maiz cosechado. Ciudad Serdán, Puebla.

La parábola que escuchamos en el evangelio de este domingo no considera la desdicha última del rico, sino la necedad actual de su codicia.

Mientras el cántico al evangelio evoca la dicha de “los pobres en el espíritu, porque de ellos es –se dice que “es” ya, y no sólo que “será”- el reino de los cielos”, el evangelio evoca la figura de un hombre, cuyos campos habían producido una cosecha suficiente para muchos años, y piensa, en su necedad, que, si tiene bienes para muchos años, tendrá muchos años de vida para disfrutar de sus bienes.

La pregunta es: si somos pobres que viven ya en el reino de los cielos, o somos ricos todavía dedicados a acumular lo que no puede darnos la vida.

Confieso que ese hombre de la parábola me inspira una gran compasión, pues lo veo avanzar, como quien va a una fiesta, hacia un reino de nada.

Si nos fijamos en él, no podemos evitar la sensación de que, si cree en Dios, no se relaciona con él: ni para pedir, ni para buscar, ni para llamar, ni para agradecer, ni para bendecir… Nos queda la impresión triste de que ese hombre sólo habla consigo mismo, sólo se preocupa de su cosecha, y sólo aspira a disfrutar de lo que ha cosechado. Nos queda la impresión triste de que aquella cosecha es el único dios de aquel hombre.

Esa fe en los bienes –esa avaricia que es una idolatría-, suplanta fácilmente a la fe en Dios, a la fe que hoy nos convoca en asamblea santa para pedir, buscar, llamar, agradecer y bendecir. Somos muchos, sin embargo, los que en la comunidad cristiana pretendemos ser al mismo tiempo servidores del dinero y de Dios, pretensión que teniendo un objetivo imposible, nos lleva de hecho a ser, como el necio e la parábola, simples servidores del dinero.

Nuestra idolatría no es sólo negación de Dios: niega también con los hechos la resurrección de Cristo y nuestra resurrección con él.

En esta parábola nada se dice acerca de los pobres y de lo que podrían representar en la vida del rico. Intuimos, sin embargo, que, si aquel hombre, en vez de pensar sólo en la forma de almacenar sus bienes, hubiese pensado en la forma de hacer partícipes de ellos a los necesitados, hubiese entrado sencillamente en la categoría de los prudentes que, dando lo que es propio de la tierra, se procuran un tesoro en el cielo.

Feliz domingo.

Mons. Santiago Agrelo, ofm

Obispo de Tánger

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Via GDS

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Escrito por Redacción

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