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Navidad, es sumergirnos en el misterio del Amor de Dios

Greccio: memoria y contemplación

San Francisco de Asís “Tenía tan presente en su memoria la humildad de la encarnación y la caridad de la pasión que difícilmente quería pensar en otra cosa (…) Deseo celebrar la memoria del niño que nació en Belén y quiero contemplar de alguna manera con mis ojos lo que sufrió en su invalidez de niño” (1Ce,84)

Francisco un hombre de memoria

La experiencia humana que todos tenemos nos dice que hay momentos de la vida que permanecen en nuestra memoria y otros que relegamos al olvido. A veces decimos “no hay que vivir de recuerdos” cuando esto supone anclarnos en la nostalgia y cierta dimisión para afrontar el presente y el futuro.

Pero hay recuerdos que no son ancla sino catapulta, me impulsan a vivir hacia delante. Alimentamos nuestra vida de recuerdos, imágenes que tenemos vivas en la memoria: personas, acontecimientos… si no fuera así seríamos personas sin identidad, desarraigadas. Sobre todo las relaciones afectivas se nutren de esos recuerdos que quedan fijados en la memoria iluminando el presente y el futuro: el día del encuentro con una persona, el nacimiento de un hijo, el primer día de trabajo…

En la experiencia religiosa del pueblo de Israel hay un vivir del recuerdo liberador de Dios para con el pueblo esclavo en Egipto: “recuerda que fuiste esclavo en Egipto (Dt 15, 15), un recuerdo que marca su comportamiento posterior cuando se instalan en la tierra de promisión.

La experiencia cristiana se alimenta de un recuerdo: la vida, muerte y Resurrección de Jesús. Esta memoria cuando corre el riesgo de desvanecerse o tergiversarse, da lugar a los evangelios y esa memoria es punto de referencia para las comunidades cristianas. La celebración de la fe, en la Eucaristía es actualizar y hacer presente esa memoria.

San Francisco, después de su conversión vive de la memoria de Cristo pobre y crucificado, haciendo referencia a dos momentos fuertes: Belén y El Calvario.

Aprendemos con Francisco que hacer memoria de Navidad es mucho más que un ejercicio anual de sentimentalismo adornando con musgo, guirnaldas y luces. Es una invitación a poner en el centro de nuestra vida a ese niño desprotegido y dejar que nuestra vida quede afectada, iluminada, cuestionada por esa memoria. Como dice el teólogo J.B.Metz esa es una “memoria peligrosa”, porque cuestiona nuestros olvidos, nuestro vivir de espaldas a los desamparados, pobres, marginados, abandonados de este mundo.

Pesebre de Greccio
Francisco un hombre contemplativo

Cuando los relatos nos describen a Francisco queriendo contemplar en Greccio el nacimiento de Jesús, en ese “deseo” hay mucha más densidad de la que podamos pensar, es mucho más que hacer un Belén viviente. Hay sobre todo ganas de sumergirse en un misterio que le sobrepasa, que no le cabe en la cabeza ni siquiera en el corazón.

Contemplar es más que pensar, reflexionar, es dejarse invadir por alguien más grande que tú, dejar que eso afecte a todos los rincones de tu ser, que toque tus fibras más íntimas, que te sobrecoge. Supone un “descentramiento”, dejar de ser nosotros el centro, hacernos pequeños. Todo eso lo vemos en el relato de GRECCIO (1Ce 8487) Francisco pone distintos sentidos en juego:

  • Vista: “viendo que todas las cosas estaban dispuestas, las contempló y se alegró” (85)
  • Oído: “la selva resuena de voces, cantan los hermanos alabanzas y las rocas responden a los himnos de júbilo” (85) Es un canto cósmico que no todos son capaces de escuchar.
  • Gusto: “cuando le llamaba niño de Bethleeem o “Jesús”, se pasaba la lengua por los labios como si gustara y saboreara en su paladar la dulzura de esas palabras” (86)
Entre memoria y contemplación, el desconcierto de la mirada.

“Allí la simplicidad recibe honor, la pobreza es ensalzada, la humildad es valorada…” (1Ce 86)

En Greccio, como en Belén, se produce el desconcierto de la mirada: junto a Francisco aprendemos a mirar, comprender y sentir de otra manera. Acostumbrados a mirar lo que brilla, lo que destaca, se nos pide descubrir esa señal que está en la penumbra de lo pequeño y de lo escondido, en lo simple, lo pobre, lo humilde.

Se nos invita a vivir de ese estremecimiento: que nuestro corazón se haga vulnerable porque ante un niño sólo cabe el acercarse con ternura, no desde el poder ni la agresividad, desde la pobreza no desde la prepotencia. Para encontrarnos con el niño no hay otro camino que hacernos simples, sencillos, pequeños, como los personajes del relato del evangelio: María (la que conservaba todo en su corazón (Lc. 1,69)), José, los pastores, los magos.

Acercarnos al misterio de Belén dejando atrás nuestras prisas, nuestra superficialidad impaciente. Aceptar que nuestros criterios de eficacia y nuestras preocupaciones no nos dejan crecer en la confianza, en dejarnos vivificar por esa presencia misteriosa y silenciosa de Dios en nuestra vida.

Te invitamos a que reflexiones el texto en función de estas preguntas motivadoras

En tu cotidianeidad, la experiencia de Jesús niño en el pesebre  ¿Vive en tu memoria? y esta experiencia vivida ¿Te lleva a mirar a los más desprotegidos como ves al niño de Belén?

Tomate un tiempo durante el día de hoy y siéntate frente al pesebre, el árbol, lo que simboliza para vos esta navidad y allí presente, Tú y el niño imagina, escucha y siente “Greccio – Belén” haciendo de ello memoria agradecida.

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Escrito por Redacción

Francisco, un hombre con pasión por el evangelio

Asís – Proyecto «Juntos por San Francisco»