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Nadie escarmienta en cabeza ajena. Por Manuel Romero, tor

Este refrán me lo refería mi abuela cuando yo le contaba cómo algún compañero de clase había sufrido algún percance. Ella, con su sabiduría popular, me ponía sobre aviso para que no me ocurriera a mí lo mismo.

Ricos y pobres los ha habido siempre -lo vemos en la profecía de Amós-. Las diferencias, también. Y cada vez que salen a relucir se aderezan con ideología para endosar las causas a los otros. El evangelio no es ideología, por eso Lucas pone en boca de Jesús una historia conocida para provocar en los oyentes el reconocimiento de su propia injusticia.

Tu puedes ser rico o pobre. Aquí no valen las medias tintas ni clases medias, ya que el que tiene menos percibe al que tiene medios como rico, y el que vive desahogadamente percibe al otro como un pobre. La distancia social salta a primera vista y sin mucho discernimiento.

El caso es que en la historia hay un hombre rico. Con unos medios tales que retrata su vida como un Edén. Viste bien. Come mejor. Pero no tiene nombre porque no lo necesita. Lo de “Epulón” se lo hemos añadido después recogiendo el nombre de uno de los cuatro colegios sacerdotales romanos que tenían como función celebrar los épulos o convites sagrados. Y un mendigo con el nombre de Lázaro, que está deshumanizado: no se le dice “hombre pobre”, se le dibuja desnudo y repulsivo por las llagas, vive en el portal de la casa del rico y se relaciona con los perros vagabundos; dibujando un Infierno de vida.

Ambas historias están enlazadas. Lo vemos nosotros, lo veía el pobre que deseaba comer las sobras de la mesa del rico, lo veía Dios, pero no el epulón que vivía abstraído en su burbuja. No hay distancia entre ellos: una puerta. Y, sin embargo, hay un abismo entre la vida regalada del rico y el infierno del pobre.

Jesús quiere hacernos “escarmentar” y hacernos entrar en la dinámica de la justicia. ¿Dónde estamos nosotros? ¿Cómo vivimos? ¿Qué provocamos con nuestros silencios, desprecios, indiferencias, gastos, cegueras? Ni la injusticia ni la distancia vienen de Dios y no son queridas por él. Las provocamos nosotros dirigiendo la mirada más allá de la miseria o quedándonos en las apariencias.

Y claro, lo que no solucionamos los hijos queda como trabajo para el Padre. Llega la muerte y nos iguala; nos pone a cada uno en nuestro lugar. Al hombre rico lo entierran los hombres y al mendigo lo llevan al seno de Abraham los ángeles. El cielo y el infierno se dan la vuelta y una miga se convierte en una gota de agua.

¿Vamos a cambiar por escuchar esto? A buen seguro no, porque -como decía mi abuela- nadie escarmienta hasta que no le duelen los huesos, suspende un examen, pierde el trabajo o deja de tener vocaciones. Y como dice el evangelio, “Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto”. Así pues, basta, de momento, con que nos demos cuenta de la injusticia que provocamos.

Via LCDLP

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Escrito por Redacción

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Un abismo entre el «rico» y el «pobre».