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Mons. Errázuriz: el aborto vulnera un principio de la ética universal.

El 4 de agosto fue un día triste para Chile. Cinco diputados defendieron la vida, motivo de reconocimiento y apoyo; pero ocho diputados -entre ellos dos de un partido que adscribe al ideario cristiano- aprobaron que se inicie en Chile el camino hacia el aborto legal. Algunos se han amparado en su conciencia para fundamentar su voto aprobatorio, como si esa luz del alma pudiera actuar contra la ley ética, que obliga a todos y siempre, a nunca quitar la vida a un inocente. Para los cristianos esta ley moral, inscrita en nuestros corazones, fue, además, entregada por el mismo Dios a nuestros antepasados y por tanto no puede alegarse ignorancia.

Todos los diputados que han dado su aprobación han ido directamente contra un principio elemental de la convivencia humana, compartido por todas las civilizaciones y escuelas de pensamiento: hacer el bien y evitar el mal. Algunas veces estamos enfrentados a situaciones que hacen el juicio moral menos seguro y la decisión difícil. Pero siempre es posible buscar lo que es justo y bueno y discernir la voluntad superior expresada en la ley divina. No basta creer que Dios no existe para eximirse de él y de su ley. Para comprender esto debemos esforzarnos por interpretar los datos de la experiencia y los signos de los tiempos, gracias a la virtud de la prudencia y los consejos de las personas entendidas y sabias.

En todos los casos previstos por el proyecto de ley de aborto se transgrede un principio elemental de la ética universal: Nunca está permitido hacer el mal para obtener un bien. Es decir, nunca es moralmente lícito quitar, directa y advertidamente la vida a un ser humano, como medio para alcanzar un fin. Cuando está en riesgo la vida de la madre, como consecuencia de un embarazo, la solución nunca puede ser atentar directamente contra la vida concebida. Tampoco es éticamente aceptable que ante la inviabilidad del niño en gestación, producto de alguna enfermedad o malformación que le imposibilite su vida futura, alguien adelante su muerte mediante el aborto directo. Más inmoral resulta aun que para evitar una vida producto de un embarazo por violación, nos arroguemos la facultad de terminarla anticipadamente. Lo sucedido el día 4 es una expresión manifiesta y comprobable de lo que, sabiamente, se ha llamado la dictadura del relativismo.

¿Qué hay de común en la decisión de los ocho diputados que votaron la iniciativa de legislar a favor del aborto directo? Me parece que un comportamiento abusivo. Aunque algunos de ellos se hayan amparado en su conciencia y otros en su deber, han actuado contra la conciencia recta e incumplido el deber de la justicia hacia un inocente. Han transgredido la primera ley escrita en los corazones: hacer el bien y evitar el mal. Difícilmente podrán excusarse en la ignorancia, pues se trata de varones y mujeres libres, formados humana e intelectualmente, que frente a casos difíciles deberían seguir la regla clásica: «Retorna a tu conciencia, interrógala. Retornad, hermanos, al interior, y en todo lo que hagáis mirad al testigo, Dios» (San Agustín). Han fallado los que estaban llamados a procurarnos leyes justas y que nos encaminen al Bien Común. Y cuando se yerra en algo grave y lo hacen personas constituidas en autoridad, las consecuencias también son graves. Esta falla se debe a que no han querido reconocer y escuchar a Dios, al Supremo Hacedor o al Motor Inmóvil, que a todos habla en su interior y para nadie calla.

La «regla de oro» de la convivencia humana, que puede hacer este mundo más amable y fraterno, y que nos manda no hacer a los demás lo que no queremos para nosotros, la han incumplido los que debían enseñárnosla, pues fueron puestos para hacer más justo y equitativo nuestro pasar terreno, y está ocurriendo lo contrario. Lo que hemos vivido y escuchado el día 4 es la expresión de una élite que va perdiendo sus raíces, que ha abandonado la fe de sus padres y se ha apartado de la ley que llevamos en nuestra humana naturaleza y quiere erigir al mismo ser humano en centro y rector de la vida y a la mayoría como suprema ley del bien y del mal.

Es necesario no ceder. Queda un camino largo para que llegue a consolidarse una ley inicua, es decir, que va contra la de Dios y que hiere la dignidad de la persona humana. Habrá que argumentar una y otra vez, porque no estamos defendiendo una verdad religiosa ni de un sector o una ideología, estamos defendiendo la humanidad del ser más inocente y digno de nuestro amor y cuidado: el niño pequeño, que ya instalado en el seguro lugar del seno materno, quiere abrirse paso para vivir con nosotros y ser uno de nosotros.

+ Juan Ignacio González Errázuriz

Obispo de San Bernardo

Publicado en El Mercurio

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