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Mons. Crepaldi: «La objeción de conciencia, una prueba de fuego para nuestra fe»

Mons. Crepaldi: «La objeción de conciencia, una prueba de fuego para nuestra fe»

 

Vida, familia, libertad de los padres en la educación de los hijos. Cuando recibió a los participantes al Congreso promovido por el Partido Popular Europeo, Benedicto XVI definió estos tres principios como «inherentes a la naturaleza humana» y, por lo tanto, «no negociables». Invitó a los católicos comprometidos en el debate público a que dichos principios no fueran objeto de negociación, pues tal actitud constituiría, antes incluso que una tradición a la propia fe, «una ofensa a la verdad de la persona humana».

Era el 30 de marzo de 2006. No han pasado ni siquiera diez años y sin embargo, a muchos este periodo de tiempo les parece una eternidad. Son muchos, entre los observadores de la Iglesia y tal vez entre los fieles, los que consideran que esta fórmula está obsoleta y que pertenece a una hermenéutica ya superada por la repercusión frenética de la historia y de las costumbres.

No piensa lo mismo Mons. Giampaolo Crepaldi, Arzobispo de Trieste e incansable defensor fidei. En 2014 ha escrito un libro –A compromesso alcuno. Fede e politica dei principi non negoziabili  (ed. Cantagalli)-, en el que demuestra la imperecedera importancia de los principios no negociables, en la sociedad y en el mundo político. En la entrevista que publicamos a continuación, el prelado nos explica que la Iglesia no ha dejado en absoluto de pedir que se respete el orden moral que nos precede y nos da significado.

 

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Excelencia, observando lo que sucede en la Iglesia, parece que los principios no negociables son un tema -o por lo menos una expresión- que ya no es actual. ¿Qué le ha empujado a proponerlo de nuevo?

R: La doctrina de los principios no negociables fue formulada durante el pontificado de Benedicto XVI, pero expresa una visión que viene de antiguo y que está destinada a durar siempre, hoy y mañana. La ley moral natural y la doctrina de los intrinsece mala, es decir, de las acciones que no se deben hacer nunca, el significado social de los diez mandamientos, no pasan nunca de moda. Y en la noción de «principios no negociables» se incluye todo esto. Las expresiones pueden ser adoptadas, luego pueden ser olvidadas para después ser retomadas de nuevo o cambiadas… lo que cuenta es la sustancia. Por ejemplo, el Papa Francisco no utiliza esta expresión, pero adopta su significado sustancial cuando, con su lenguaje, distinto al de los Pontífices anteriores, afirma las mismas verdades sobre la vida, la familia, la libertad de educación, la libertad religiosa, la justicia, etc. Sé que durante el pontificado de Benedicto XVI la expresión y el contenido de la expresión «principios no negociables» fue criticada y combatida. Ya entonces no compartí esas críticas porque para mi esta noción pertenece a la tradición de la Iglesia.

 

¿Tiene aún sentido, entonces, hablar de «Iglesia militante»?

R: Las expresiones sintéticas son siempre traicioneras. Hay que aclarar su significado. La vida, y también la vida del cristiano, es también hoy, y lo será siempre, un compromiso para el bien. Es imposible comprometerse por el bien sin enfrentarse al mal. Sería ingenuo pensar que hoy no hay, en el mundo, antropologías en conflicto, tendencias y estructuras de pecado, oposición y odio hacia Dios. En lo que respecta al mal, las injusticias, las violaciones de la dignidad humana, el odium fidei, ¿cómo no comprometerse? Si «Iglesia militante» quiere decir esto, creo que no será posible abandonar el concepto. Si por «Iglesia militante» se entiende una Iglesia contrapuesta visceralmente al mundo, enemiga de los hombres y no sólo del mal que a menudo hacen, entonces no. Todo lo que la Iglesia hace, también cuando lucha, lo hace por amor.

Hay una tendencia difundida hoy, especialmente en los medios de comunicación, a contraponer dos Iglesias: una atenta a los temas sociales y otra más vigilante sobre la doctrina y la moral. Esta dicotomía, en su opinión, ¿tiene algún fundamento?

R: Esta distinción no tiene fundamento. Los medios de comunicación social se equivocan cuando insisten sobre esta tendencia, como también se equivocan los hombres de Iglesia cuando la favorecen. La cuestión de los principios no negociables es muy útil para hacer entender la inconsistencia de esta contraposición. Si pensamos en los tres principios fundamentales, a saber: vida, familia y libertad de educación, podríamos inscribirlos en esa parte de Iglesia que usted ha definido «más vigilante sobre la doctrina y la moral». Pero enseguida nos damos cuenta de que esos tres principios arrojan una luz muy fuerte también sobre temas netamente «sociales», por seguir utilizando sus palabras: los impuestos, los salarios, las tarifas, las políticas juveniles, el trabajo, la casa… todos tienen una fuerte vinculación con la protección de la vida y la familia. Por consiguiente, los principios no negociables unen los temas más estrechamente éticos con los más estrechamente económicos y sociales. Basta entenderlos, como intento explicar en mi libro, como principios y no sólo como valores morales.

¿No cree que arraigarse en los principios no negociables puede resultar disuasorio para el diálogo y, por lo tanto, para un enriquecimiento recíproco entre posiciones distintas?

R:  También aquí se trata de entender las palabras. Mantenerse en una posición firme en lo que respecta a los principios no negociables no quiere decir no dialogar; quiere decir no negociar, no hacer de ellos un objeto de negociación. Lo que sí nos piden es dialogar con todos, para medirnos, en el diálogo, con su verdad, para profundizarla, para conectarla con las situaciones de la vida. Nadie tiene el monopolio de los principios no negociables. Sin embargo, el diálogo, para que sea verdadero, no puede abarcarlo todo, porque en este caso no podría alcanzar ninguna verdad estable, es decir, no sometida a comparación. El sentido del diálogo es llegar a una verdad compartida, pero no verdadera porque esté compartida, sino compartida porque es verdadera. La verdad precede al diálogo -no lo sigue-, lo que hace que sea verdadero diálogo. Una verdad fruto del diálogo sería una verdad relativa al consentimiento humano, es decir, ya no sería verdad. Además, yo diría incluso que el verdadero diálogo presupone unos puntos de partida que no estén domesticados, sino que sean claros y firmes. Si los interlocutores dulcifican preventivamente sus posiciones para poder dialogar mejor se engañan recíprocamente. Esto no es diálogo.

De la adhesión a los principios no negociables surge la objeción de conciencia. Esta práctica está bastante difundida entre los médicos católicos. En su opinión, ¿lo está también entre los políticos católicos?

R: No puedo cuantificar estas cosas, porque se trata de problemas de conciencia a los que no tenemos acceso. Sin embargo, puedo decir lo siguiente. Hoy, muchos teorizan que la política es compromiso, laicidad respecto a los valores y lugar de elecciones relativas. Yo no lo creo. Pienso, en cambio, que también en la política hay en juego valores universales. Los principios no negociables son precisamente esto. Entonces digo: si el llamamiento a la objeción de conciencia vale para los médicos respecto al aborto, para el personal sanitario o farmacéutico respecto a los medicamentos abortivos, para los funcionarios públicos respecto a los registros de las uniones homosexuales, para los docentes respecto a la ideología de genero, etc., ¿por qué no debería valer para los políticos ante un ley contraria a la dignidad del hombre, es decir, a los principios no negociables? No olvidemos que los principios no negociables son, precisamente, no negociables porque están vinculados estructuralmente con el respeto a la dignidad de la persona.

En su libro me ha sorprendido un pasaje en el que escribe que «es imposible anunciar el bien sin también contrarrestar el mal». ¿A qué se refiere?

R: He hecho referencia a esto antes, pero con gusto profundizo acerca de ello. Decían los filósofos medievales: omnis determinatio est negatio. Cada determinación de algo comporta la negación de otra cosa. Es una aplicación del principio de no contradicción. Si digo que una cosa es blanca, quiere decir que niego que es negra. Del mismo modo, si digo que algo es bueno quiero decir que su contrario es malo. ¿Cómo puedo decir que la vida es sagrada e intangible y, al mismo tiempo, aprobar el aborto? ¿Cómo puedo decir que la familia natural es sólo entre un hombre y una mujer y aceptar de buena gana las uniones homosexuales? La moral necesita una toma de posición, un juicio sobre la realidad y sobre lo qué hay que hacer, un alinearse. Ciertamente, lo positivo tiene el primado sobre lo negativo, como el bien lo tiene sobre el mal y, por consiguiente, es necesario proponer el bien, apuntar a lo positivo más que a lo negativo. Pero esto no impedirá combatir el mal; en caso contrario, apuntar a lo negativo se convierte en una excusa para huir de los conflictos de la vida.

Usted vincula los principios no negociables con los temas de la tutela de la creación. ¿Encuentra correspondencia entre lo que usted ha escrito y algunos puntos propuestos por el Papa Francisco en la Laudato Si’?

R: Ciertamente sí, sobre todo en el concepto de «ecología integral», que es la profundización de la noción de «ecología humana» propuesta por Juan Pablo II en la Centesimus annus y por Benedicto XVI en la Caritas in veritate. Todo está unido: la degradación de los principios no negociables produce daños también para el ambiente. La Caritas in veritate daba grandes enseñanzas sobre el hecho de que la falta de respeto a la vida en los países avanzados se opone al verdadero desarrollo, ya sea porque alimenta actitudes individualistas y consumistas, o porque produce un descenso de la natalidad -lo cual es siempre un elemento contrario al desarrollo-, o porque debilita la solidaridad respecto a los pobres del mundo. La Laudato si’ del Papa Francisco está en esta línea.

Como arzobispo de Trieste, en el año 2013 usted fue el centro de una gran polémica que le acusó de ser homófobo. En un clima social como este, ¿qué papel puede tener la fidelidad a los principios no negociables?

R: No tengo ninguna duda de que la fidelidad a los principios no negociables requerirá en un futuro una valentía especial, la disponibilidad de pagar en primera persona, de aceptar discriminaciones. El mundo no persigue a los creyentes que se retiran en sus iglesias a rezar; persigue a quienes se introducen en sus mecanismos y los ponen en peligro. Hoy, defender con valentía la vida humana y la familia natural, por ejemplo, significa molestar potencialmente a los poderes dominantes, que no pueden dejar pasar este hecho sin que se pague un peaje. Algunas veces explota el caso de un obispo, como me sucedió a mí con el episodio que usted recuerda. Pero los que más pagan son los laicos cristianos en el mundo del trabajo, de la escuela, de los medios de comunicación… Las intimidaciones son muy frecuentes, como también los chantajes y las venganzas. La objeción de conciencia se convertirá, en un futuro, en la gran prueba de fuego para nuestra fe.

Via Osservatorio Van Thuan

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Escrito por Redacción

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