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Mira a lo lejos.

ws_Bicycle_Time_Out_Field_Horizon_1920x1200Sólo una cosa tengo que decir al melancólico: «Mira a lo lejos». El melancólico es casi siempre un hombre que lee demasiado. El ojo humano no está hecho para tal distancia; en los grandes espacios es donde reposa. Cuando miramos las estrellas o el horizonte del mar, nuestro ojo está relajado; si el ojo está relajado, la cabeza está libre y es más seguro el andar; todo se relaja y adquiere flexibilidad, hasta las vísceras.

Pero no intentes relajarte por tu propia voluntad. Tu voluntad en ti, aplicada a ti, es una fuerza loca que acabará por estrangularte. No pienses en ti; mira a lo lejos. Cierto que la melancolía es una enfermedad, y que el médico a veces puede adivinar la causa y darte el remedio; pero ese remedio atrae la atención hacia el cuerpo y la preocupación de seguir un régimen destruye el efecto. Por eso el médico, si es sensato, te manda al filósofo. Pero cuando acudes al filósofo, ¿con qué te encuentras? Con un hombre que lee demasiado, que tiene un pensar miope y que está más triste que tú.

El Estado debería sostener una escuela de sensatez o cordura como sostiene la de medicina. ¿Cómo? Por pura ciencia, que es contemplación de las cosas y poesía tan grande como el mundo. Pues la mecánica de nuestros ojos, que hallan reposo en los anchos horizontes, nos enseña una gran verdad. Es preciso que el pensamiento libere al cuerpo y lo devuelva al Universo, que es nuestra verdadera patria. Hay un profundo parentesco entre nuestro destino de hombre y las funciones de nuestro cuerpo. El animal, cuando las cosas que le rodean le dejan en paz, se acuesta y duerme; el hombre piensa, y si es un pensamiento de animal, ¡pobre de él!, pues duplica sus males y sus necesidades y se tortura con temores y esperanzas; con ello su cuerpo se distiende, se agita, se lanza, se contiene, según el juego de la imaginación, siempre receloso, siempre atento a espiar las cosas y personas en torno suyo.

Y si quiere liberarse se entrega a los libros, otro universo cerrado, demasiado cerca de sus ojos, demasiado cerca de sus pasiones. La mente se convierte en una cárcel y el cuerpo sufre, pues decir que el pensamiento se encoge y decir que el cuerpo trabaja contra sí mismo es cosa idéntica. El ambicioso rehace mil veces sus discursos y el enamorado mil veces sus súplicas. Es preciso que el pensamiento viaje y contemple, si se quiere que el cuerpo esté bien.

A ello nos conducirá la ciencia, siempre que no sea ambiciosa, charlatana ni impaciente, siempre que nos aparte de nuestros libros y nos haga poner la mirada en un lejano horizonte. Es preciso, pues, que sea percepción y viaje. Un objeto, por las diversas relaciones que en él descubres, te conduce a otro y aún a otros mil, y el torbellino de la corriente lleva tu pensamiento a los vientos, a las nubes y a los planetas. El verdadero saber es cualquier cosa pequeña que tengamos ante los ojos, pues saber es comprender la relación que une a la más mínima cosa con el todo. Ninguna cosa tiene su razón en sí misma; por eso el movimiento justo nos aleja de nosotros mismos, lo cual es tan sano para el espíritu como para los ojos. De ese modo tu pensamiento reposará en ese universo que es su dominio y se concertará con la vida de tu cuerpo, que también está ligada a todas las cosas. Cuando el cristiano decía: «Mi patria es el cielo», no sabía cuánta razón tenía. Mira a lo lejos.

 

15 de mayo, 1911

Alain / Émile-Auguste Chartier

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