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Marco: el canto de las lágrimas. Mons. Jesús Sanz Montes, ofm

Ha sido la palabra más temida o más deseada, la que ha provocado encendidas defensas y no tibias descalificaciones. El rescate: de esto se ha hablado en parlamentos nacionales de la vieja Europa, en los corrillos de los ministros de economía, en las tertulias mediáticas, en las columnas de opinión de tantos periodistas. ¿Rescate si o rescate no? Y así casi todos se han ido posicionando en una frenética semana tratando de domar a ese caballo de Troya que para unos tiene trampa y para otros solución.

Pero como si de un rayo se tratase que nos obligase a cambiar la mirada, el rescate que para quien tiene entrañas realmente ha conmovido ha sido otro bien diferente. Una extraña escalada de razones y de coincidencias, hace que una joven mujer se deshaga de su hijo recién nacido. Es confuso todo lo que ella ha declarado para intentar explicar lo inexplicable. Sin embargo, esta mujer tuvo a su hijo. No lo destrozó en su vientre, no succionaron sus trozos con una aspiradora, no lo ahogaron hasta envenenarlo en una solución de sal amarga. Sencillamente tuvo a su hijo, respetó su nacimiento.

Tamaña gesta ya la colocaba en el palmarés de las madres que en medio de tremendas dificultades, increíbles miedos y terribles soledades, dan a luz al hijo que llevaban dentro. Pero luego vino lo que nos parece difícil de creer: tirarlo a la basura ¡vivo! Con un biberón para ese viaje maldito en medio de toda la podredumbre infecta, ella se deshizo de ese pequeño apenas nacido. Era como un aborto “post partum”, igual de cruel y horrible ante el ser humano más pequeñín e indefenso.

Esta es la primera parte de una tremenda historia trágica en su planteamiento y en su ejecución. Pero no acabó de esta manera. El final ha sido tan sorprendente, tan inesperado, tan fruto de un inmenso milagro como ha sido llamado con justicia, que la luz que proyecta eclipsa del toda la penumbra que tan fatalmente lo oscurecía.

Marco le han puesto de nombre a este pequeño. Y en ese marco Dios con Marco nos ha dibujado una obra de arte. La tiniebla de un basurero bajo tierra explotó ante la luz que allí encendió un llanto. Y toda la porquería junta, se rindió ante la inocencia tierna de un pequeñín que llorando entonó a su propia vida el más hermoso himno a la alegría. Sí, en medio de aquella basura brilló como una gema la más bella de las joyas como es siempre la vida humana.

Unas lágrimas de bebé fueron suficientes para que en ellas Dios llorase de nuevo como sólo Dios sabe hacerlo. Y aquel llanto conmovió a gente buena que como en una  conspiración bondadosa, se fueron apiñando para salvar a quien sollozando pucheros nos empezó a contar su vida. La policía local, la Guardia Civil, las enfermeras y médicos del hospital, la prensa sensible que dio la noticia, los viandantes que avisaron. ¡Qué grande es la humanidad… cuando no se deshumaniza! ¡Qué precioso testimonio han dado todos ellos de lo importante de la vida!

El niño está a salvo, está sano. Me pregunto qué habrá silenciado eternamente Dios para decírselo a él y con él decírnoslo a todos. Ha sido el triunfo de la vida, la más vulnerable, la más fácil de censurar. Pero su ángel ha vencido en Marco y ahora lo podemos contar. Pienso si ese llanto se pudiera escuchar en el seno de las madres en trance de abortar, en la conciencia de los padres cómplices e irresponsables que las dejan en soledad. Si ese llanto se pudiera escuchar en algunos parlamentos que con demagogia culpable legislan contra la vida sin que en sus papeleras las lágrimas de los no nacidos, como hizo Marco, puedan sencillamente llorar.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

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Escrito por Redacción

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