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Lucharé contra la desigualdad con más fuerza que nunca

desigualdadIgualesImagen_2Un año más, vuelvo a asistir a la reunión del Foro Económico Mundial en Davos para alertar sobre la crisis mundial de desigualdad, y para proponer medidas con las que abordarla. Y de nuevo, Oxfam vuelve a revelar nuevas e inquietantes estadísticas que reflejan hasta qué punto esta crisis se ha agudizado: tan sólo 62 personas poseen la misma riqueza que la mitad más pobre del planeta; esto es, 3.600 millones de personas.

No soy la única en dar la voz de alarma: hay voces que expresan su preocupación sobre la desigualdad de forma constante, como Barack Obama, el Papa, Christine Lagarde del FMI, así como ciudadanos y ciudadanas del mundo entero. Las cosas están empezando a cambiar, pero no es suficiente.

No es suficiente porque la brecha entre ricos y pobres ha aumentado de manera drástica a lo largo de los últimos 12 meses. Hace justo un año, eran 80 las personas que poseían la misma riqueza que la mitad más pobre de la humanidad, y Oxfam predijo que en 2016 el 1% más rico de la población mundial tendría más riqueza que el resto del planeta. No obstante, esta predicción se cumplió el pasado mes de octubre, antes de lo esperado.

El rápido aumento de la desigualdad extrema tiene enormes consecuencias. La desigualdad económica puede frenar el crecimiento, obstaculizar la lucha contra la pobreza y provocar conflictos sociales. Oxfam es testigo de los devastadores efectos de la desigualdad extrema en muchos de los países en los que trabaja, desde los niños y niñas en edad escolar en Sudáfrica cuya educación se está viendo afectada por la falta de financiación gubernamental, hasta los trabajadores y trabajadoras del sector textil en Myanmar, que trabajan largas y agotadoras horas para proveedores mundiales pero que no ganan lo suficiente para pagar el alquiler de sus viviendas y alimentar a sus familias.

No es una sorpresa que esta tendencia continúe: la crisis de la desigualdad no es un accidente, sino que es un elemento integral de nuestra economía. El reciente informe de Oxfam, una economía al servicio del 1%, analiza cómo la actual crisis global de desigualdad se ha gestado tras 30 años de desregulación, privatización, secretos financieros y globalización sin control. El sistema económico ha permitido a grandes empresas y personas ricas usar su poder e influencia para capturar y retener una creciente participación de los beneficios del crecimiento económico, mientras que la participación de los sectores más pobres de la sociedad se ha visto reducida.

Esta tendencia solo se podrá revertir si los líderes políticos muestran determinación para ello y si el sector privado coopera de manera activa. Es difícil, pero no es imposible.

En 2015 se logró un cierto avance. En septiembre, se fijaron objetivos mundiales para abordar la desigualdad y erradicar la pobreza extrema. A su vez, empresas del sector privado anunciaron su más que bienvenida colaboración. Estos compromisos muestran que los Gobiernos tienen la intención de actuar, pero esta intención tiene que materializarse en la práctica. Esto implica abordar los motores que causan la desigualdad y hacer frente a los intereses creados.

Entre los principales intereses creados, destacan los paraísos fiscales. Estas jurisdicciones, que no aportan nada a la sociedad y se caracterizan entre otras cosas por su alto grado de secretismo y unos tipos impositivos bajos o inexistentes, están exacerbando el aumento de la desigualdad. Dado que la recaudación tributaria de las grandes empresas y personas ricas desaparece en este entramado mundial, a los Gobiernos solo les quedan dos opciones: recortar el presupuesto esencial para reducir la desigualdad y la pobreza o compensar la pérdida de esos ingresos fiscales aumentando la carga fiscal sobre otros sectores de la sociedad con menos poder económico. Como consecuencia, la riqueza se redistribuye de manera ascendente, y la brecha de la desigualdad se hace aún mayor.

Los paraísos fiscales absorben miles de millones provenientes de países ricos industrializados, pero son los países más pobres los que se ven más drásticamente afectados. El dinero que fortunas africanas ocultan en paraísos fiscales supone una pérdida fiscal estimada para los Gobiernos africanos de 14.000 millones de dólares al año. Esta cantidad sería suficiente para garantizar la atención sanitaria a madres y niños, lo cual podría salvar la vida de cuatro millones de niños y niñas al año, y permitiría contratar a profesores suficientes para escolarizar a todos los niños y niñas africanos. A su vez, la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD) ha calculado que los países en desarrollo pierden al año al menos 100.000 millones de dólares debido al uso que las grandes empresas hacen de los paraísos fiscales.

Algunos Gobiernos han reconocido que la evasión y elusión fiscal es un grave problema que hay que abordar. En noviembre, el G20 acordó una serie de medidas para frenar la evasión y elusión fiscal de las grandes empresas. Sin embargo, estas reformas ignoran en gran medida el problema de los paraísos fiscales, y no son suficientes para garantizar que los Gobiernos de los países en desarrollo puedan reclamar los ingresos fiscales que les corresponden de manera justa.

Los paraísos fiscales son un recurso cada vez más habitual a la hora de hacer negocios: 109 de los 118 socios estratégicos del Foro Económico Mundial están presentes en al menos un paraíso fiscal. Es hora de acabar con esta práctica de una vez por todas.

Por el bien de sus ciudadanos y ciudadanas, los Gobiernos de todo el mundo deben comprometerse a acometer una segunda serie de reformas fiscales para acabar con la carrera a la baja por reducir los tipos impositivos y poner fin al secretismo en torno a los activos financieros.

Pero no se trata sólo de que los Gobiernos impongan obligaciones a las grandes empresas. Dudo que haya muchas personas, tanto empleadores como trabajadores, que quieran vivir en un mundo con una desigualdad tan profunda, ni que quieran que la base fiscal sobre la que se sustentan sus economías y sociedades se vea socavada. Por lo tanto, el mensaje que quiero llevar a la reunión de Davos de 2016 es que las grandes empresas deben reflexionar sobre cómo pueden ser también responsables a la hora de pagar sus impuestos, empezando por asumir el compromiso de sacar su dinero de los paraísos fiscales.

En 2010, 388 personas poseían la misma riqueza que la mitad de la población mundial. Ahora son sólo 62. Cuando el equipo de investigación de Oxfam me informó de esto, pregunté hacia dónde nos está llevando esta tendencia. Medio en broma, continuaron con los cálculos hasta 2020, año en el que serían tan solo 11 personas. Pero no estoy bromeando. Este año, en nombre de las personas más pobres del mundo, lucharé contra la desigualdad con más fuerza que nunca.

Via ElMundo

 

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Escrito por Redacción

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