Brazzaville (Agencia Fides) – Ofrecen alimentos y refugio, cuidan de ellos, les ayudan a estudiar y aprender un oficio. Así, desde hace más de 20 años, los frailes franciscanos de la República del Congo, en su misión de fidelidad al Evangelio y de proximidad a los más pobres, ayudan a los niños de la calle de la capital Brazzaville. Hasta hace unos 30 años, el problema de los niños de la calle era casi inexistente en África. La gran familia ampliada podía ocuparse de los huérfanos.

Hoy la estructura social se está desintegrando y la estructura tradicional no puede garantizar una vida tranquila a los abandonados. Actualmente en Brazzaville hay unos dos mil niños que son atendidos por varias organizaciones de asistencia social. Sin embargo, según algunos observadores, hay por lo menos el doble de jóvenes que viven en las calles, apañándoselas y durmiendo en refugios improvisados.

Es un escándalo para un país rico en recursos naturales: petróleo (el cuarto mayor productor continental), gas natural, madera preciosa, diamantes. «El Congo Brazzaville – explicó a Fides fray Domenico Domenici, misionero franciscano – es una nación rica, pero la riqueza no está distribuida equitativamente y reina la pobreza: más del 50% de los congoleños viven por debajo del umbral de pobreza. Entre las primeras víctimas se encuentran niños y niñas».

Muchos son abandonados porque se les considera «bebés hechiceros» que traen el mal de ojo a la casa. Otros porque son huérfanos. Y otras más porque los abuelos o los tíos que se han hecho cargo de ellas ya no pueden mantenerlos. Otros porque huyen de la violencia. «En la base – continúa Domenico – siempre hay pobreza. Creciendo en la calle no tienen afecto, no pueden estudiar, no aprenden un oficio. A menudo son presa de delitos menores. A menudo la policía los lleva a la comunidad y nos pide que les demos la bienvenida».

La comunidad franciscana de Brazzaville fue fundada en 1991 y en 1998 los frailes establecieron una comunidad para la acogida de menores. Fray Domingo comentó: «Ya tuve una experiencia similar en Makoua, una ciudad a 700 km de Brazzaville, donde trabajé como misionero durante algunos años. En la capital hemos creado una estructura que acoge a unos setenta jóvenes atendidos por religiosos y un grupo de voluntarios».

Los hermanos han intentado reconstruir un ambiente familiar en el que los jóvenes puedan redescubrir la serenidad que perdieron cuando se fueron a vivir fuera de casa. Les ofrecen alojamiento, pagan por sus estudios y formación profesional. «Gracias a las donaciones – concluye Fray Domenico – podemos ofrecerles la oportunidad de aprender un trabajo y ser autónomos. Pueden quedarse con nosotros hasta que sean capaces de mantenerse a sí mismos. Cuando se van y logran iniciar su propio negocio, mantienen una buena relación con nosotros. Algunos también nos ofrece ayuda. En el Congo, hay una creciente sensibilidad hacia los más necesitados: es un signo positivo»