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Los franciscanos en la Italia unida

De la demolición del convento del Aracoeli de 1873 a la estatua de la plaza de San Juan de Letrán

«El 20 de octubre de 1873 el Gobierno tomó posesión del Convento, mandado el Notario Venuti con dos testigos y el asesor municipal Placido di Scofera, los cuales comenzaron inmediatamente a hacer el inventario en el Convento, y en la

Giotto, «El Papa sueña con san Francisco sosteniendo el Laterano»sacristía, tanto del continente como del contenido,

y duraron en escribir casi medio mes». Lo anota el cronista del Aracoeli, narrando las operaciones de inventariado de los bienes, por obra de la Junta de Liquidación del Eje Eclesiástico, que actuaba de acuerdo con la ley n. 1402, del 19 de junio de 1873, la cual sancionaba la supresión de las Órdenes religiosas y la confiscación de sus bienes.

En el mes de abril de 1878, se presentó en la Cámara de Diputados el proyecto de ley para erigir en Roma «un monumento nacional a Víctor Manuel II, liberador de la patria, fundador de su unidad», proyecto aprobado el 25 de julio de 1880. El primer ministro Depretis impuso como sitio el Capitolio. De nada valió el parecer negativo de la comisión arqueológica, la cual, después de haber analizado el área que se debía demoler, concluyó que, además de las ruinas romanas, se destruirían la torre de Pablo III y los claustros medievales del convento, en los que se había desarrollado la vida administrativa del Ayuntamiento de Roma. Fueron inútiles también las protestas del ministro general de la Orden, que escribió al Ministro de Gracia y justicia y de cultos, afirmando, entre otras cosas, que: «A mí no me compete, y por eso no considero que la Torre de Aracoeli tanto por las memorias históricas vinculadas a ella, como por su majestuosa mole y estructura, nunca debería haber sido designada para la demolición para dejar espacio a un monumento moderno, al que ciertamente no le faltaba otro lugar en Roma».

Giuseppe Tonnini, «Monumento a san Francisco de Asís» (1927)Al religioso le hizo eco también el alcalde de Roma, Leopoldo Torlonia, la junta municipal, el arqueólogo Rodolfo Lanciani, y también el diputado Ruggero Bonghi, ardiente franciscanista y autor de una vida de san  Francisco, que el 10 de mayo de 1883 intervino con una apasionada pregunta parlamentaria: «Habéis escuchado, por consiguiente, dónde se debe erigir el monumento; y habéis comprendido cuántas demoliciones es preciso hacer (…) Hay que demoler el palacio de Pablo III Farnese: Pablo III vivió en un tiempo en el que nosotros, los italianos, no sabíamos hacer una línea que no fuera bella, como por desgracia nuestros enemigos podrían decir hoy que no sabemos hacer una línea que no sea fea  (…). Es necesario colocar en otro lugar la Biblioteca de Aracoeli. Vosotros haréis una obra de vándalos, vosotros haréis una obra que no os granjeará crédito; ni la Europa civil, ni esta ciudad os podrán estar agradecidas». Depretis, sentencioso, respondió: «¿Qué se gana dejando esa ruina que es el  convento de Aracoeli, donde no hay nada artístico, ninguna memoria que merezca conservarse? Y por lo que atañe a la Torre de Pablo III, no era más que un accesorio del palacio Venecia».

  Giuseppe Buffon (L`osservatore romano – 04-10-2011)

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