Mis queridos hermanos,

¡El Señor os dé la paz!

Este año quisiera compartir con todos vosotros un mensaje que se coloca en el marco celebrativo de los 800 años del encuentro entre Francisco de Asís y el Sultán de Egipto al- Malik al-Kamil. Tal conmemoración ha ofrecido a la Iglesia y a la Orden una extraordinaria oportunidad para abrir espacios de reflexión y estudio en relación con el tema del diálogo abierto y respetuoso con el Islam y, por supuesto, con otras confesiones religiosas.

Ahora bien, basándome en cuanto he escrito el pasado 7 de enero, en una carta a toda la Orden sobre este importante aniversario, quisiera invitaros a vivir el misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor a la luz de este particular evento que nos impulsa a abandonar el miedo y a abrir literalmente las puertas de nuestra mente, permitiendo que Dios opere de forma inédita en los corazones de hombres y mujeres de buena voluntad que indistintamente luchan por promover la justicia social, los bienes morales, la paz y la libertad en beneficio de todos (cf. Nostra Aetate 3).

Permitidme, entonces, dirigir mi mirada hacia un pasaje evangélico que tendremos la oportunidad de escuchar el segundo domingo pascua. Se trata de una de las apariciones de Jesús resucitado no solo a unos pocos sino a todos los discípulos reunidos en el cenáculo “la tarde de aquel día, el primero de la semana”, según la versión del evangelista Juan (cf. Jn 20, 19-31). Este pasaje en realidad narra dos apariciones separadas por un arco cronológico de ocho días. Pienso que estos dos momentos nos ayudarán a establecer una matriz espacio – temporal que nos permitirá comprender mejor un momento progresivo en la fe no sólo de Tomás sino de todos los discípulos que tienen el privilegio de contemplar con sus propios ojos la presencia de Jesús resucitado.

Primera aparición:

Las puertas del lugar estaban cerradas por miedo a los judíos

El texto comienza con la expresión: “la tarde de aquel día”, que no está puesta allí por casualidad, sino que hace parte del estilo narrativo del evangelista, al cual le gusta presentar escenarios naturales de contraste. En este caso, nos podemos imaginar una habitación sin mucha luz, dentro de la cual se hace difícil incluso reconocer los rostros de los otros, aún los más cercanos. Esta expresión podría representar la incertidumbre, el desánimo y en consecuencia el miedo al que se enfrentan quienes están reunidos. Un miedo al futuro, a lo diferente, al riesgo, al cambio, tal vez pensando que se puede perder algo y, por lo tanto, es necesario tener las “puertas bien cerradas”. El sentir de los discípulos es hasta un cierto punto algo absolutamente normal, después de haber visto lo que ha pasado con Jesús en la cruz. Tal vez necesitan tiempo para asimilar, o algo que pueda activar en ellos el deseo de emanciparse, de salir, de buscar la luz, el deseo de hacer que ese primer día de la semana que está acabando, se prolongue gracias a una nueva esperanza que aún no pueden ver. El signo de las puertas cerradas representa una situación muy humana para proteger las pocas seguridades que se tienen y, obviamente la propia persona.

Entró Jesús y se puso en medio de ellos

Sin entrar en los debates teológico- exegéticos sobre esta nueva apariencia de Jesús que es capaz de atravesar los muros con un cuerpo de especiales características, pienso más bien en el poder que Jesús tiene para “entrar” en aquel lugar a pesar de encontrar las puertas cerradas. En este, como en tantos otros episodios, asistimos a la estrategia narrativa del cambio de la situación, que se caracteriza justamente por una transformación de las circunstancias, generalmente producida por una iniciativa divina. En nuestro texto, después que Jesús pronuncia las palabras: paz a vosotros, y haber mostrado sus manos y su costado, el evangelio subraya que la tristeza y el miedo que los embargaba se transformó en alegría cuando vieron al Señor (v. 20). El texto es tan espléndido que muestra una suerte de itinerario propuesto una persona cuando se lanza a la aventura de la fe. Jesús pudo haber escogido otro momento para aparecerse, e incluso otras circunstancias. Sin embargo, escogió un momento caracterizado por el miedo de los apóstoles y la ausencia de uno, Tomás, que será uno de los protagonistas clave del pasaje, y sobre el cual quisiera detenerme un momento, mientras analizamos la segunda aparición.

Segunda aparición:

¡Pasan ochos días! Uno se pregunta ¿por qué dejó pasar tantos días? ¿Por qué no sacarlo de la duda en el menor tiempo posible para poder disipar la incertidumbre de Tomás que había oído decir: hemos visto al Señor? El nombre Tomás significa hermano gemelo. Dídimo es un término griego que el evangelista ha utilizado para traducir el arameo Ta’oma’. Detrás de este juego de traducciones, como frecuentemente lo deja ver el cuarto evangelio, se esconde alguna intencionalidad teológica. Dídimo significa gemelo. El gemelo es un doble, es uno que se parece a otro y, en el texto, Tomás desempeña un papel caracterizado por dos momentos: es dominado por la duda que luego resuelve cuando encuentra al Señor, y es a la vez nuestro gemelo porque nos representa directamente en la historia. Es él que a nombre nuestro puede encontrarse cara a cara con el Señor resucitado después de un episodio de incredulidad, haciendo luego la más alta profesión de fe que el evangelio de Juan haya podido registrar: Señor mío y Dios mío. Tomás ha visto y tocado las heridas de Jesús. El texto habla claramente de la señal de los clavos; así, el resucitado tiene un cuerpo que está marcado por una historia de dolor y muerte. Tomás es entonces nuestro gemelo, toca con sus manos las heridas sobre el cuerpo reconociendo no sólo que es un hombre sano, sino que además es Dios en persona.

Una historia de dolor y muerte que se repite toda vez que los seres humanos no somos capaces de reconocer las diferencias y la riqueza de la diversidad. Historia marcada por una mentalidad dominante que ha utilizado el nombre de Dios para reafirmarse y creerse depositaria de la verdad absoluta sobre Dios, aún teniendo que agredir y matar con tal de defender una posición doctrinal. Ese ha sido el dramático escenario que el medioevo testificó en confrontación con la religión islámica, y que tristemente aún hoy vemos algunos países donde las minorías no son bien vistas.

Escuchemos al Santo Padre Francisco

Probablemente muchos piensen que una reflexión de esta naturaleza, o las aproximaciones significativas que ha hecho la Iglesia y el papa Francisco en manera particular, no corresponden a la cruda realidad que aún hoy se vive en países donde conviven cristianos y musulmanes juntos. Hay quienes piensan que hablar de diálogo o demostrar apertura a un eventual encuentro, es signo de debilidad y de falta de reafirmación de la identidad. El papa Francisco ha sido duramente criticado en ciertos sectores de la Iglesia por los gestos de apertura mostrados hacia otras confesiones, considerando que esto debilita la imagen y reputación de la Iglesia y de los cristianos en general.

En el respeto de tales opiniones quisiera simplemente afirmar que un simple gesto de unión y de apertura resulta ser más poderoso, elocuente, eficaz y profético que el deseo de una autoafirmación muchas veces basada en la auto- referencialidad.

Recientemente, a propósito del viaje que hizo a Marruecos, el Santo padre afirmaba que no hay por qué asustarse por las diferencias entre las diversas religiones sino lo que nos debería asustar es la carencia de fraternidad entre las distintas religiones (Audiencia general, 3 de abril, plaza de San Pedro).  Como todos sabéis el Santo Padre ha querido unirse activamente a la celebración del 8 centenario del encuentro entre Francisco y el Sultán al- Malik al- Kamil, y este viaje, como también aquel a los Emiratos Árabes, son la clara muestra de ello.   El potente llamado al diálogo y la edificación de una sociedad abierta, plural y solidaria, así como también la respuesta que debemos dar ante la grave crisis migratoria fueron temas que se colocaron al centro de su mensaje. El Papa hizo un enérgico llamado a recorrer un camino juntos que nos ayude a superar las tensiones e incomprensiones abriéndonos a un espíritu de colaboración fructífera y respetuosa. (Cf. Discurso del Santo Padre: encuentro con el pueblo marroquí, las autoridades, la sociedad civil y el cuerpo diplomático, 30 de marzo de 2019)

Quisiera, por tanto, mis amados hermanos, invitaros a vivir la pascua de este año a la luz de este gran acontecimiento. Es verdad que una opción como la que plantea el Papa puede representar un cierto riego, y nos puede generar miedo e incertidumbre; algo muy parecido a lo que vivieron los apóstoles en el cenáculo a puertas cerradas. Sin embargo, el mismo Pontífice nos anima en su encíclica: “prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades” (EG 49). Me atrevo a hacer mía esta invitación a todos mis hermanos de la Orden, a mis amadas hermanas clarisas y concepcionistas y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad que están cerca de la espiritualidad del Santo de Asís: Salgamos, vayamos al encuentro de lo diferente, abramos las puertas para que entre un nuevo aire, el soplo del Espíritu (cf. Jn 20,22) que nos quiere abrir los ojos a una realidad que es nueva pero fascinante. No pensemos que esto es un signo de debilidad o de renuncia a nuestras convicciones; pensemos más bien que un mundo tan plural como el nuestro tiene urgente necesidad signos elocuentes y proféticos que inviten a la sana y civilizada convivencia.

El pobrecillo de Asís fue un signo para su época y lo sigue siendo después de ocho siglos. Creo que no podemos contentarnos con la idea de conmemorar un evento como éste si nuestro corazón no se abre a la experiencia del otro. Vivir la pascua este año significará seguir el itinerario propuesto el Evangelio de Juan que, sin desconocer el temor y el deseo de cerrar las puertas por miedo, nos indica cómo el evento de la resurrección de Cristo es capaz de transformar nuestra tristeza en gozo (cf. Jn16, 16) y nuestro miedo en valentía para profesar de palabra y con nuestra vida, que Jesús ha resucitado y que él es Señor y Dios nuestro (cf. Jn 20,28).

¡Feliz y Santa Pascua a todos!

Roma, 14 de abril de 2019
Domingo de Ramos

Fr. Michael Anthony Perry, OFM
Ministro general y siervo