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Los 36 que nos justifican ante Dios.

(Roberto Alifano, escritor).- El capítulo 19 del Génesis refiere la destrucción de las ciudades de la llanura. Antes, el Señor le promete a Abraham que si hubiere cincuenta justos en la ciudad no la destruirá. Temeroso de no poder lograr esa cifra, con razonables artilugios de buen regateador, Abraham va induciendo a Dios para que rebaje la pena hasta llegar a diez. Pero su busca es vana, sólo encuentra a un único hombre justo, Lot.

Esta idea de que bastan unos pocos justos para salvar al mundo tiene su eco en la doctrina judía de los Lamed Wufniks. En esa tradición talmúdica, se afirma que en cada instante de la historia existen treinta y seis desconocidos que justifican a la humanidad ante Dios y sostienen al mundo de manera invisible, en absoluto secreto. Se agrega que son extremadamente modestos, humildes y abnegados; esos héroes son tan sigilosos que casi nadie los advierte. Son menos colosales que eficaces; tanto, que la sola cadencia de sus actos alcanza para establecer una frontera entre el cielo y el infierno.

Pues bien, si aceptamos que esa tradición es real, nada nos impide imaginar que tenemos algún Lamed Wufnik cerca de nosotros y esa sola persona nos justifica ante Dios. Y si existe, ¿estará en el Vaticano? ¿Será uno o lo serán todos los hombres de Dios, que le han jurado fidelidad eterna? Hagamos un esfuerzo para encontrarlo y probablemente lo hallaremos.

Tal vez, no serán los protagonistas de las noticias cotidianas, ni se mostrarán con impunidad en la televisión; tampoco aparecerán en actos públicos ni desnudarán sus vidas en Facebook. Sin embargo, si nuestra mirada se agudizara y fuera más sutil, quizá, por un instante los podríamos percibir y dejarnos ensanchar un poco el alma con esos ejemplos.

Porque seguramente también estén ahí. Quizá, no conocemos el nombre, pero podemos intuirlo; puede ser un mendigo de la Plaza San Pedro, un portero, el que sirve el café, o un receloso guardián. También, es probable que debamos resignarnos y seguir con nuestra duda, ya que la cifra de este vasto y misterioso universo del que somos parte no nos permita desentrañarlo jamás.

Los que creemos esencialmente en la bondad y en la pureza de ciertos seres humanos, y pensamos que no todo está perdido en este mundo atravesado, no dudamos que acaso más allá de todo acto de fe, aceptemos convencidos a uno que sobresale en la Santa Sede cumpliendo su misión y es nuestro máximo representante ante Dios.

Si hacemos memoria, el actual papa Francisco, cuando fue elegido el cardenal Ratzinger, se retiró por no sentirse capaz de cumplir con dicha misión; luego (ya conocemos los hechos que llevaron a la renuncia de Benedicto XVI, y lo que ha sucedido desde entonces), lo vimos aquel día memorable, sonriente y complacido desde el balcón, asumir el compromiso que le encomendaba Dios y dirigirse a la feligresía congregada con palabras amables, firmes y proyectadas hacia un futuro que ya vislumbraba no menos complejo que arduo.

Desde entonces, no ha parado de asombrarnos con la tarea de limpieza que viene cumpliendo en el Vaticano, que no es una mera asociación de resignados, sino una enrevesada organización con una cultura propia y una jerarquía secular aceptada incluso más allá de los círculos de cualquier forma de poder.

Quizá, lo que exigen muchos católicos es un cambio de los usos; tarea nada sencilla, aunque no imposible tratándose de un obispo de Roma con mano de hierro como Francisco. Sin embargo, en el mientras tanto se deben corregir los abusos que la milenaria Santa Madre Iglesia viene soportando con escándalos y tenebrosas crisis, que la hacen tambalear ante sus fieles. Francisco fue elegido por las parroquias del mundo para enfrentar esa grave enfermedad que la roe desde las entrañas mismas. Aceptemos entonces lo que se viene dando, que nos es poco.

Por consiguiente, más que de revolución, la mayoría de los bien intencionados cardenales y obispos de la Curia Vaticana, prefieren hablar de «restauración» para definir los -a veces- enojosos cambios que impulsa el pontificado de Francisco y al que aparentan no temerle por la concepción conservadora del término, y reconocen que eso es lo que el crucifijo le dijo a San Francisco de Asís: «ve y restaura mi Iglesia».

Suelen agregar, además, con intención menos polémica que conciliadora, que el camino elegido, a pesar del escozor que ocasiona, «significa volver al origen de la Iglesia, a las raíces del Evangelio, para aplicarlo de modo literal, sin interpretaciones capciosas». No obstante, se percibe a las claras que, inclusive, provoca hasta cierta molestia tocar el tema. Más todavía si se trata del concreto y enojoso asunto del dinero, donde la Iglesia nunca estuvo ausente ni fue indiferente. No olvidemos las sagas de la PDue, con los mentores, el cardenal Marcinkus, y Gelli y Roberto Calvi.

Sin demasiados números a la vista; tampoco nos sentimos con capacidad para hacerlo, con su habitual transparencia, el papa Francisco decidió hace algún tiempo poner en una caja de cristal, en una auténtica caja de cristal, los fondos de IOR. El decidido cardenal australiano George Pell, actual Prefecto de la Secretaría de Economía de la Santa Sede, es el responsable de ordenar ese supuestamente conflictivo aparato financiero.

En su fase 1, como parte de esa cruzada, se empezó por cerrar 3.000 cuentas y el bloqueó de otras 2.000; también se blanquearon a 1.329 clientes individuales y a 762 clientes institucionales. Unas 2.600 cuentas se encontraban desde hace tiempo no operativas y, por lo tanto, eran consideradas como «durmientes». El resto, otras 396, fueron canceladas por pertenecer a sujetos «no blanqueados debidamente» que no debían tener acceso al banco (recordamos aquí aquel encuentro que en la ficción cinematográfica del Padrino, III parte, mantiene el protagonista con Juan Pablo I: «Nosotros también queremos lavar nuestro dinero -le dice el rufián al Papa-; queremos que se transforme en agua bendita», frase que bien pudiera pertenecer a un diálogo de Shakespeare, pero bien pudo haber sido real.)

Se comenta en los mentideros de Italia, por supuesto que con la debida prudencia, que la existencia de esas cuentas era un secreto a voces, siempre negado por las anteriores autoridades del IOR. Eran conocidas como «cuentas laicas» y pertenecían a famosas personalidades del mundo de la política, a los invisibles organismos financieros del mundo o, concretamente, a grupos mafiosos.

¿No será el mismísimo papa Francisco uno de esos justos, verdadero martillo de Dios, para restaurar la Iglesia tal cual se lo encomendó hace once siglos el Señor al «poverello de Asis»?

Via RD

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Escrito por Redacción

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