Las clarisas se van de Teruel, siete siglos después.

Convento de las Clarisas. Foto: OFM Valencia

El Convento de Santa Clara de Teruel cerrará próximamente sus puertas después de siete siglos de permanencia en la ciudad. Sus patronos son los franciscanos Juan de Perugia y Pedro de Saxoferrato, de los primeros seguidores de San Francisco de Asís.

Las cuatro monjas de clausura que desde hace años viven solas en el convento, también conocido como de las monjas de arriba o clarisas, tienen una edad que ronda los 90 años. Por ello, y debido a problemas de salud, serán trasladadas a Valencia, donde se ubica la cabecera de la orden monástica.

Económicamente, el Convento de Santa Clara dependía de rentas, en su mayor parte procedentes del Ayuntamiento de Teruel, del que eran prestamistas.

El monasterio, fundado en 1347 por la reina de Aragón Leonor de Sicilia, esposa de Pedro IV el Ceremonioso, fue el único femenino hasta el siglo XVII y lugar de acogida para las hijas de las élites locales ya que resultaba más barato colocarlas en la clausura que pagarles una dote matrimonial.

El convento ha sido reconstruido varias veces y siempre ha estado vinculado a la ciudad de Teruel. Cuenta con una voluminosa Iglesia, donde se celebran festejos significativos en las tradiciones locales como el del 29 de agosto, cuando se reciben a los santos mártires franciscanos desde las rejas de la Iglesia.

También en la iglesia de este convento se celebra en febrero la fiesta de la Presentación o Candelaria y cada martes santo, las monjas se asoman a las rejas de las ventanas para ver a la virgen en procesión.

Interior de la iglesia. Foto: OFM Valencia

PALACIO REAL DE TERUEL

El convento ocupa lo que fue el palacio real en Teruel, en un amplio espacio junto a la muralla con vistas a la vega del Turia. En el siglo XVIII, con la llegada de los Borbones, el Ayuntamiento se encontraba en quiebra, por lo que fue una época comprometida para la supervivencia monástica.

El convento estuvo en riesgo de desaparecer por falta de novicias y el envejecimiento de las pocas que quedaban. El ayuntamiento no les pagaba los créditos y, por lo tanto, tenían que subsistir con lo que producía el huerto y ninguna mujer aspiraba a entrar en clausura.

Un regidor del Ayuntamiento, Tomás Barrachina, que además era abogado del obispo e inquisidor general, Francisco Pérez Prado, consiguió que Fernando VI recuperase una renta sobre las salinas de Armillas, perteneciente a la santa limosna legada en el siglo XV por Francisco de Aranda. Esa renta se destinó a pagar dotes para que hubiera monjas en el convento.

La falta de novicias para los conventos de clausura ya ha obligado a cerrar otros monasterios como los de Gea de Albarracín, Báguena o Albarracín. Asimismo, el Convento de las Carmelitas de Teruel se encuentra en una situación similar debido al número reducido de miembros de la comunidad.

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