in

LAICOS Y CAPUCHINOS

Compartimos con todos nuestros lectores un material para la formación.

LAICOS Y CAPUCHINOS

Tres temas previos

 

1. Un tiempo de gracia

 a) Reflexión:      “Ahora es tiempo de gracia, ahora es tiempo de salvación” (2 Cor 6,2)

Salvadas las distancias, esta frase de san Pablo, muy traída y llevada, puede ser aplicada a nuestra situación actual como laicos y religiosos capuchinos en la coyuntura de la creación de la nueva provincia de España.

Todos sabemos que esta unificación se ha hecho motivada por la situación delicada, en obras y personal, en que nos hallamos los capuchinos (y casi todas las congregaciones en España). Puede ser entendida como una manera de intentar salvar los muebles, pero también puede haber una lectura fraterna y espiritual: en nuestra debilidad queremos seguir viviendo el franciscanismo al modo capuchino en el mejor modo posible.

Lo mismo pasa en los grupos de laicos franciscanos: siempre ha habido laicos atraídos por el carisma franciscano. Los sigue habiendo, tanto en edades juveniles como adultos. Todos esos caminos son buenos y hay que seguir en ellos. Pero también hay un colectivo de personas franciscanas que no han encontrado un cauce adecuado, o que quieren dar un paso más en este momento de su vida. Puede ocurrir, así mismo, que entre las ofertas de franciscanismo puedan surgir modos sencillos que puedan ayudar y ser cauce para personas que hambrean a Jesús y a Francisco y Clara. También para los laicos puede ser un tiempo de gracia.

Nosotros creemos que Dios actúa en nuestra vida y que lo hace en las mediaciones históricas. Los franciscanos pensamos que Dios actúa en mediaciones sencillas, humildes, pobres, poco organizadas, que apuntan más al corazón que a la estructura. Pues bien, este camino conjunto de laicos y de hermanos capuchinos en el marco de la nueva provincia puede ser un tiempo de gracia para algunos de nosotros, ojalá para muchos.

Es conmovedor aquel pasaje bíblico aquel pasaje bíblico de la fuga de Elías al monte Horeb: en el violento huracán no estaba el Señor, en el terremoto terrible tampoco ni en el fuego abrasador. “Después del fuego se oyó una brisa tenue; al sentirla, Elías se tapó el rostro con el manto y se puso en pie a la entrada de la cueva. Entonces oyó la voz del Señor” (1 Re 19,13). Puede ser que esta “brisa tenue” sea para nosotros la posibilidad de un camino conjunto espiritual y franciscano entre laicos y capuchinos.

Ya decía también aquel hermoso salmo 95 “Si hoy escucháis la voz del Señor, no endurezcáis el corazón”. Podríamos decirlo de manera más positiva: “Si hoy escuchas la voz del Señor, llénate de gozo e ilusión”. Quizá esta sea voz del Señor para ti.

Francisco alababa a Dios “por el hermano viento”, refiriéndose al viento normal. Pero también podría alabar por este vientecillo que ha brotado entre nosotros. Alabémosle, admirémosle porque de los viejos troncos de nuestros caminos puede brotar la vida. Creamos en el amor del Padre que hace brotar la hierbecilla de la esperanza a través de las grietas del sofocante y opresivo asfalto.

 

Reflexiona: ¿Te parece que realmente este puede ser un tiempo de gracia? ¿Cómo lees espiritualmente el hecho de la unificación de provincias?

Ora: Tomad la oración de Francisco ante el Cristo de san Damián. Poned un poco de música de fondo. Leedla tres o cuatro veces intercalando momentos de silencio.

 

 

2. Ideales comunes

Reflexión:            “Una es la esperanza a la que habéis sido llamados” (Ef 4,4)

  Es una evidencia que, hasta hace poco, los grupos que hay dentro de la misma Iglesia eran muy autónomos. Como se suele decir, hacía cada uno la guerra por su cuenta. Pero las cosas han cambiado entre nosotros: el empobrecimiento vocacional, la dificultad para vivir la fe y, más positivamente, el desafío de la globalización ha obrado el beneficio de mirarnos, de ver que nos necesitamos y, mejor aún, intuir que podemos ayudarnos a vivir lo que queremos vivir, nosotros en concreto el ideal franciscano.

Y así resulta que los hermanos miramos a los laicos (y no solamente porque no tenemos ya muchos brazos para llevar adelante nuestras obras) y los laicos miran a los hermanos para encontrar apoyo y amparo. Es decir, nos miramos para descubrir algo elemental: que los carismas no son propiedad de nadie y que, vividos en común, salvando las peculiaridades de cada opción personal, puede ser algo muy beneficioso.

O sea: nuestro ideal es común, aunque tengamos cada grupo, cada persona incluso, su manera peculiar de ver el asunto. Se cumple en nosotros, de modo eximio, aquel dicho admitido por casi todos de que es mucho más lo que nos une que lo que nos separa. Pues bien, el camino franciscano conjunto laicos religiosos capuchinos que queremos ir construyendo en estos años parte de esa convicción: tenemos un ideal común que podemos compartir. Y, al compartirlo, nuestra vida cristiana y franciscana puede salir potenciada.

El camino de la unidad de vidas y de corazones ha sido siempre una batalla en el camino cristiano (en el camino humano) como se ve en casi todos los textos del nuevo testamento. San Pablo se ha desgañitado hablando de esto a tiempo y a destiempo. Ha luchado contra las divisiones de manera directa porque lo importante, decía, no es Pablo o Pedro o Apolo, sino Jesús. Ser uno, esa era su obsesión.

Pero Pablo ha comprendido que esto no sería real ni posible si no se respeta la diversidad. Por eso, ha retomado la vieja idea del “cuerpo” y ha concluido que el cuerpo es uno aunque los miembros sean diversos (1 Cor 12,1-31). Esto habría de darnos luz y ánimo a la hora de comenzar este camino espiritual conjunto entre laicos y hermanos religiosos capuchinos: hemos de tener el ideal común de Jesús, de Francisco y Clara. Pero hemos de aprender a respetar las peculiaridades, las formas diversas, incluso las ausencias y alejamientos. Si se pierde este respeto, el camino común se hace imposible.

Francisco creía en el valor de los ideales comunes porque creía en la centralidad de la fraternidad tanto como en el Evangelio. Francisco dice que amar y servir al hermano es “obedecer a Jesucristo” (1 Re 5,14-15). ¡Ahí es nada! La obediencia al Evangelio pasa necesariamente por la fraternidad. Por eso creemos que fomentar un ideal común, un camino común, un acompañamiento común es un acierto desde el punto de vista evangélico y franciscano.

Ese es el camino que comienza este movimiento sencillo de ideal compartido entre laicos y religiosos capuchinos. No sabemos qué puede dar esto de sí. Pero estamos seguros que tiene el beneplácito de Francisco y Clara.

 

Reflexiona: ¿Cómo animar, tanto a laicos como a religiosos capuchinos, a compartir su ideal? Tratar de decir algo concreto.

Ora: Lee 1 Re 5,14-45 varias veces, intercalando silencios y música. Que cale el mensaje de la fraternidad esencial.

 

3. Un franciscanismo adulto y social

 

Reflexión:            “Que el Señor os refuerce y os robustezca interiormente” (Ef 3,16)

 En la comunidad cristiana, justo es reconocerlo, ha habido muchas tutelas: el clero ha tutelado al laicado, los religiosos a las religiosas, los docentes a los “discentes”, los jerarcas al pueblo. Estas tutelas han llevado a un inevitable infantilismo y dependencia. Pero hace tiempo que ha sonado la hora de la adultez cristiana. San Pablo ha puesto siempre como ideal el cristiano adulto y robusto, capaz de tomar decisiones por él mismo.

La vida franciscana no se ha librado de esos tutelajes. Y ha llegado a creer que los verdaderos y únicos poseedores del carisma éramos las órdenes franciscanas (religiosos, Clarisas algo menos y en tercer lugar los laicos franciscanos). Pero esos caminos que llevan a la dependencia se han acabado. Por causa de la emancipación social y por la evolución de la espiritualidad cristiana, hemos entendido que el tiempo de los tutelajes ha acabado y ha llegado el tiempo de la adultez.

El camino conjunto de laicos y religiosos capuchinos que ahora comenzamos es un camino para gente adulta y que tiene la adultez como ideal. Eso supone una manera de entender la relación en la que nadie es más que nadie ni menos que nade, sino que todos, en base a la igualdad, compartimos los ideales y los caminos, la palabra y la oración, los gestos y la solidaridad como personas adultas que se respetan y aman. Es el viejo sueño de la fraternidad de Jesús y el nuevo sueño siempre por lograr.

Pensamos que un modo de conseguir esa adultez cristiana y franciscana es mezclar a nuestra experiencia espiritual una dosis de vivencia social. Es decir: así como la vida real se cuece en las cuestiones sociales (trabajo, dinero, relaciones, mercados, solidaridad, pobreza, etc.) en ese mismo escenario habrá que situar la experiencia franciscana.

De ahí que, desde el inicio, creamos que es preciso caer en la cuenta de la necesidad de mezclar franciscanismo y vida, pensamiento espiritual franciscano y realidad social aceptando los retos que plantea el momento presente a la espiritualidad franciscana.

Si nuestra vivencia de lo franciscano no nos ayuda a crecer en adultez habríamos fracasado. Y esa adultez he de influir en nuestras relaciones cercanas, en nuestra vivencia social y en el sentido de nuestra propia vida persona. Ese es el reto.

 

Reflexiona: ¿Te parece que, tanto laicos como religiosos capuchinos, estamos logrando vivir una experiencia cristiana adulta? Dar algunos ejemplos.

Ora: Leer la Admonición 17 varias veces, intercalando espacios pequeños de música y silencio.

 

 

 

Comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Cargando...

0

Comentarios

0 Comentarios

Escrito por Redacción

Continúan las obras en Sabastiya: ampliación de la casa de huéspedes y futura sala de conferencias

Jóvenes de Tierra Santa