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La verdadera primavera se ve en los frutos.

(Via www.agenciasic.es)

Queridos hermanos y amigos:

Paz y Bien. En este pequeño planeta más globalizado que nunca, no es posible que haya cuestiones de las que tienen una cierta envergadura, que queden en el anonimato de la ignorancia, o que su conocimiento tarde demasiado tiempo en ser desvelado. Por este motivo, cualquier asunto relevante tiene de modo inmediato su eco y comentario en el mundo. Ya se trata de una noticia religiosa, económica, política, cultural, deportiva, súbitamente tenemos acceso al suceso. Ganamos, sin duda alguna, en inmediatez por la rapidez de los medios de comunicación social. Pero perdemos en hondura y mesura a la hora de evaluar lo que acontece, por faltarnos el tiempo y la perspectiva que nos permite sopesar con calma las cosas.

Hace unos meses nos sorprendíamos con los acontecimientos que sucedían en el mundo árabe de los países mediterráneos. Entre la sorpresa y la euforia, no pocos analistas calificaron de “primavera árabe” o de “caída del muro árabe” lo que estaba sucediendo en Túnez, lo que luego sucedió en Libia y lo que sigue sucediendo en Egipto.

A finales de septiembre estuve en Asís participando en el II Encuentro de Obispos franciscanos de todo el mundo. Pude escuchar el testimonio de varios hermanos Obispos que trabajan pastoralmente en esas zonas. Era un relato fraterno que no tenía detrás intereses políticos o económicos, sino sencillamente testimoniar el sufrimiento de tantas personas inocentes, de tantos niños y mujeres, que a diario se les quitaba la vida o se la condicionaba para siempre arrancando la esperanza de sus corazones. Más conmovedor era todavía el relato con el que ellos contaban la persecución, la conculcación de derechos humanos básicos, y finalmente la masacre, de las comunidades cristianas en aquellos lares.

El Papa ha dicho este pasado miércoles algo importante con el dolor propio de un padre: “estoy profundamente apenado por los episodios de violencia que han tenido lugar en El Cairo el pasado domingo. Me uno al dolor de las familias de las víctimas y de todo el pueblo egipcio, lacerado por los tentativos de socavar la coexistencia pacífica entre sus comunidades, que, en cambio, es esencial salvaguardar, sobre todo en este momento de transición. Exhorto a los fieles a rezar para que aquélla sociedad goce de una verdadera paz, basada en la justicia, en el respeto de la libertad y la dignidad de cada ciudadano”.

Todo movimiento social tiene su contraste y ambivalencia, que es preciso sopesar con una razón asistida por la justicia y la libertad, esas que nos salvaguardan de la ideología y del fanatismo. Hemos asistido a manifestaciones en Europa recientemente, como asistimos a estas que se están dando en estos países árabes. Siempre tenemos la tentación simplista de entronizar o demonizar, cuando la realidad nos impone más bien la justa mesura sin complejos y sin precipitaciones, para poder evaluar lo que de positivo, de ambiguo o de negativo pueda tener un movimiento en nuestra sociedad. Porque con la mejor buena intención o con una irresponsable ingenuidad podemos saludar como primavera algo que está escondiendo nuevos y crudos inviernos, si continúan amparando las mismas o peores intolerancias, violencias y falta de derechos, aunque sean otros quienes las gestionen.

Para los amigos del buenismo tibio y desinformado, es bueno recordar las palabras de Will Durant: «Una gran civilización no es conquistada desde fuera hasta que no se ha destruido a sí misma desde dentro». Nosotros como cristianos no quisiéramos ser conquistados por nadie, y por el contrario queremos y podemos dialogar con todos, no en un encuentro vacío de compromiso y de traición a la propia identidad, sino desde la lealtad de ofrecer nuestra perspectiva católica en la vida pública, como quien comparte lo que a nosotros se nos ha concedido inmerecidamente de parte de Dios, cuya herencia y patrimonio, la Iglesia custodia, defiende, celebra y anuncia con fidelidad creativa y con apasionada pasión.

El Papa ha vuelto a levantar la voz por quienes en estos momentos peor lo están pasando: los cristianos en Egipto. Recemos por este antiguo país como nos ha pedido el Santo Padre, para que la paz y la justicia, la libertad y la dignidad, les ayude a ver germinar la verdadera primavera que traiga frutos de bien. Porque la verdadera primavera que llena de luz y esperanza nuestra vida, se ve en los frutos, no en el calendario o en las apariencias.

Recibid mi afecto y mi bendición.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm

Arzobispo de Oviedo

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Escrito por Redacción

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