La santidad, un camino de transformación personal y social.

El 1 noviembre celebramos la solemnidad de “todos los santos y santas” y quisiera retomar algunos párrafos de la encíclica del papa Francisco, SOBRE EL LLAMADO A LA SANTIDAD EN EL MUNDO ACTUAL. EXHORTACIÓN APOSTÓLICA GAUDETE ET EXSULTATE.

“Alegraos y regocijaos» (Mt 5,12), dice Jesús a los que son perseguidos o humillados por su causa. El Señor lo pide todo, y lo que ofrece es la verdadera vida, la felicidad para la cual fuimos creados. Él nos quiere santos y no espera que nos conformemos con una existencia mediocre, aguada, licuada” (1). Ver la santidad como una alegría y regocijo… ¡la santidad no es algo aburrido, de personas serias y hasta bravas en su apariencia!

“Mi humilde objetivo es hacer resonar una vez más el llamado a la santidad, procurando encarnarlo en el contexto actual, con sus riesgos, desafíos y oportunidades” (2). Este planteamiento del papa es novedoso, al decir que el camino de santidad tiene que ser encarnado, y que es un camino que incluye “riesgos y desafíos”, es decir, no es algo estático, un tipo de santidad como alcanzar un lugar tipo premio.

“Los santos que ya han llegado a la presencia de Dios mantienen con nosotros lazos de amor y comunión. Lo atestigua el libro del Apocalipsis cuando habla de los mártires que interceden…6,9-10” (4); este enfoque de creer que con los santos estamos en comunión y que interceden por su santidad martirial, es algo que necesitamos activar en la práctica de la fe cotidiana: los santos no son solo para estarles “pidiendo o rogando”, están con nosotros en el camino de la vida, en comunión de amor.

Este es un párrafo novedoso y hasta atrevido en la práctica tradicional de la Iglesia, la santidad colectiva hecha pueblo, y la santidad cotidiana de los sencillos y sencillas:

“No pensemos solo en los ya beatificados o canonizados. El Espíritu Santo derrama santidad por todas partes, en el santo pueblo fiel de Dios, porque «fue voluntad de Dios el santificar y salvar a los hombres, no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo, que le confesara en verdad y le sirviera santamente». El Señor, en la historia de la salvación, ha salvado a un pueblo. No existe identidad plena sin pertenencia a un pueblo. Por eso nadie se salva solo, como individuo aislado, sino que Dios nos atrae tomando en cuenta la compleja trama de relaciones interpersonales que se establecen en la comunidad humana: Dios quiso entrar en una dinámica popular, en la dinámica de un pueblo” (6).

“Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: a los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo. En esta constancia para seguir adelante día a día, veo la santidad de la Iglesia militante. Esa es muchas veces la santidad «de la puerta de al lado»” (7).

La santidad no es dominio de la jerarquía eclesial, no la manejan los obispos, no está depositada como un tesoro en alguna persona por su estatus jerárquico o ministerial, la santidad como dijo Jesús (MT 11), comienza en los “sencillos y humildes”, eso resalta el papa:

“Dejémonos estimular por los signos de santidad que el Señor nos presenta a través de los más humildes miembros de ese pueblo que «participa también de la función profética de Cristo, difundiendo su testimonio vivo sobre todo con la vida de fe y caridad” (8).

¿quién diría que la santidad se da fuera de la Iglesia? Eso plantea el papa, porque la santidad está relacionada con el Espíritu, no con el dominio jerárquico o por ser “eminencia”, sino por dejarse llevar por el Espíritu:

“La santidad es el rostro más bello de la Iglesia. Pero aun fuera de la Iglesia Católica y en ámbitos muy diferentes, el Espíritu suscita «signos de su presencia, que ayudan a los mismos discípulos de Cristo»” (9).

“Para ser santos no es necesario ser obispos, sacerdotes, religiosas o religiosos. Muchas veces tenemos la tentación de pensar que la santidad está reservada solo a quienes tienen la posibilidad de tomar distancia de las ocupaciones ordinarias, para dedicar mucho tiempo a la oración. No es así. Todos estamos llamados a ser santos viviendo con amor y ofreciendo el propio testimonio en las ocupaciones de cada día, allí donde cada uno se encuentra” (14). La santidad además de ser colectiva, es un camino de toda la vida en la realidad que vivimos, en lo más existencial de cada uno, en su historia personal. Es vivir desde el Espíritu de Jesús, desde su modo de ser y actuar en la historia.

Otro de los tantos aportes de esta exhortación pastoral del papa Francisco es la cristología relacionada con el Reino y Jesús en la perspectiva de la santidad, Jesús y reino de Dios es la fórmula de seguimiento y misión en el cristianismo.

“Como no puedes entender a Cristo sin el reino que él vino a traer, tu propia misión es inseparable de la construcción de ese reino: «Buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia» (Mt 6,33). Tu identificación con Cristo y sus deseos, implica el empeño por construir, con él, ese reino de amor, justicia y paz para todos”.

La propuesta del papa apunta a una construcción de la santidad de manera procesal:

“Nos hace falta un espíritu de santidad que impregne tanto la soledad como el servicio, tanto la intimidad como la tarea evangelizadora, de manera que cada instante sea expresión de amor entregado bajo la mirada del Señor. De este modo, todos los momentos serán escalones en nuestro camino de santificación”.

Desde donde plantea el papa los obstáculos de la santidad, retoma dos paradigmas o “herejías” que afectaron el proceso de comprensión o distorsionaron la fe en Jesucristo y el Reino de Dios:

“El gnosticismo supone «una fe encerrada en el subjetivismo, donde solo interesa una determinada experiencia o una serie de razonamientos y conocimientos que supuestamente reconfortan e iluminan…Gracias a Dios, a lo largo de la historia de la Iglesia quedó muy claro que lo que mide la perfección de las personas es su grado de caridad, no la cantidad de datos y conocimientos que acumulen…Conciben una mente sin encarnación, incapaz de tocar la carne sufriente de Cristo en los otros, encorsetada en una enciclopedia de abstracciones…Pero estemos atentos. No me refiero a los racionalistas enemigos de la fe cristiana. Esto puede ocurrir dentro de la Iglesia, tanto en los laicos de las parroquias como en quienes enseñan filosofía o teología en centros de formación.” (36-37).

“Precisamente, algunas corrientes gnósticas despreciaron la sencillez tan concreta del Evangelio e intentaron reemplazar al Dios trinitario y encarnado por una Unidad superior donde desaparecía la rica multiplicidad de nuestra historia” (43).   Otro aspecto que el papa Francisco resalta es:

“Porque el poder que los gnósticos atribuían a la inteligencia, algunos comenzaron a atribuírselo a la voluntad humana, al esfuerzo personal. Así surgieron los pelagianos y los semipelagianos. Ya no era la inteligencia lo que ocupaba el lugar del misterio y de la gracia, sino la voluntad… En este caso, detrás de la ortodoxia, nuestras actitudes pueden no corresponder a lo que afirmamos sobre la necesidad de la gracia, y en los hechos terminamos confiando poco en ella. Porque si no advertimos nuestra realidad concreta y limitada, tampoco podremos ver los pasos reales y posibles que el Señor nos pide en cada momento, después de habernos capacitado y cautivado con su don. La gracia actúa históricamente y, de ordinario, nos toma y transforma de una forma progresiva” (50).

Sobre este obstáculo de la santidad, el papa continúa resaltando: “Todavía hay cristianos que se empeñan en seguir otro camino: el de la justificación por las propias fuerzas, el de la adoración de la voluntad humana y de la propia capacidad, que se traduce en una autocomplacencia egocéntrica y elitista privada del verdadero amor. Se manifiesta en muchas actitudes aparentemente distintas: la obsesión por la ley, la fascinación por mostrar conquistas sociales y políticas, la ostentación en el cuidado de la liturgia, de la doctrina y del prestigio de la Iglesia, la vanagloria ligada a la gestión de asuntos prácticos, el embeleso por las dinámicas de autoayuda y de realización autorreferencial. En esto algunos cristianos gastan sus energías y su tiempo, en lugar de dejarse llevar por el Espíritu en el camino del amor” (57).

Dejando los aspectos que el papa señala sobre los obstáculos al camino de santidad, retomemos lo central de esta exhortación sobre el camino de la santidad hoy, la cual pasa por las Bienaventuranzas:

“Esa reflexión podría ser útil, pero nada es más iluminador que volver a las palabras de Jesús y recoger su modo de transmitir la verdad. Jesús explicó con toda sencillez qué es ser santos, y lo hizo cuando nos dejó las bienaventuranzas (cf. Mt 5,3-12; Lc 6,20-23). Son como el carnet de identidad del cristiano. Así, si alguno de nosotros se plantea la pregunta: «¿Cómo se hace para llegar a ser un buen cristiano?», la respuesta es sencilla: es necesario hacer, cada uno a su modo, lo que dice Jesús en el sermón de las bienaventuranzas” (63). “La palabra «feliz» o «bienaventurado», pasa a ser sinónimo de «santo», porque expresa que la persona que es fiel a Dios y vive su Palabra alcanza, en la entrega de sí, la verdadera dicha” (64).

Esta propuesta exhortativa del papa Francisco, nos plantea nuevos caminos, enfoques y praxis (ortopraxis), que iluminan por donde ver y practicar caminos de espiritualidad eclesial y pastoral que retomen la santidad más allá de mentalidades “puritanas”, “dualistas” y “fundamentalistas”; además es importante desconstruir los caminos de santidad lejanos a lo propuesto por Jesús, a su modelo de vida y la Buena Noticia del Reinos de Dios. Les propongo a que lean con corazón y mente esta exhortación apostólica donde intencionalmente no se encuentra explícita la palabra “pecado”, es decir, la santidad no se define desde el pecado, sino desde la gracia y el amor.

 

Fr René Arturo Flores. JPIC, El Salvador.

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