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LA POBREZA FRANCISCANA EN NUESTRO MUNDO ACTUAL. Por Eloi Leclerc

A continuación ofrecemos el texto de la ponencia del P. Leclerc en el Capítulo general extraordinario celebrado por los Franciscanos (OFM) en Asís del 14 al 30 de octubre de 1976, con motivo del 750 aniversario de la muerte de san Francisco. Este Capítulo se centraba sobre todo en la reflexión, estudio y oración, oración individual y en grupos, acerca de unos puntos fundamentales del carisma franciscano. De ahí que las ponencias, más que conferencias en sentido académico o docente, eran exposiciones que ofrecían sugerencias y pautas para la meditación y diálogo de los capitulares.

Después del texto de la ponencia, ofrecemos la síntesis que los PP. Deblock, Pili y Schalück hicieron de la misma junto con las reflexiones y orientaciones de futuro que afloraron en el Capítulo.

La cuestión de la pobreza estará siempre a la orden del día en la familia franciscana, pues atañe a la inspiración primera de la misma y, por consiguiente, a su identidad profunda. Sabemos el papel fundamental que ha jugado la pobreza en la andadura religiosa de san Francisco de Asís y en su proyecto de vida evangélica. Muy pronto la pobreza se impuso a Francisco como la base indispensable e irrebasable de una experiencia evangélica auténtica e integral y por esta razón se aferró a ella con la mayor firmeza y con el más loco amor. Inspirándose en los sentimientos de los trovadores hacia su dama, quiso ser el caballero servidor de Dama Pobreza, la Dama abandonada a la que el Altísimo Hijo de Dios amó y desposó.

Seducidos por este ejemplo, también nosotros hemos escogido y prometido vivir en la pobreza, siguiendo a Cristo pobre. La existencia de la familia franciscana, su vocación propia dentro de la Iglesia y su poder de irradiación en el mundo dependen, hoy como ayer, de esta elección y de esta pobreza. La vida franciscana no es nada si no es una vuelta permanente y realista al Evangelio. Esta vuelta comienza siempre por el redescubrimiento de la pobreza. Este redescubrimiento es el que tenemos que hacer en nuestro mundo de hoy.

Este mundo en el que vivimos no nos facilita la tarea. Desde siempre, sin duda, los hombres han considerado la pobreza como un mal, como una fuente de miseria y degradación; y se han esforzado por librarse de ella en cuanto les era posible. Pero hoy la sociedad parece muy decidida a desembarazarse de la pobreza para siempre. A la repulsión instintiva y ancestral con que se consideraba ésta, le ha seguido, en los hombres de nuestro tiempo, una voluntad deliberada y decidida de eliminar la pobreza de este mundo.

Esta voluntad se apoya, a la vez, sobre una idea alta de la dignidad del hombre, sobre una conciencia creciente de la solidaridad humana y sobre la convicción optimista, nacida del progreso de las ciencias y las técnicas, de que hoy estamos en condiciones de combatir eficazmente la pobreza tanto a nivel de los pueblos como de los individuos.

La Iglesia misma se encuentra comprometida en esta lucha contra la pobreza. En nombre de la justicia social y del ideal evangélico de fraternidad, ella se presta a ayudar a los pobres a liberarse de su pobreza y miseria. Todo cristiano tiene que solidarizarse en esta lucha contra una pobreza sufrida y opresiva.

Surge aquí una dificultad: ¿cómo conciliar esta solidaridad necesaria y la elección de la pobreza como ideal de vida? ¿Cómo situar nuestro proyecto de pobreza evangélica en este contexto de lucha contra la pobreza?

Pero no radica ahí la principal dificultad. Todo sería relativamente sencillo si, tras esta lucha, no apareciese un tipo de sociedad que intenta extender por todos lados su reino. Esta sociedad es la sociedad del gran consumo. Se presenta como el remedio universal a la penuria. Reconozcámoslo honestamente: en todos los sitios donde este tipo de sociedad se ha implantado ha conseguido, efectivamente, poner a la disposición de la mayoría «objetos» que, sin ella, hubieran seguido siendo un privilegio de los más ricos: la nevera, la lavadora, los electrodomésticos, el coche, etc., sin hablar de los cuidados sanitarios y de los medios de cultura. Esta sociedad del gran consumo de masas no sólo ha creado riquezas, sino que ha hecho mucho para repartirlas mejor. De esta forma, ha contribuido a mitigar el dolor de los hombres y a brindarles una auténtica promoción humana. Esto no se puede negar y debe apuntarse en el activo de este tipo de sociedad.

Sin embargo, la sociedad de consumo no se detiene ahí. Lejos de contentarse con satisfacer las necesidades reales de los hombres, se ingenia, mediante una publicidad sabiamente orquestada, en multiplicar artificialmente las necesidades. Se trata de conducir al hombre a consumir siempre más, siempre más deprisa, proponiéndole siempre más objetos y suscitando así siempre más apetencias.

Ahora bien, al proporcionar al hombre siempre más facilidades y comodidad, anticipándose a sus deseos, esta civilización abona en los espíritus la idea de que, gracias al progreso material y con dinero, el hombre lo puede todo. Puede esperarlo todo. Puede resolver todos los problemas: salud, seguridad, cultura, relaciones sociales, etc.

Tal es la sociedad en la que vivimos y con la que nos enfrentamos en nuestro proyecto de pobreza evangélica. De cara a esta situación, son posibles varias actitudes.

La primera y la más común es la de adaptación y compromiso. Un cierto realismo, la inquietud por la eficacia, conducen de forma muy natural a servirse de los medios y también a aprovechar las ventajas que nos ofrece la sociedad de consumo. Y esto tanto en el plano de la acción como en el de la cultura y de las distracciones. Pronto se adapta uno. A veces muy bien. La realidad, sin duda, es cuestión de matices. Pero debemos reconocer que es muy fácil, incluso para hombres que han hecho profesión de pobreza evangélica, dejarse ganar insensiblemente por el medio ambiente e instalarse finalmente en la sociedad de consumo. La adaptación puede ser tan perfecta que uno ni siquiera se plantee problemas. Ya no se rechaza nada. Hay hermanos menores que se mueven hoy en esta sociedad como peces en el agua. Pero entonces, ¿qué queda de nuestra identidad profunda? No somos ya más que consumidores como los demás.

Semejante actitud es mucho más fácil por cuanto una formación religiosa de carácter estrechamente jurídico nos ha habituado, quizás, a pensar y a vivir nuestra pobreza en términos de observancia legal, como si se tratara de una fidelidad a un código bien determinado. Ahora bien, las reglas y las directrices de otro tiempo se encuentran hoy desprovistas de significado, porque los objetos muy limitados a que afectaban, han perdido hoy todo valor o incluso ya no se encuentran. Entonces, nos sentimos libres por completo desde el punto de vista de la ley, en relación a la masa de objetos nuevos que excitan hoy nuestras apetencias. Una voluntad de pobreza no puede ya mantenerse apoyándose simplemente en una regla precisa, refiriéndose a una lista de cosas permitidas y de cosas prohibidas. Esta voluntad de pobreza debe superar necesariamente el cuadro jurídico y depender de una libre determinación.

Quizá algunos se sientan tentados a remediar esta actitud de abandono práctico de nuestra pobreza refugiándose en una pobreza completamente espiritual. Pero si bien es verdad que la pobreza se califica sobre todo por su dimensión espiritual, no puede ser, sin embargo, ni evangélica ni franciscana ni verdaderamente espiritual, si descuida la dimensión económica. Y ésta incluye necesariamente una restricción de los bienes materiales, restricción debida a nuestra libre determinación y no a la imposibilidad de «actuar de otra forma».

Pero, ¿es suficiente recurrir a la libertad en este terreno? Y, ¿qué será lo que provea de alas a nuestra libertad? Nuestra voluntad de pobreza, para iniciar su vuelo, necesita encontrar la inspiración primera y su entusiasmo. Sólo esta inspiración y este entusiasmo pueden darle el impulso necesario. Algunos entre nosotros parecen haberlo comprendido; preconizan una vuelta al radicalismo profético de Francisco, vuelta que se traduciría en una actitud contestataria y aun revolucionaria respecto a la sociedad que nos rodea. Esta postura tiene el mérito de reaccionar contra una adaptación demasiado fácil en la que perdemos nuestra identidad. Y aun cuando los defensores de este radicalismo se quedan con demasiada frecuencia en un radicalismo verbal, nos muestran, con todo, un camino de salvación. Con una condición, sin embargo: la de no engañarse en lo concerniente al radicalismo profético de Francisco. Este radicalismo no es el de las numerosas sectas de su tiempo. Valdenses, Cátaros, Humillados, Pobres de Lyón, etc., todos reivindicaban la pobreza evangélica más radical y veían en ella el único camino posible de salvación para la Iglesia, el camino de una liberación espiritual auténtica. Y sin embargo, entre este radicalismo de las sectas y el de Francisco existe una gran diferencia. La diferencia radica en la inspiración. Es importante, pues, ver con precisión cuál es la inspiración, la fuente de la pobreza de Francisco.

Contrariamente a lo que algunos tienden a afirmar, el radicalismo de Francisco, en materia de pobreza, no tiene su fuente primera en un sentimiento de reacción; no es una reacción contra un determinado estado social; no es una forma de «contestación» de la sociedad y de la Iglesia de su tiempo. Ciertamente, una tal pobreza no podía no tener un impacto vigoroso y liberador en el medio social; sacudió, con un gran soplo profético, la conciencia cristiana y la misma Institución. Pero, en la intención de Francisco, no fue buscada ni querida primariamente con este fin. Al escoger la pobreza más radical, Francisco no organiza una cruzada contra nadie. No procesa a nadie ni a institución alguna. No levanta una protesta, ni siquiera pretende dar una lección. En esto se distingue claramente de las sectas que en aquella época atacaban violentamente a la Iglesia y a sus representantes jerárquicos. El radicalismo de Francisco está libre de toda agresividad, de toda actitud iconoclasta, como también de toda preocupación apologética.

El novelista Georges Bernanos lo comprendió bien al bosquejar en su «Frère Martin» un paralelismo entre el pobre de Asís y el padre del protestantismo: «… es posible, escribe, que san Francisco de Asís no se haya sentido menos indignado que Lutero por el libertinaje y la simonía de los prelados. Es incluso cierto que él sufrió más cruelmente por ello, pues su naturaleza era muy diferente de la del monje de Weimar. Pero él no desafió a la iniquidad, no intentó enfrentarse con ella, él se arrojó en la pobreza, se sumergió en ella hasta lo más hondo que pudo, junto con los suyos, como en la fuente de todo perdón, de toda pureza… Y bajo la dulce mano de este mendigo, la gavilla de oro y de lujuria floreció como un seto de abril…».

De hecho, en los escritos de Francisco no se encuentra ni una sola línea que exprese una actitud de contestación o la menor traza de polémica frente a la sociedad y a la Iglesia de su tiempo. Por el contrario, se encuentran allí pasajes en los que Francisco pone claramente a sus hermanos en guardia contra este espíritu de cruzada. Así, leemos en los capítulos 2 y 3 de la regla de 1223 las siguientes recomendaciones:

«Amonesto y exhorto a mis hermanos que no desprecien ni juzguen a los hombres que ven vestidos de telas suaves y de colores, usar manjares y bebidas delicadas, sino más bien que cada uno se juzgue y desprecie a sí mismo» (2 R 2,17).

«Aconsejo de veras, amonesto y exhorto a mis hermanos en el Señor Jesucristo que, cuando van por el mundo, no litiguen ni contiendan con palabras, ni juzguen a los otros; sino sean apacibles, pacíficos y moderados, mansos y humildes, hablando a todos honestamente, como conviene» (2 R 3,10-11).

Estamos lejos ciertamente de la actitud agresiva de las sectas. Francisco veía los abusos de la Iglesia tan bien como los herejes. Pero su pobreza evangélica fluye de una fuente más profunda que la simple voluntad de contestación. Lejos de ser la expresión de un resentimiento o de una rebeldía, brota de una plenitud interior. Nietzsche hace observar que los seres nobles no consienten que su conducta les sea impuesta desde el exterior, a partir de un sentimiento de reacción contra una situación dada. Actúan ante todo en función de lo que ellos son y no en función de las condiciones exteriores. Su actuación no es la negación de algo, sino la afirmación de la plenitud de vida de la que ellos participan. Es el caso de Francisco.

Ahora bien, en Francisco, la plenitud de vida que le hace actuar es esencialmente una plenitud de contemplación. Su radicalismo evangélico se enraíza a esta profundidad. Esto es lo que debemos considerar atentamente. Pero, digámoslo pronto: esclarecer las raíces contemplativas del evangelismo de Francisco no es de ninguna manera atenuar su vigor y su poder creadores. Muy al contrario. Si Francisco, con una simplicidad desconcertante, ha creado en el interior de la Iglesia una zona franca que escapa al aparato pesadamente humano, a las precedencias jerárquicas, a los cálculos del poder y a la pasión del poseer, en suma, una zona de libertad y de comunión evangélicas, es porque todo su ser, no sólo reflejaba la profundidad de su contemplación, sino que estallaba bajo la presión jubilosa de ésta.

Se ha escrito que contemplar es llegar a ser. Francisco llegó a ser lo que no cesó de contemplar. Su pobreza, como toda su vida, brotó de las profundidades de su mirada. Deberíamos sacar las consecuencias para nosotros. Porque sería vano querer volver al radicalismo de Francisco sin encontrarse con él en la profundidad de su contemplación. Pero tratemos en primer lugar de entrever lo que fue esa contemplación.

La contemplación de Francisco fue esencialmente una mirada a Dios. Sus escritos, principalmente sus oraciones, nos revelan un hombre atrapado por la soberanía de Dios. Una soberanía, de ningún modo dominante y aplastante, sino generosa y bienhechora. Una soberanía en el orden del Bien. Dios se revela a Francisco como «Supremo Bien», «Bien total», «de quien procede todo bien». Estas expresiones se repiten constantemente en los «Laudes». Traducen la visión que Francisco tiene de Dios: es el Señor del Bien, en cuanto que es la única fuente de él. El Bien es su dominio soberano.

Esta mirada conduce a Francisco a una desapropiación radical de todos los bienes de cualquier orden. Se guarda de toda propiedad, material o espiritual. Y esta desapropiación toma en él el sentido de una restitución a Dios de lo que le pertenece como propio. En efecto, es un reconocimiento de la soberanía de Dios, fuente de todo bien.

A esta visión de Dios viene a unirse la contemplación del misterio de Cristo. A decir verdad, las dos están íntimamente unidas. Francisco ve a Dios contemplando a Cristo. Y aquí descubre él la pobreza del Señor. Él mismo condensó su visión de Cristo en esta frase de la Regla: «El Señor se hizo pobre por nosotros en este mundo» (2 R 6,3). En la Carta a todos los fieles escribe: «Él, siendo rico, quiso sobre todas las cosas elegir… la pobreza en el mundo» (2CtaF 5). Francisco no cesó de contemplar este misterio de amor que impulsó al Altísimo Hijo de Dios a despojarse de todas las prerrogativas de su divinidad y a escoger la condición humana más pobre, y esto para enriquecernos con su propia vida. «No se reservó nada, sino que lo dio todo para salvarnos», dice una vez Francisco, según el testimonio de S. Buenaventura.

Una observación importante se impone: la pobreza de Cristo, tal coma la contempla Francisco, es inseparable de la misión del Hijo de Dios, que deja la gloria del Padre para venir, en el mayor despojo, a salvar a los hombres. El evangelio de la pobreza está aquí estrechamente unido al de la misión. En el origen de la vocación de Francisco a la pobreza evangélica, está el evangelio de la misión. El relato del envío de los discípulos es el que arrancó a Francisco de su vida eremítica y lo lanzó, desprovisto de todo, a los caminos de los hombres. Y más tarde, cuando él duda acerca de su género de vida, es el pensamiento de la misión del Hijo de Dios, enviado por el Padre a los hombres, el que le confirma en su vocación de pobre itinerante y misionero.

La idea de misión, en el sentido profundo de la palabra, está en el corazón de la pobreza de Francisco y de su radicalismo evangélico. Su ideal de pobreza no es el de la primera comunidad de Jerusalén después de Pentecostés: comunidad estable, replegada sobre sí misma, centrada en el Templo, el culto y la oración litúrgica, y en la cual cada uno se despoja de sus bienes en provecho de la comunidad. Es más bien la pobreza de la comunidad de los Apóstoles y de los discípulos, enviados a través del mundo por el Maestro y a su ejemplo: comunidad esencialmente itinerante y misionera, incompatible con toda instalación pesada y duradera, con toda forma de propiedad tanto colectiva como personal. Semejante comunidad apostólica continúa la misión del Hijo anunciando el Reino y viviendo de la generosidad de las personas que lo aceptan.

En la raíz de esta pobreza está la misión bajo su doble aspecto de mensaje que hay que transmitir y de solidaridad con aquellos a quienes se ha sido enviado. Ser enviado es dejarlo todo para ponerse al servicio de la Palabra; es también entrar en comunión con aquellos a quienes está destinada la Palabra, en primer lugar los pobres. Y es finalmente testimoniar, mediante esta misma comunión, la verdad de la Palabra anunciada. «Por esta razón os ha enviado el Hijo de Dios al mundo entero -escribe Francisco en su Carta a toda la Orden-, para que de palabra y de obra deis testimonio de su voz y hagáis saber a todos que no hay omnipotente sino él» (CtaO 9).

La pobreza, tal como la ve Francisco, forma una unidad con esta dinámica de la misión que se ha puesto de manifiesto en la vida del Hijo del hombre, arrancándolo de la gloria del Padre, encargándolo de la Palabra y ligándolo estrechamente a la condición humana más pobre, la del homo viator. Esta dinámica de la misión impulsa a Francisco, en seguimiento de Cristo, a renunciar a toda instalación, a lanzarse, despojado de todo, a los caminos humanos, y a vivir su pobreza en solidaridad con los más pobres.

Tenemos que precisar este último punto: la solidaridad con los pobres.

Es muy verdad que Francisco no se contentó con ser pobre; quiso estar cerca de los pobres, mezclarse con ellos, ser uno de ellos, en suma, compartir su condición. Quiso vivir su pobreza en comunión con la de ellos. Escribe en la primera Regla: «Los hermanos deben gozarse cuando conviven con personas de baja condición y despreciadas, con pobres y débiles y enfermos y leprosos y los mendigos de los caminos» (1 R 9,2).

Pero ¿cómo vivió Francisco esta solidaridad con los pobres? Aquí debemos guardarnos de proyectar sobre el pasado nuestras categorías y nuestra problemática moderna. Cierto que la lucha de clases hacía estragos ya en aquella época, aunque bajo formas diferentes. La sociedad feudal conocía la oposición entre los siervos y los señores. El común, la de minores y majores. Pero Francisco no entra en esta lucha de clases. Si se complacía entre los pequeños de las ciudades y del campo, no era para patrocinar una lucha social y política, ni para atizar un espíritu de reivindicación. No empuja a los pobres contra los ricos. Llega incluso a escribir: «Donde hay pobreza con alegría, allí no hay codicia ni avaricia» (Adm 27,3). Pero sería cometer un error mayúsculo concluir de ahí que él predicaba la resignación. Nadie como él ha asumido la causa de los pobres en profundidad. No, por supuesto, al estilo de una fuerza política, sino por la irradiación misma de su vida. De su ser se desprendía una fuerza espiritual que forzaba la transformación de las relaciones sociales. Por su manera de ser pobre y de estar con los pobres, Francisco despertó la conciencia cristiana de su tiempo. Le hizo descubrir la eminente dignidad de los pobres. Esta dignidad él se la reveló al mismo pobre, y también a sus señores. Llevó a los ricos y poderosos a tomar al pobre en consideración. Les hizo tomar conciencia de que su riqueza y poder no les pertenecían, sino que les estaban simplemente confiados para que los pusiesen al servicio de los pobres y de los débiles. Y les enseñó que ellos, los ricos y poderosos, no eran más que los servidores de los pobres. Por todas partes por donde pasaba, debido a la irradiación de su pobreza, Francisco forzó el trastrueque de la dialéctica del amo y del siervo: él arrastraba al señor a honrar al siervo y a servirle como a su señor. Así es como Francisco abrazó las aspiraciones de los pobres y fue para ellos, a su manera, una fuerza de liberación. Abrió a los hombres de su tiempo un camino de fraternidad.

Y ahora, ¿qué concluir de todo esto?

1) Es necesario, si queremos reencontrar el dinamismo evangélico de la pobreza y por consiguiente nuestra identidad profunda, abrirnos, más allá de toda referencia jurídica, a la inspiración primera de la experiencia franciscana.

Sólo esta inspiración puede impedir que nuestra preocupación legítima por la adaptación a la sociedad actual, vuelva al compromiso claudicante. Nuestra vida de hermanos menores supone una tensión constante y fecunda entre las adaptaciones necesarias y la fidelidad al radicalismo evangélico de Francisco.

También, sólo esta inspiración primera puede dar de nuevo hoy a la Orden una nueva juventud y una nueva fuerza de seducción, al infundirle un nuevo entusiasmo.

2) Sería vano pretender reencontrar la inspiración primera de Francisco, sin acompañarlo a él en la profundidad de su contemplación.

El radicalismo evangélico de Francisco brota enteramente de la contemplación incesante y ardiente del misterio de Dios que es todo Bien y de la misión del Hijo de Dios. Se puede ser hermano menor sin ser sabio, pero no sin ser contemplativo. Suprimid esta dimensión contemplativa y vaciaréis a la vez el evangelismo de Francisco de su propio contenido.

3) Es imposible separar la pobreza franciscana del impulso misionero. Este impulso, como hemos mostrado, constituye el aspecto propiamente dinámico de la pobreza de Francisco. Esta pobreza es la del discípulo enviado, a imagen y tras los pasos del Hijo de Dios. Ya hemos citado el pasaje de la Carta a la Orden: «Por esta razón os ha enviado el Hijo de Dios al mundo entero, para que de palabra y de obra deis testimonio de su voz y hagáis saber a todos que no hay omnipotente sino él» (CtaO 9). La misión y el servicio de la Palabra son esenciales. Francisco escribe al principio de su Carta a todos los fieles: «Puesto que soy siervo de todos, estoy obligado a serviros a todos y a administraros las odoríferas palabras de mi Señor…» (2CtaF 2).

4) Esta pobreza misionera nos hace solidarios de los pobres. Se trata de una solidaridad real que nos obliga a hacernos cargo del mundo de los pobres. Hemos de ser para ellos una fuerza de liberación, pero a la manera de Francisco, es decir, por el testimonio y la irradiación de nuestra vida. Ghandi escribía: «Mi religión me enseña que dondequiera que la miseria es tal que no se puede aliviar, se debe ayunar y orar». De este estilo es la solidaridad de Francisco.

Algunos hermanos menores, misioneros en América del Sur, me preguntaron un día en qué medida un franciscano puede, por solidaridad con los pobres, enrolarse en las filas de los guerrilleros. Francisco no se enroló en ninguna milicia. Su vida era, por sí misma, una fuerza superior. Y sin duda, porque nos falta esta fuerza mística, estamos tentados de buscar en otros sitios la eficacia.

5) Finalmente, no deberíamos olvidar que la pobreza de Francisco incluye una voluntad de comunión universal. Ella es un espacio ilimitado de acogida. Al rechazar todo apego particular, Francisco se hace libre para amar la Creación entera. Está libre de toda reacción defensiva y de toda agresividad. «Todo lo que se le quitaba, ampliaba su horizonte», escribe el filósofo L. Lavelle. La pobreza así entendida realiza una verdadera superación afectiva. Las fuerzas de simpatía y de comunión, en lugar de fijarse sobre centros de interés muy limitados, se abren al valor universal del ser y de la vida. Es conocido el episodio narrado en el Sacrum Commertium: la dama pobreza, acogida entre los hermanos, pide ver su convento; los hermanos la llevan a una colina próxima y allí, haciéndole admirar un panorama espléndido, le dicen: «Señora, éste es nuestro convento».

Este convento maravilloso, con las dimensiones del universo, no es sólo un espectáculo que contemplar. Es una vida en la que se participa, la del mundo en su profundo devenir. Es el mismo acto creador al cual coopera aquel que, libre de toda voluntad de posesión y de dominio, simpatiza con todo lo que existe y todo lo que vive: amando a los seres, a todos los seres.

[Selecciones de Franciscanismo, vol. V, núm. 15 (1976) 273-280]

J. Segrelles: San Francisco predica sin hábito

Deblock – Pili – Schalück
Temas, reflexiones, sugerencias
del Capítulo general OFM de 1976

[…]

La pobreza evangélica, con su atractivo y sus dificultades de siempre, fue presentada claramente por Fr. Leclerc. Según él, la pobreza está, sin lugar a duda, inseparablemente unida a la profunda identidad de la Fraternidad franciscana. En efecto, ella desempeñó un papel fundamental en la andadura religiosa de Francisco de Asís y su proyecto de vida evangélica.

Hoy día esta pobreza parece pasada de moda, en un mundo que lucha contra la pobreza y en una sociedad de consumo que pretende ser remedio universal (con algunos resultados positivos, pero superficiales). Debemos reconocerlo: estamos fuertemente impregnados por la sociedad de consumo, sin sentir siquiera la menor inquietud por ello. Nuestras Fraternidades, arropadas por una ilusión moralizante debida a formas jurídicas de tiempos pasados, se encuentran cómodas en este ambiente. A veces, incluso, recurren a la excusa de la pobreza espiritual, como si la pobreza pudiese ser verdaderamente evangélica, franciscana y espiritual, sin ser (pobreza) económica.

Por otra parte, en nuestro tiempo más que en el pasado, la «extrañeza» de la pobreza como signo nos remite a su motivación y a su riqueza proféticas. Sostenida sin cesar por una tensión de radicalismo, tiene el poder de sacudir vigorosamente el ambiente social, la consciencia cristiana y la misma institución. Tal fue el caso de Francisco y de su primer grupo.

Pero en la medida en que la pobreza es profética, no es agresiva, ni apologética, ni iconoclasta. Es profética porque, anclada en la contemplación de Dios, cuya soberanía en el orden del bien no es dominadora ni aplastante, sino generosa y benéfica, y en la contemplación del misterio de Cristo que, siendo el más rico de todos, quiso escoger la pobreza. La contemplación del misterio de Cristo pondrá mejor en evidencia la perspectiva de la pobreza franciscana, es decir, su relación con la evangelización: «La pobreza de Cristo, tal como Francisco la contempla, es inseparable de la misión del Hijo de Dios que dejó la gloria del Padre para venir, en el mayor despojo, a salvar a los hombres. El evangelio de la pobreza está aquí estrechamente unido al evangelio de la misión. En el fundamento de la pobreza está la misión. Totalmente pobre, porque totalmente al servicio de la Palabra».

El Capítulo acogió positivamente la exposición de Leclerc y su invitación a abrirnos dinámicamente a la inspiración primitiva de la experiencia franciscana, siguiendo el impulso contemplativo de Francisco, y esto, en una renovada tarea misionera, en solidaridad real con los pobres, en comunión con todos los seres.

En los distintos grupos lingüísticos apareció claramente que en nuestras Fraternidades estamos lejos de ser verdaderamente signos de la pobreza. Muchos Hermanos hablaron de evoluciones, ante las que nadie, y mucho menos los Ministros Provinciales, puede permanecer indiferente, o todavía menos, potenciarlas.

También se habló de las grandes dificultades con que tropieza la vivencia de una pobreza material auténtica, es decir, también perceptible. Si en adelante no queremos simplemente decir palabras, debemos tomar una opción decidida: en un mundo que ya no tiene experiencia de Dios, nuestras Fraternidades, tal como son, pueden fácilmente convertirse en contrasigno. Si no queremos poner en juego nuestro futuro, debemos decidirnos por un nuevo estilo de vida.

No basta definir la pobreza como compartir, como uso sencillo o dependiente de las cosas, o como beneficencia. Ni siquiera basta el compromiso socio-político en favor de la liberación de los pobres y la lucha contra las causas de la pobreza. Nuestra pobreza debe ser concreta y perceptible; de lo contrario, es pura palabrería.

El Espíritu de Dios, que también hace hoy florecer carismas en la Iglesia, estamos seguros de que también dará a muchos Hermanos valor para encarnar nuevas formas de pobreza significativas para el hombre de hoy. El futuro de la Orden quizá esté en sus manos. Hoy más que nunca interesa no apagar el Espíritu del Señor. Esto debe ser una de las mayores preocupaciones de los Ministros.

[Selecciones de Franciscanismo, vol. V, núm. 15 (1976) 244-245]

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Escrito por Redacción

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