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La oculta y dolorosa llaga del Padre Pío que sólo reveló a un joven Wojtyla, futuro Juan Pablo II

El Padre Pío es uno de los santos más conocidos y queridos del siglo XX. Sus estigmas, su carisma y el ejemplo de su vida han ayudado a muchos. Y muchos han sido también los milagros que ha realizado. Y aunque se sabe mucho del santo de Pietrelcina aún siguen conociéndose nuevos detalles como el de la llaga más dolorosa y que nadie conocía excepto el que más tarde fuera el Papa Juan Pablo II.

En un reportaje en Aleteia, se recoge el testimonio de fray Modestino de Pietrelcina, amigo e hijo espiritual del santo de los estigmas, en el que habla de esta llaga oculta:

San Pío de Pietrelcina ha sido uno de los santos que ha tenido en su cuerpo los signos visibles y tangibles de la Pasión de Cristo, y sufrió también los mismos atroces dolores que sufrió Jesús y que había revelado directamente Jesús a San Bernardo sobre la presencia de una dolorosísima y desconocida llaga en su hombro.

San Pío de Pietrelcina ha sido uno de los santos que ha tenido en su cuerpo los signos visibles y tangibles de la Pasión de Cristo

Un nuevo y desconcertante descubrimiento sobre los dolores en la espalda sufridos por el Padre Pío la hizo tras su muerte uno de sus amigos más queridos e hijo espiritual, fray Modestino de Pietrelcina.

Este fraile era paisano suyo  le ayudaba en algunas ocupaciones domésticas y lo advirtió. El santo le dijo un día que uno de los grandes dolores que sentía era cuando tenía que cambiarse la camiseta. Fray Modestino no comprendió lo que había detrás de aquella frase, pensando que se trataba del dolor que sentía cuando tenía que quitarse la tela del contacto con la herida del costado. Se dio cuenta después de tres años, cuando ponía en orden los vestidos del difunto, el 4 de febrero de 1971.

Las marcas en la ropa del santo
El padre guardián le encargó que recogiera todo lo que había pertenecido a Padre Pío y lo sellara en bolsitas. Se dio cuenta de que en la camiseta había una gran mancha a la altura del hombro derecho, cerca de la clavícula. La mancha tenía un diámetro de unos diez centímetros (más o menos el que se nota en la Sábana Santa). Al quitarse la camiseta, el dolor debía ser tremendo si la llaga estaba en carne viva.

“Informé en seguida de este descubrimiento al padre superior – recuerda fray Modestino – quien me dijo que escribiera un breve informe. También el padre Pellegrino Funicelli, que durante años había asistido al Padre Pío, me confió que, al ayudar muchas veces al Padre a cambiarse la camiseta de lana que llevaba, notaba siempre, en unas veces en el hombro derecho y otras en el izquierdo, una equimosis circular”.


Fray Modestino fue una de las personas más cercanas al Padre Pío

Wojtyla, confidente 
De esa llaga nadie supo nada nunca. Sólo lo supo el futuro Papa Juan Pablo II, y si el santo fraile sólo se lo reveló a él, debía haber alguna razón particular.

En el libro L’autobiografia segreta, de Francesco Castelli, historiador, postulador de la causa de beatificación de Karol Wojtyla y profesor de Historia de la Iglesia moderna y contemporánea en el ISSR “R. Guardini” de Taranto, cuenta que el cardenal Andrzej Maria Deskur, en una entrevista, se refirió a un encuentro en San Giovanni Rotondo, en abril de 1948, entre el entonces sacerdote Karol Wojtyla y el fraile estigmatizado. Fue entonces cuando el fraile le comunicó la existencia de la “llaga más dolorosa”.

Una revelación
Fray Modestino afirmó haber tenido una revelación del propio Padre Pío después de su muerte. “Una noche, antes de dormir, le hice una petición en la oración: ‘Querido Padre, si realmente tenías esa llaga, dame una señal’. Me dormí. Pero, exactamente a la una y cinco minutos de esa noche, mientras dormía tranquilamente, un dolor agudo y repentino en el hombro me hizo despertar. Era como si alguien, con un cuchillo, me hubiera descarnado el hueso de la clavícula. Si ese dolor hubiese durado unos minutos más, creo que habría muerto. Al mismo tiempo, oí una voz que me decía: ‘¡Así he sufrido yo!’. Un intenso perfume me envolvió y llenó toda mi celda. Sentí el corazón desbordante de amor a Dios. Sentí una extraña sensación: ser privado de ese sufrimiento insoportable me era aún más penoso. El cuerpo quería rechazarla pero el alma, inexplicablemente, la deseaba. Era dolorosísima y dulce a la vez. ¡Por fin lo había comprendido!”.

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Escrito por Redacción

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