in ,

La humanidad de Francisco de Asís.

Los biógrafos hablan de una carta, de Francisco agonizante, enviada a doña Jacoba para pedirle que se acerque hasta Asís para visitarlo.

El «milagro» viene dado porque la propia Jacoba se anticipa al deseo del Santo y llega a la Porciúncula en el mismo momento en que el fraile abría la puerta para emprender el viaje a Roma (para entregarle la carta)

Pero Jacoba no solo lleva con ella lo que el propio Francisco le pedía en la carta: un paño de color ceniza para envolver su cuerpo, varias velas, un paño para cubrirle el rostro, una almohada sobre la que apoyarle la cabeza y un cierto dulce que el poverello deseaba probar por ultima vez.

Jacoba era una mujer noble romana, una viuda que Francisco había conocido durante su estancia en Roma. Podemos suponer que, mientras estuvo en Roma, Francisco se hospedó en su casa y allí probó, por primera vez, aquel dulce que tanto le gustaba, al punto de pedirlo en el momento en que se encontraba proximo a la muerte.

Digna de mención es la excepción que Francisco hace con ella, aun siendo una mujer, es nombrada con el titulo de frate (hermano), indicando el alto vinculo espiritual que los unía a ambos. Esta excepción es la que le permite a frate Jacoba participar en el momento culminante de la vida de Francisco, su propia muerte.

Francisco poseía una profunda humanidad, manifiesta ya antes de su propia conversion: un hombre que canta mientras trabaja, que va al encuentro de las personas con una profunda simpatía, incluso si no era correspondido, un hombre que compuso versos y música, que amaba cantar, incluso en el momento de su propia muerte, un hombre profundamente enamorado de Jesús. Un hombre que, por su grandísimo amor al Creador, se conmueve ante cada criatura, como se comprueba en el Cántico al Hermano Sol. 

La anécdota de doña Jacoba parecería una nota marginal en los grandes hechos de la vida del Santo. Pero es central para poder comprender su profunda humanidad, profunda y fascinante porque radicaba en su amistad con Cristo y en la contemplación de sus dones.

Esta fascinación era la que ejercía sobre aquellos jóvenes que, con él, decidieron abandonar el mundo para vivir como él. Su afecto, simple pero muy real, por fray Jacoba, nos permite descubrir los signos de una humanidad enamorada de Cristo y, por esto mismo, enamorada de los hombres.

La colocación de los restos mortales de fray Jacoba en la misma cripta de Asís, justo de frente a la tumba de Francisco, es una señal para los peregrinos (y para todos nosotros) de que, aún hoy, es posible tener esta clase de relaciones, esta fraternidad, basada en Cristo y que es más fuerte que la propia muerte.

Maria Pia Alberzoni

 

 

Comentarios

Leave a Reply

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Cargando...

0

Comentarios

0 Comentarios

Escrito por Redacción

Los «refugiados» latinoamericanos y la Iglesia.

Francisco: No se puede dar largas a una persona que tiene hambre,